Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 4
Había pasado un mes desde que Saori despertó en este cuerpo. Durante esos treinta días, la casa de sus padres se había transformado, dejando de ser una mansión de lujos para convertirse en algo más cercano a un búnker. Las cercas eléctricas ahora zumbeaban con una potencia letal y las puertas de hierro, reforzadas con cerrojos que ella misma había supervisado, se sentían como el único lugar seguro del planeta.
Sora, su hermano mayor, observaba los cambios con una mezcla de desconcierto y alivio. Había notado que ella ya no perdía sus recesos tratando de interceptar a Haruto, y aunque esa obsesión repentina por la seguridad lo inquietaba, el simple hecho de que ella hubiera dejado de perseguir al protagonista le otorgaba una paz mental que no estaba dispuesto a cuestionar. Él prefería verla encerrada en una fortaleza antes que verla cerca de ese idiota.
Pero para Saori, el tiempo no era un aliado. Era un depredador.
Esa mañana, bajo la excusa de una fiebre fingida de Yuuta —una mentira que Sora aceptó con una preocupación que le punzó la conciencia—, ambos se escabulleron al centro comercial más grande de la ciudad. El lugar estaba lleno de gente despreocupada, riendo, caminando lento; parecían hormigas marchando hacia un hormiguero que estaba a punto de ser rociado con veneno.
Saori empujaba el carrito con una tensión que le entumecía los hombros. No estaba comprando víveres; estaba comprando tiempo.
—Hermana, ¿qué vamos a comprar ahora? —preguntó Yuuta, tirando de la manga de su chaqueta.
—Comida —respondió Saori, con los ojos escaneando las estanterías como si buscara francotiradores. El aire acondicionado del lugar, antes refrescante, ahora le parecía un escalofrío que le advertía del futuro.
—¿Comida? —insistió el niño, mirando los estantes con curiosidad.
—Sí. Busca lo que más tarde en caducar y ponlo en el carrito. Nada de productos frescos, nada que se eche a perder en una semana —sentenció ella. Su voz sonaba más fría de lo que pretendía, pero no podía permitirse la calidez.
Yuuta empezó a apilar latas de atún, arroz envasado al vacío y legumbres, pero sus ojos se desviaron hacia la sección de golosinas.
—¿También pueden ser dulces? —preguntó, con un brillo de esperanza en los ojos.
Saori se detuvo en seco. Suspiró, sintiendo el peso de la culpabilidad. Eran niños en medio de un mundo que pronto no tendría ni piedad ni dulces.
—Sí... por supuesto —dijo, suavizando el tono. Luego, su mirada se posó en un estante específico: cacao en polvo y barras de chocolate amargo.
Se acercó y comenzó a llenar el carrito con chocolate como si fuera oro puro. La ironía le provocó una mueca amarga. Sabía que, en un futuro cercano, esa basura azucarada sería la diferencia entre la cordura y la mutación, entre la vida y el virus. Era el absurdo más grande de toda la historia, pero era el arma que necesitaba.
—¿Por qué compramos tanto chocolate, hermana? —preguntó Yuuta, confundido por la cantidad de barras que acumulaban.
—Porque el mundo se va al diablo, Yuuta —murmuró ella para sí misma, lanzando un paquete más al carrito—. Y al parecer, la única forma de salvarse es comiendo postre.
Tenían que moverse rápido. Cada minuto que pasaban ahí era un riesgo. Saori sentía el sudor frío recorriéndole la espalda, una paranoia constante de que, al doblar la esquina del pasillo, se encontraría con el primer infectado. Pagaron en efectivo, sin tarjetas de crédito, para no dejar rastro de sus compras compulsivas.
Mientras caminaban de regreso al auto, cargando las bolsas pesadas, Saori miró hacia atrás. El centro comercial seguía ahí, vibrante y lleno de vida, ajeno a su propia extinción.
—Todavía falta —susurró, con la mandíbula tensa—. Necesito más armas. Necesito asegurar el agua.
Yuuta no entendía la urgencia, pero la seguía con lealtad. Saori apretó los puños. No podía salvar a todo el mundo, ni siquiera quería hacerlo. Su única misión, la única razón por la que seguía respirando en este cuerpo prestado, era asegurarse de que, cuando todo se fuera al demonio, ella y su hermano estuvieran tras esas puertas de hierro, con suficientes suministros y suficiente chocolate para ver cómo el resto del mundo ardía.
El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios, tiñendo el cielo de un naranja enfermizo. En el instituto, la tensión seguía flotando en el aire.
—¿Sucede algo? —preguntó Haruto, deteniéndose en el pasillo. Su mirada, siempre analítica, escaneaba el rostro de su amigo en busca de grietas.
Sora desvió la mirada hacia la ventana, observando cómo las sombras se alargaban sobre el patio.
—No te preocupes, Haruto —respondió, forzando una calma que no sentía—. Solo es una inquietud que no logro sacarme de la cabeza. Algo que no me deja dormir.
Haruto, que no era ningún ingenuo, quiso presionar. La forma en que Saori, la hermana de Sora, lo evitaba últimamente no pasaba desapercibida para él. Sin embargo, antes de que pudiera preguntar sobre ella, el timbre sonó con un estridente zumbido, cortando la conversación y obligándolos a separarse.
En casa, el caos de cajas y sacos de comida era evidente. Habían priorizado la carne y los perecederos, saturando el congelador antes de desplomarse. Para Saori, el dinero ya no tenía valor; solo importaba el tiempo. Cada lata era un día más de vida, un día más lejos del apocalipsis.
—Estoy exhausta —murmuró Saori, dejándose caer en el sofá como si sus huesos se hubieran vuelto de gelatina.
Yuuta, imitando su postura, se lanzó a su lado con un suspiro largo. El silencio tras el ajetreo del día se sintió como una bendición; pronto, las risas agotadas entre ambos se apagaron, siendo reemplazadas por una respiración pausada y profunda.
Sora llegó a casa horas después, con los músculos tensos por los ensayos del club y la mente todavía dándole vueltas a la extraña actitud de su hermana. Al abrir la puerta, la imagen lo detuvo en seco: sus hermanos, acurrucados en el sofá, rodeados por una montaña de suministros que parecían sacados de un inventario militar.
Se acercó lentamente, bajando el volumen de sus pasos. Su instinto inicial fue el enojo. ¿Qué demonios estaban haciendo con tanto gasto absurdo? Pero al ver la paz en sus rostros, el regaño se disolvió en su garganta.
Se quedó allí, de pie en la penumbra, apretando la mandíbula con frustración. ¿Por qué ella estaba actuando así? Durante el último mes, Saori era un enigma.
Es por ellos, ¿verdad? pensó, observando la mano de su hermana que protegía instintivamente a Yuuta. Es solo una adolescente buscando una señal de que nuestros padres aún se acuerdan de que existimos.
Él recordaba esa misma oscuridad, esa sensación de abandono absoluto cuando el trabajo de sus padres los alejaba de casa por meses. Sora había superado esa necesidad al convencerse de que ellos tres eran suficientes. Él no necesitaba a nadie más. Pero ver a Saori así, intentando llamar la atención con excentricidades tan erráticas y desesperadas, le rompía algo por dentro. Se sentía inútil. ¿Cómo podía pedirle que madurara cuando él mismo no sabía cómo aliviar el vacío que ella sentía?
Se arrodilló junto al sofá, observando las cajas. No las movería hoy. Si ella necesitaba este juego de roles para sentirse segura o querida, él lo toleraría. Aunque, en el fondo, le dolía pensar que ella sentía que debía protegerse de todo el mundo para sentir que tenía el control.
Si esto es lo que necesitas para estar tranquila, Saori... entonces supongo que te seguiré el juego, pensó, mientras cubría a su hermana con una manta, sintiéndose, una vez más, incapaz de cruzar la barrera que ella había levantado.