Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 5
En la sede central del Grupo Rodríguez, en el bullicioso centro de Buenos Aires, Sofía se encontraba inmersa en sus tareas diarias, revisando un informe financiero en su escritorio. De pronto, su mente vagó hacia el pasado, recordando sus primeros días en la filial de Córdoba. Lucas, su jefe, era conocido como un playboy empedernido, reclutando mujeres en todas partes con encanto superficial. Una noche, tras una cena de equipo, ebrio, intentó acosarla en el estacionamiento. Sofía no dudó: le propinó un golpe certero en el estómago, dejándolo doblado. Al día siguiente, esperaba el despido, pero Lucas apareció con una disculpa sincera: "Bebí demasiado y confundí las cosas. No volverá a pasar". Desde entonces, se mantuvo en línea, y Sofía, necesitando el empleo desesperadamente, optó por perdonarlo y seguir adelante.
El eco de tacones altos y apresurados interrumpió su ensoñación, resonando por el pasillo como un tambor de guerra. Una mujer irrumpió en la secretaría, vestida con una falda roja ceñida y ondas voluminosas en el cabello, exudando furia. "¡Dónde está Lucas! ¡Necesito verlo ahora!", gritó, ignorando a los empleados que la miraban boquiabiertos. Sofía la reconoció al instante: era Paula, la hermana de Lucas, famosa por su temperamento explosivo y caprichoso, una heredera mimada que no toleraba oposiciones.
Sofía se levantó rápidamente y se interpuso en su camino. "Señorita Paula, el señor Lucas no está en la oficina en este momento. ¿Puedo tomar un mensaje?". Era una mentira piadosa para ganar tiempo, pero Paula no mordió el anzuelo. Con un empujón brusco, la apartó: "¡Quítate de en medio! Sé que está aquí". Justo cuando intentaba forzar la puerta del despacho, esta se abrió desde dentro, revelando a Lucas con expresión estoica.
Al verlo, Paula estalló en un interrogatorio desenfrenado: "¿Quién te dio permiso para volver a Buenos Aires? ¡Vuelve a Córdoba de donde saliste! Este puesto es de mi hermano mayor, ¿qué derecho tienes tú, un bastardo de segunda?". Las palabras cayeron como un balde de agua fría en la secretaría. Todos sabían que Lucas era hijo de la segunda esposa del presidente Jorge, marginado por la primera familia y exiliado a la filial hasta que un escándalo con el primogénito lo trajo de vuelta. Nadie osaba mencionar "bastardo" en voz alta, pero Paula lo escupía con veneno. Las venas en el dorso de la mano de Lucas se hincharon, su contención evidente, pero respondió con frialdad: "Fue papá quien me llamó de regreso".
Paula no cedió, intensificando sus insultos sobre su linaje y su hiporesía. Lucas, agotando su paciencia, sacó su teléfono y marcó un número. Minutos después, el móvil de Paula sonó; atendió con el rostro crispado, murmuró algo y, tras colgar, lanzó una mirada asesina antes de marcharse pisando fuerte, dejando un silencio pesado en el aire.
Lucas desapareció en su oficina, pero pronto recibió una llamada y salió del edificio sin explicaciones. Regresó una hora después, con el semblante serio. Abrió la boca para llamarla —"Sofía, prepara..."— pero se detuvo, cambiando de idea. En su lugar, se dirigió a un asistente joven: "Recoge tus cosas y ven conmigo al Grupo Financiero de América Latina". Sofía se quedó paralizada un segundo, procesando el alivio. Había esquivado una bala: ir a la sede de la familia Matías significaba ir directo a un encuentro con Matías, y la mera idea de esa incomodidad la hacía estremecer.
En las oficinas del Grupo Financiero de América Latina, un rascacielos imponente en el corazón financiero de la ciudad, el secretario de Matías, Ricardo, entró al despacho principal. "Jefe, han llegado del Grupo Rodríguez". Matías, firmando documentos con pluma estilográfica, pausó el movimiento. "Hazlos esperar en la sala de reuniones". Lucas y su asistente se sentaron en la sala minimalista, con vistas panorámicas al Río de la Plata, aguardando quince minutos hasta que Matías apareció.
Lucas extendió el portafolio con el proyecto del resort en Bariloche: planos detallados de villas ecológicas, análisis de mercado y proyecciones de ingresos. "Es una oportunidad de alianza estratégica", explicó con entusiasmo. Matías tomó el documento, pero ni siquiera lo abrió; lo depositó en la mesa con indiferencia. "Lo revisaré", dijo secamente, respondiendo a las preguntas con monosílabos. "Tengo una reunión ahora", cortó abruptamente, levantándose y saliendo sin más ceremonia. Lucas, acostumbrado a ser alagado, sintió por primera vez el desdén de un superior inalcanzable.
De vuelta en el Grupo Rodríguez, el asistente no contuvo su frustración en la secretaría: "Ese heredero se cree intocable. Ni miró el plan, nos trató como a mendigos". Sofía escuchaba en silencio, organizando archivos, sin intervenir. Al día siguiente, Lucas la convocó a su oficina y le arrojó una carpeta revisada: "Lleva esto al Grupo Financiero. Es la versión actualizada". Sofía titubeó: "Señor, quizás otro asistente...". Lucas la miró fijamente: "¿Ahora no puedo darte órdenes?". Resignada, tomó el documento y partió.
El edificio del Grupo Financiero dominaba el horzonte de la ciudad, su fachada de vidrio y acero reflejando el sol porteño. Sofía se presentó en recepción: "Traigo un documento para el señor Matías, del Grupo Rodríguez". Pronto, Ricardo bajó a recibirla, un hombre eficiente con gafas de montura fina. "Puedo entregárselo yo", propuso ella, pero él negó: "Debe ser en persona. Sígame". La guió por ascensores relucientes hasta el piso ejecutivo, abriendo la puerta de un despacho opulento: muebles de caoba, arte abstracto en las paredes, un aura de poder frío. "El señor Matías termina una reunión pronto. Espere aquí", dijo, cerrando la puerta con un clic definitivo, como si temiera que escapara.
Sofía se sentó en el sofá de cuero, rígida, mirando el reloj. Los "pocos minutos" se estiraron a veinte, el silencio solo roto por el tic-tac distante. Finalmente, la puerta se abrió, y la silueta alta de Matías se mostró en el umbral, su expresión impenetrable.