Bang Chan y Seungmin son estrellas del K-pop... y novios en secreto. Entre giras interminables y luces de escenario, su amor crece fuerte en los pocos momentos que tienen para sí mismos. Pero la fama no perdona secretos, y cuando el mundo empieza a cerrarles el paso, deberán decidir si su vínculo vale más que cualquier gloria. ¿Podrán mantener su armonía en medio del caos?
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un canto para siempre
Diez años después del epílogo, la casa del bosque se había convertido en un lugar legendario para músicos de todo el mundo. Se había construido un pequeño complejo de estudios y alojamientos alrededor del lago, manteniendo siempre el respeto por la naturaleza que tanto amaban Chan y Seungmin. La Fundación Raíces Unidas ahora apoyaba a más de cincuenta mil jóvenes músicos en todo el planeta, y el festival "Raíces Unidas" se celebraba anualmente en diferentes continentes, llegando en esta ocasión a Australia.
En su casa principal, esa mañana de otoño coreano, Chan y Seungmin se preparaban para viajar hasta la isla de Jeju –donde todo había empezado– para inaugurar un nuevo centro de creación musical en la playa que tanto les había inspirado. Junto a ellos, sus dos hijos adoptivos –un niño de Sudáfrica y una niña de Corea del Sur– corrían por el jardín con sus instrumentos pequeños, creando su propia música mientras los abuelos de ambos lados preparaban la comida de despedida.
—Papás, ¡escuchen lo que hemos compuesto! —gritó el niño, llevando una pequeña guitarra hecha a medida—. Se llama "El Viento de Todos los Mundos".
Chan y Seungmin se sentaron en el porche, sonriendo mientras los niños tocaban y cantaban una melodía que mezclaba ritmos africanos con canciones coreanas de cuna. Era el reflejo perfecto de todo lo que habían construido –un hogar donde las culturas no solo coexistían, sino que se fusionaban en algo hermoso.
Más tarde, mientras empaquetaban sus maletas con recuerdos y regalos para los músicos de Jeju, recibieron una llamada de la Academia de las Artes y las Ciencias de la Música –les informaban que recibirían un premio honorífico por su contribución a la música mundial y su labor en la unión cultural. Pero para ellos, el verdadero premio era ver cómo su legado continuaba creciendo en cada nueva generación.
En Jeju, la playa donde habían pasado su primer viaje juntos ahora contaba con un moderno pero sostenible centro de creación, construido con materiales locales y diseñado para integrarse con el paisaje. Músicos de todo el mundo ya esperaban allí, entre ellos los jóvenes que habían empezado con ellos en la favela de Río, en la comunidad de Sudáfrica y en los talleres del bosque.
La inauguración comenzó con una actuación de los niños de Chan y Seungmin, quienes presentaron su canción "El Viento de Todos los Mundos" ante una multitud emocionada. Luego, todos los músicos se unieron en el escenario para tocar "Tierra Única", la canción que había cambiado el rumbo de sus vidas y el de tantas personas alrededor del mundo.
—Hace muchos años, venimos a este lugar para escribir nuestra primera canción juntos —dijo Seungmin, tomando el micrófono mientras el sol se ponía sobre el mar—. En aquel entonces, solo soñábamos con poder compartir nuestro amor y nuestra música con el mundo. Hoy, viendo a todos ustedes aquí, sabemos que los sueños se hacen realidad cuando se construyen con amor y unión.
Chan se acercó a él, cogiendo su mano con ternura:
—Nuestra historia no empezó aquí ni terminará aquí —continuó—. Es una canción eterna que cada uno de ustedes seguirá cantando, cada uno a su manera, en cada rincón del planeta. Porque la música es el alma del mundo, y el amor es su melodía.
Mientras la música seguía resonando sobre las olas del mar de Jeju, mientras las luces del escenario se reflejaban en el agua y las voces de miles se unían en un solo canto, Chan y Seungmin cerraron los ojos por un instante, recordando todos los caminos que habían recorrido juntos. Desde los primeros días en el dormitorio del grupo hasta este momento, donde su amor y su música habían tocado el corazón del mundo.
—Siempre juntos —susurró Seungmin, mirando a Chan a los ojos.
—Para siempre —respondió él, besándolo suavemente bajo el cielo pintado de colores dorados y rosas.
Y así, la canción continuó, pasando de generación en generación, de continente en continente, un canto eterno que recordaba a todos que el amor y la música son los únicos verdaderos lenguajes universales –un regalo que se comparte, se cultiva y se transmite para siempre.