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La Última Mujer Vampiro

La Última Mujer Vampiro

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Dominación / Amor prohibido / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Edgar Romero

Una epidemia mortífera provocada por un fármaco que corrompió la sangre humana, extermina por completo a todos los vampiros del mundo. Tan solo sobrevive una mujer, Claudia Dumitrache, debido a que ella fue engendrada antes que estallara la fatídica pandemia. Claudia descubrirá que es una mujer vampiro por sus incontrolables deseos de beber sangre y hacer el amor sin contenerse. Así se inicia toda suerte de riesgos, aventuras, romances y peligros para Claudia en su afán de encontrar a otros vampiros, como ella, recuperar el abolengo y ser feliz con los suyos. Claudia, en efecto, buscará prolongar la estirpe y a la especie engendrando otros vampiros, empero debido a la sangre corrompida de los humanos, ya no surtirá efecto, no solo en sus deseos de embarazarse ni tampoco habrá transformación al morderles el cuello y beberle la sangre a sus víctimas. Claudia es capitana de policía y deberá evitar ser descubierta aunque su naturaleza de mujer vampiro la hará buscar, en forma vehemente y febril, la sangre humana por la ciudad, provocando todo tipo de situaciones y enredos que harán las delicias de los lectores. Claudia buscará igualmente el verdadero amor y en esos afanes, conocerá a muchas personas tratando de hallar la felicidad.

NovelToon tiene autorización de Edgar Romero para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Fue  entonces que me enamoré de un cantante de poca monta que cantaba en diferentes antros de la ciudad y que ansiaba abrirse camino en el espectáculo aunque, en verdad, le faltaban condiciones. Fue un error pero el incidente marcó mi vida, volviéndome aún más oscura, noctámbula, herida y hasta fantasmagórica.

  Yo ya era capitana en la policía, tenía una unidad completa a mi mando, brindaba apoyo a  las áreas de robos, narcótico y homicidios, era conocida en los medios periodísticos, me hacían videos para el internet  y participaba en redadas y detenciones. Gabriel, el cantante, entonces, pensó que seduciéndome sacaría provecho para su incipiente carrera musical, entrampada en su propia mediocridad.

    Seducirme fue muy fácil para él. Como les conté antes, yo tenía las hormonas alborotadas y cualquier gallo que me cantaba, me desplumaba en un santiamén. Gabriel no estaba nadita mal. Era guapo, alto, de barba bien recortada y súper ocurrente. -Es falso que la guerra fría fue en invierno-, me decía y yo no podía contener las risotadas, incluso me doblaba por las carcajadas. -Para estudiar el mar muerto hace falta, primero, hacer una necropsia-, decía y yo me jalaba los pelos de la histeria.

   Caí entonces redondita en sus brazos. Gabriel me parecía fascinante e hicimos el amor, por primera vez, en el cuartucho que alquilaba. Yo me le colgué del cuello y empecé a besarlo desesperada y ansiosa que me haga suya. Me le quedé trepada sobre su enorme humanidad, devorándolo a besos. Lo besé tan desesperada, febril y enloquecida, que no lo dejaba, siquiera, respirar, incluso me le atenacé en la espalda, igual a una araña, hundiendo mis uñas en su magnífica espalda.

   Yo ya estaba demasiado vehemente, me había vuelto en un gran fuego y quería explotar toda mi sensualidad y feminidad en los brazos de  Gabriel. Él  quedó sorprendido y absorto al tenerme colgada a él, atenazándolo y suspirando y gimiendo, como una melodía erótica y sensual, romántica y poética, que prendía, también, las candelas en él.

    Gabriel se entusiasmó, entonces, con mi euforia y no solo besó mi boca, sino también deslizó sus labios por el canalillo de mi busto, mi cuello y hasta las orejas, mientras sus manos buscaban, con desesperación, mis sentaderas, estrujándolas una y otra vez afanoso y febril. A él le encantaban mis posaderas,  le eran relicarios que adoraba e idolatraba con vehemencia y eso lo hacía un verdadero volcán en erupción frente a mí.

    Terminamos entregados en el piso de su casa, besándonos afanosos e impetuosos, chisporroteando el fuego por todos nuestros poros, convertidos en dos animales hambrientos, devorando nuestras carnes desnudas sin darnos tregua.

  No sé la verdad  en qué momento Gabriel me desnudó ni recuerdo cómo yo le saqué la camiseta, el jean y el slip, dejándolo a él a mi plena merced. Lo único cierto es que los dos éramos una gran bola de fuego que nos incineraba y nos volvía grandes cerros de carbón humeante, hecho cenizas, chamuscados de tanto amor que nos prodigamos en esa velada tan intensa, empujando sillas, haciendo tintinear los vidrios de las vitrinas y los ventanales riéndonos y disfrutando de nuestros propios afanes con  devoción y encono.

    Me encontraba tan impetuosa atenazada a Gabriel  que le mordí varias veces los brazos, incluso el cuello y me aferré en sus carnes cuando lo sentí invadir mis vacíos,  igual a un gran río tórrido y caudaloso, arrasando con todos mis defensas, haciéndome chillar y aullar como a una mujer lobo. Él hizo que me arranchara mis pelos desesperada, angustiada, excitada y extasiada por la virilidad de mi amante irrumpiendo en mis abismos.

   Las caricias de Gabriel se volvieron, entonces, en tatuajes, sellos de la pasión de él por poseerme. Fue tapizando todos los rincones de mi cuerpo con sus caricias, sus lamidas y sus besos y de repente yo ya era un lanzallamas inmensa lanzando mis fuegos por doquier, incendiándome sin remedio alguno.

  Gabriel  no solo conquistó mis entrañas, sino que llegó a parajes muy distantes e inhóspitos de mi intimidad, lugares que, incluso, yo no conocía ni había disfrutado ni sabía que existían en mi sensualidad y que me llevaron a la inconsciencia. Quedé obnubilada y eclipsada por completo mientras Gabriel alcanzaba las fronteras más lejanas de mi feminidad, haciéndome parpadear pasmada y convirtiendo a mi corazón en una pelota que no dejaba de rebotar en las paredes de mi pecho.

  Cuando Gabriel  alcanzó la frontera final de mis entrañas, el rincón extremo y más lejano de mi sensualidad, no hice más que gritar y arrancharme los pelos, extasiada, súper excitada, sintiéndome extraviada en medio de las nubes, rodeada de muchas estrellas de radiantes fulgores.

  Ya no tuve más fuerzas para nada, ni siquiera para abanicar mis ojos. Tenía la cara completamente encharcada de sudor y solo balbuceaba incoherencias, sumida en la inconsciencia que me había provocado tanto placer y pasión en ese instante pletórico de amor y romance. Apenas respiraba y estaba completamente exánime e inerme. Me derrumbé sobre el piso igual a un trapo, una muñeca inservible, suspirando y exhalando humo en mi aliento, despeinada, con los mechones de mis pelos aún enmarañados en mis grandes uñas después que me los arranché con tanta furia al sentir a Gabriel dentro de mí.

   Gabriel continuó avanzando hacia fronteras ignotas y aún más distantes de mis intimidades, queriendo colonizarlo todo hasta que finalmente se quedó también sin fuerzas, agotado, extenuado por completo, y se quedó dormido a mi lado, desacelerando su corazón, empapado en sudor.

    Había sido una velada exquisita y excitante, me sentí luego muy sexy y sensual, plenamente femenina y escuchaba campanitas celestiales repicando en forma armónica y musical dentro de mi cuerpo afiebrado y envuelto en fuego. Mordía mi lengua aún impetuosa, coqueta en extremo,  y sentía mis pechos convertidos en grandes colinas,  inflados como enormes globos, haciendo que me sintiera aún más excitada. El fuego continuaba encendido en mis entrañas, calcinándome y provocándome nuevos y renovados estremecimientos. Todo eso me encantaba, me hacía delirar, sentía las descargas eléctricas recorriendo por todo por mi cuerpo y mi sangre seguía haciendo ebullición en las venas.  Estremecida y extasiada,  echando humo en mi aliento, exhalando candela en mi aliento, calcinada, hecha cenizas, chamuscada por completo,  fui volviéndome en una vampiro. Yo no quería, empero más eran mis ganas de morder a Gabriel, sacarle toda su sangre y hacerlo mío que mantener la cordura y el sentido común.

    Reaccioné de inmediato.  Yo estaba enamorada de Gabriel, como les digo, y no podía lastimarlo ni herirlo. Me asusté, temblé de miedo, me aterroricé y lo que hice entonces fue escapar por una ventana, embozada en las sombras, llevándome mis ropas en la mano, desapareciendo en la nada... igual a una vampiro.

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