Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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FUNCIONÓ EL AMARRE.
...GABRIELA:...
Llegamos a un lugar que evidentemente no era el que había imaginado, pero la apariencia de este tampoco decía mucho sobre donde estábamos.
Por un instante, sentí un leve nudo en el estómago.
No sabía exactamente qué era ese lugar… y, para ser honesta, me dio un poco de miedo.
Una especie de domo metálico en ruinas.
—¿Aquí es? —pregunté, intentando que mi voz sonara normal.
Gonzalo apagó el motor con toda calma, como si nada fuera extraño.
—Aquí es.
—¿Debo preocuparme? —añadí.
—Solo un poco —dijo, bajándose del auto—. Pero confía en mí.
Justo así comienza una película de terror
Suspire para tranquilizarme, tal vez si mantenía calmada podría negociar con el.
Salí del coche y el frío me golpeó la cara, había comenzado a nevar.
— Dentro es agradable, demos prisa.
Su apuro por entrar me puso más nerviosa, pero de nada servía correr ahora, estábamos en medio de la nada.
Abrio una cerca para endentrarse y tome valor para seguirlo.
Me llevo por un acceso lateral a la posición en la que dejamos el coche. Cruzamos un pasillo estrecho, y dentro estaba completamente a oscuras.
—Genial. Esto definitivamente no se siente como una primera cita normal. —No pude evitartar decirlo.
—Lo sé.
Me tomo mano y me hizo caminar un poco más.
—Espera aquí
—No, no me dejes sola.
—Confía en mí, te lo prometo, esto es bueno.
Me soltó la mano y le sentí completamente a la deriva.
—¿Lista?
—¿Gonzalo? —dije, conteniendo la respiración.
—Mira arriba. — Lo Escuche como eco al fondo.
Lo hice
Escuche el sonido de unas luces encendiéndose.
Y yo… me quede inmóvil.
La imagen ante mi cristalizó mis ojos.
Estrellas y constelaciones, rodeadas por una nebulosa increíblemente bella, con tonos rosas, azules, amarillos, y morados que se difuminaban perfectamente entre sí.
Me quede sin aire.
—Esto es… —no encontré la palabra.
—Pensé que alguien que trabaja rodeada de estrellas —continuó— merecía verlas desde otro lugar.
Tragué saliva.
Las constelaciones comenzaron a moverse. El cielo giró con una lentitud hipnótica, como si el universo hubiera decidido detenerse solo para nosotros.
—No es un observatorio —dijo él acercándose con voz baja—. Es una experiencia inmersiva. Simulación orbital. Proyección completa.
Mi pecho se lleno de emoción.
No podia apartar la mirada, era como estar en el espacio, no había un solo sitio en este lugar que no reflejara eso . Incluso el suelo, incluso nosotros. Había estrellas reflejadas sobre nosotros.
Sonreí, sin despegar la vista del cielo falso que se sentía demasiado real.
—Está bien —dije al fin—. Te perdono por hacerme pensar que iba a morir en un edificio abandonado.
Él rió suavemente.
—Lo consideraré un éxito entonces.
...****************...
...GONZALO:...
Nos sentamos en un sofá curvo que se ajustaba a la figura del domo. Yo estaba a su lado, escuchándola atento.
—Mira esa constelación… —señaló con la mano—. Es Orión. Y su cinturón… perfectamente alineado. El patrón de Orión y las constelaciones circundantes están fieles a la proyección estelar real desde el hemisferio norte, incluso considerando la precesión de los equinoccios. Tambien el giro de las constelaciones es fiel a la rotación sideral de la Tierra. Si esperas unas horas, podrías ver el cielo moverse exactamente como en un observatorio. Incluso las estrellas más cercanas parecen moverse más rápido que las lejanas; es un efecto de paralaje simulado.
Ni siquiera entendía bien a qué se refería, pero ahí estaba lo que había visto esta mañana: la pasión y la emoción en sus ojos. Me tenía hipnotizado. Tenía el corazón acelerado así sin duda.
—Esa estrella azul es tipo espectral O o B; mucho más caliente que el Sol, con una temperatura superficial de 20,000 a 30,000 K. Si fuera real, su luminosidad sería miles de veces la del Sol, por eso los sistemas planetarios alrededor de estrellas así son extremadamente inestables. En cambio, mira esa roja… —señaló de nuevo—, probablemente tipo M. Es más fría y longeva; podría vivir decenas de miles de millones de años.
Hizo una pequeña pausa, como esperando que yo siguiera el hilo.
—¿Comprendes?
—No —dije.
Y ambos soltamos una carcajada.
—Entiendo que una es más caliente que el Sol y la otra más fría.
—Así es, en resumen es eso.
—¿Qué me dices de los colores que vemos? —pregunté.
— Ese azul… es oxígeno ionizado. Y el rosa, hidrógeno excitado; ahí están naciendo nuevas estrellas. El amarillo… mezcla de hidrógeno y helio, luz de estrellas más maduras. Y el morado… zonas donde los gases se superponen, irradiados por estrellas muy calientes.
Ahora fue menos técnica, para que pudiera comprender mejor lo que trataba de explicarme.
—Muchas gracias por traerme aquí, jamás lo voy a olvidar. Sin duda se sintió como levitar en el espacio.
Sonreímos.
Ella siguio disfrutando, y mencionando información científica, que comprendía poco. Pero brillaba tan fuerte como esa estrella azul que me había mencionado.
Cuando se hizo muy tarde, volvimos al auto.
—Dame tu dirección, te llevaré hasta tu casa —le pedí.
Así lo hizo y la coloqué en el GPS del auto mientras manejaba por la noche nevada…
—En verdad, la experiencia ha sido insuperable. Muchas gracias por haberme traído.
—También lo disfruté.
Ella sonrió.
—Lo que no comprendo —dijo—, ¿cómo es que tienes acceso a algo así?
—Pues, tengo un amigo que tiene otro amigo, que a su vez tiene otro amigo que conoce al dueño del domo.
Ella rio.
—Moviste muchos hilos, ¿eh?
—No, en realidad sí tengo un amigo. Se llama Alejandro. Su tío es un inversionista bastante reconocido en algunos proyectos, y yo me enteré de este por casualidad.
—Debe ser un increíble amigo, me cae bien y no lo conozco.
—Alejandro es mi mejor amigo —dije, casi riéndome antes de terminar la frase—. Y también la persona con menos sentido común que conozco.
Giró un poco la cabeza hacia mí.
—Una vez —continué— decidió que podía arreglar la calefacción de su departamento sin llamar a un técnico. Según él, era “solo girar una válvula”.
Sonrió.
—Terminó inundando todo el edificio —añadí—. El suyo, el de abajo… y parte del estacionamiento. Cuando llegué, estaba sentado en las escaleras, empapado, diciendo que al menos ahora ya sabía cuál válvula no tocar.
Soltó una risa suave.
—Lo mejor es que al día siguiente me llamó para preguntarme si conocía a un buen plomero… como si yo tuviera una lista secreta —dije, negando con la cabeza—. Todavía se burla de eso, pero jura que fue un “experimento educativo”. Tiene muchas historias así —seguí, bajando un poco la voz—. Siempre dice que aprende más de sus errores… lo cual explica por qué sigue cometiéndolos. Eso sí —añadí—, nunca me deja aburrirme.
Giré mi rostro un momento y me di cuenta que se había dormido.
Sonreí y bajé un poco el volumen del auto. Ajusté la calefacción y seguí manejando con cuidado.
—Supongo que esa parte no la escuchaste —murmuré para mí—. Pero está bien. Descansa. Yo me encargaré de que llegues bien a casa.
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...GABRIELA:...
El movimiento leve y la voz suave de Gonzalo me sacaron del sueño profundo en el que había caído.
—Ay, por Dios… lo siento mucho. No quise quedarme dormida —intenté acomodarme en el asiento y alisé mi cabello—. Es solo que llevo dos noches en vela y siento que ya no puedo más.
—No te preocupes —dijo con una sonrisa comprensiva—. He trabajado turnos larguísimos también. Te entiendo perfecto.
Miró al frente un segundo y luego añadió:
—Aunque creo que ya llegamos a tu casa. ¿Aquí vives?
—Sí, aquí es —respondí, mirando hacia afuera.
Se bajó del auto y rodeó para abrirme la puerta. Me gustaba mucho.
Quedamos frente a frente.
—Muchas gracias por la noche —dije—. En verdad la disfruté muchísimo.
—Yo también la disfruté —respondió—. Pero creo que será todo por hoy.
—Sí —dije, nerviosa.
Y antes de darme siquiera tiempo de pensar lo que estaba a punto de decir, ya había salido de mi boca.
—¿Te gustaría pasar?
Una sonrisa curiosa apareció en su rostro y pensó un poco.
—Me habría encantado pasar —suspiró—, pero estás cansada y corro el riesgo de que te quedes dormida a la mitad —bromeó—. Dime qué sería de mi ego masculino si eso pasara. Tengo que cuidarlo.
Solté una risa y el frotó sus manos sobre mis brazos.
— Descuida.
—La próxima vez prometo no quedarme dormida —levanté la mano, solemne.
—Entonces… —dijo, mirándome con atención— ¿habrá una próxima?
—Dependerá de ti —respondí—. Yo ya hice la primera llamada.
Sonrió.
Hubo un silencio breve.
Él dio un paso más cerca. Yo estaba pegada al auto, pero tampoco era como si quisiera escapar de ahí, y no se si temblaba de frío, o su contacto me estaba sobrepasando.
Se inclinó despacio, colocó un mechón de mi cabello detrás de la oreja y miró mis labios, luego mis ojos, como si me estuviera preguntando sin palabras. Sonreí en aprobación.
Lo escuché tragar saliva para luego sellar mi labios con los sullos.
Cerré los ojos.
Pude sentir su perfume.
Me tenía tomada por la cintura, una mano firme y cálida; la otra sostuvo mi barbilla con suavidad. Mis brazos se posaron sobre su pecho, casi con timidez. Sus labios se movieron lentos, acariciando los míos, y yo estaba otra vez en una nebulosa de colores.
El beso fue contenido… pero lleno de intención.
Quería que siguiera.
Pero se separo despacio, apoyando su frente apenas contra la mía.
—Buenas noches, Gabriela.
—Buenas noches, Gonzalo —respondí, todavía sonriendo.
Nos separamos.
Camine hacia el edificio. Me gire justo antes de entrar. Lo vi recargado en el auto esperando que entrara para marcharse, hizo un gesto con la mano, lo devolvi. Por fin entre y necesité un momento para procesar todas las emociones que estaba sintiendo.
Apenas abrí la puerta y justo lo que nunca imaginé fue lo que encontré.
—¡AHHH! —grité.
—¡AHHH! —gritó ella al mismo tiempo.
Di un salto hacia atrás, el corazón casi saliéndoseme del pecho.
—¡ZOÉ! —me quejé, cerrando la puerta—. ¿¡QUÉ HACES EN MI CASA A OSCURAS!? ¿¡Y A ESTAS HORAS!?
Ella estaba en medio de la sala.
Literalmente en medio.
Sentada en el piso, con las piernas cruzadas, rodeada por un círculo de velas encendidas. Además, apestaba a incienso.
—¡NO ME GRITES! —me reclamó, llevándose una mano al pecho—. ¡Casi muero de un infarto!
—¿¡Tú!? Yo soy la que casi se vuelve polvo cósmico —me acerqué, todavía temblando—. ¿Por qué hay velas? ¿Por qué estás en el piso? ¿Por qué parece que estoy a punto de protagonizar una película de terror?
Zoé me miró, ofendida.
—Estoy manifestando.
Parpadeé.
—…¿Manifestando qué?
—Que tu cita saliera bien —dijo con absoluta seriedad—. ¿No es obvio?
Volteé los ojos y atravesé el círculo de velas hacia la cocina.
—Zoé… eso no es manifestar. Eso es invocar.
—Ay, exagerada.
Se puso de pie y dio una vuelta, orgullosa de su obra.
—Apaga eso y con calma, no vayas a activar la alarma de incendio.
Se inclinó y comenzó a apagar las velas una por una.
—Encendí una vela por cada intención positiva —tomó una vela en sus manos y sopló—: química —sopló—, conexión —sopló—, beso al final… y —me miró divertida— sexo.
Me atraganté con el agua que tomaba en ese momento. Sobre todo por que lo habia invitado a subir.
—Creo que fallaste.
—Ya sabía que no tendrías sexo hoy, pero dime —se acercó a mí, observándome—, ¿hubo beso?
No respondí.
—Ajá —asintió, pero yo caminé hacia mi recámara—. Sabía que funcionaría.
Y, por si acaso, también le hice un pequeño amarre a Gonzalo.
Me quedé congelada.
—…¿Qué? —me giré de inmediato.
—Nada grave —se apresuró—. Algo leve. Espiritual. Energético.
—ZOÉ —negué.
—Ok, ok —rodó los ojos—. No es un amarre-amarre. Es más como… un empujoncito cósmico.
—Eso suena igual de mal —repliqué—. Y muy cuestionable.
—¿Te besó? —me interrumpió, cruzándose de brazos.
Suspiré cansada y asentí.
Gritó como loca, dando brincos; después me tomó de los brazos y me dio vueltas, hasta que me soltó y se dejó caer en la cama.
—Sabía que sí.
—Zoé, es tardísimo —dije, intentando recuperar la compostura—. Deberías irte a tu departamento.
—No —negó—. Te estaba esperando para confirmar que todo funcionó.
—No funcionó nada.
—Llegaste tarde.
—Eso no significa—
—Y además —me interrumpió, levantando un dedo—, tu horóscopo decía claramente que hoy el amor tocaba tu puerta.
Solté una risa incrédula.
—¿De verdad basaste todo esto en un horóscopo?
—Era muy específico —defendió—. Decía: “Una conversación profunda, una conexión inesperada y un beso que lo cambia todo”. Tú estudias el universo, deberías creerlo.
Me quité el abrigo con torpeza.
—Zoé, soy una mujer adulta con estudios universitarios.
—Y aun así te besaron —canturreó.
—Eso fue coincidencia.
—Fue el universo.
—Fue Gonzalo.
—Fui yo —concluyó, señalándose—. De nada.
La miré. Ella me miró.
Y entonces, sin poder evitarlo, me eché a reír.
—Estás completamente loca.
—Y tú estás enamorada.
—No estoy enamorada.
Era verdad, creo.
—Todavía —corrigió.
Suspiré, sonriendo.
—Ya ve a apagar todo a la sala.
—¿No me vas a contar los detalles?
—Estoy muy cansada, prometo contarte mañana.
—Ay, está bien —dijo, insatisfecha—. No olvides desmaquillarte.
—Y tú no olvides cerrar mi puerta.
Salió de mi habitación.
—Que tengas dulces sueños con Gonzalo —asomó solo la cabeza levantando las cejas.
Tome un cojín para aventárselo, pero no le di. Y después de prepararme para dormir, me dejé caer en la cama.