Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Felicity
Días después, lo único que parecía estar realmente de luto era el vestido negro de Florence.
Ella ya no caminaba encorvada por el peso del dolor, sino erguida, con la barbilla levantada y la mirada fija hacia adelante. Cada mañana recorría los pasillos de la mansión Evenson con paso firme, revisando cuentas, recibiendo informes, dando órdenes claras y precisas. Sus decisiones eran rápidas, justas… y a veces implacables. Los trabajadores comenzaron a mirarla de otra manera.. algunos con respeto genuino, otros con cautela, y no faltaban aquellos que la observaban con un dejo de temor. Pero nadie, absolutamente nadie, se atrevía a subestimarla.
El rumor se esparció por todo el ducado.. la joven duquesa no se había derrumbado tras la muerte de su esposo… al contrario. Se había levantado más fuerte.
Su sola presencia imponía. El luto negro resaltaba su piel clara y su porte elegante, y aunque sus ojos seguían guardando una sombra de dolor antiguo, ahora también brillaban con determinación. En los mercados, en las oficinas del ducado, en los campos, todos hablaban de ella. Otros decían que era peligrosa. Otros, simplemente, la admiraban en silencio.
En medio de esa nueva rutina, un carruaje elegante llegó a la mansión. La escolta anunció el nombre de la visitante y Florence dejó todo lo que estaba haciendo. Su hermana mayor, Felicity Dagger, había venido a verla.
Cuando Felicity entró en el gran salón, se detuvo un instante, impactada. No era la misma hermana dulce y frágil que había llorado desconsolada en su regazo semanas atrás. Frente a ella había una mujer segura, dueña de sí misma, con una serenidad que imponía respeto.
—Florence… —susurró, acercándose con cautela.
Florence sonrió, una sonrisa tranquila, madura, que hablaba de heridas… pero también de fuerza.
—Hermana —respondió, tendiéndole la mano antes de abrazarla con cariño.
Felicity la rodeó con los brazos y sintió el temple en su postura. Ya no había temblores, ni lágrimas contenidas. Solo firmeza.
—Te ves… —Felicity buscó la palabra correcta, sin saber si decir “fuerte” o “distinta”— tan bien.
—Lo estoy —contestó Florence con calma—. Ya no soy la misma.
Se sentaron a conversar largo tiempo. Felicity la miraba con orgullo silencioso. Había temido encontrarla rota, devastada… pero en su lugar veía a una mujer empoderada, que ya no vivía a la sombra de un hombre, sino que gobernaba su propio destino.
Y aunque el vestido negro seguía cubriendo su figura, estaba claro que el verdadero duelo había terminado… y en su lugar había nacido la Gran Duquesa Evenson.
Felicity Dagger, la mayor de las tres hermanas, siempre había sido distinta.
Nunca se había casado. No porque nadie la hubiese pretendido.. porque más de un caballero quedó encantado alguna vez con su dulzura tranquila y su inteligencia, sino porque desde pequeña cargaba con una ligera dificultad en su pierna izquierda. Una vieja enfermedad mal tratada había dejado una leve cojera que la obligaba a caminar despacio, apoyándose siempre en un bastón fino y elegante que había aprendido a usar con tanta gracia que parecía casi un accesorio.
Pero en aquella época, una mujer que no podía moverse con ligereza era vista como una carga. Así, con el paso del tiempo, las propuestas disminuyeron… hasta desaparecer. Y Felicity, con más de treinta años, ya era considerada una mujer sola. Sin embargo, nunca permitió que la compadecieran.
Había aceptado su destino con dignidad.
Su verdadera vida no estaba hecha de bailes, cortejos y promesas rotas, sino de hogar, cuidado… y amor silencioso.
Cuando su madre murió, Florence apenas tenía dos años. Recuerda vagamente su olor a flores y la calidez de unos brazos que se desvanecieron demasiado pronto. Desde entonces, fue Felicity quien ocupó ese lugar. No como una hermana… sino como una madre.
Fue ella quien la despertaba en las mañanas frías, quien la peinaba con paciencia, quien calmaba sus pesadillas cuando lloraba llamando a una madre que ya no estaba. Fue Felicity quien se aseguraba de que siempre tuviera un dulce escondido cuando estaba triste, quien la abrazaba por cualquier motivo, quien la miraba con ternura incluso cuando el mundo parecía no entenderla.
Mientras los demás la veían como “la hija menor del barón”, Felicity veía en Florence a su niña. Su responsabilidad. Su tesoro.
Y aunque la vida no le concedió esposo ni hijos, nunca se consideró infeliz. Porque tenía a sus hermanas. Porque su corazón estaba lleno, aunque el mundo no lo viera.
Por eso, al mirar ahora a Florence convertida en duquesa, tan firme y radiante bajo el negro del luto, su corazón se llenó de una mezcla de orgullo y alivio.
La niña frágil a la que había protegido durante toda la vida… ahora podía protegerse sola.
Las hermanas pasaron toda la tarde hablando. No había lágrimas, ni suspiros lastimeros, ni ese silencio incómodo que solía rodear a los dolientes. Había calma. Un cariño cálido, sincero, como el de los viejos tiempos en la casa Dagger.
Florence pidió que les sirvieran té de jazmín con galletas de mantequilla.. las favoritas de Felicity.. y ambas se sentaron en el pequeño salón privado de la duquesa, donde la luz entraba suave a través de los ventanales.
—Te ves… serena —comentó Felicity al fin, observándola con una mezcla de orgullo y precaución—. Me alegra verte así, querida. Pensé que te encontraría devastada.
Florence sonrió suavemente. No era una sonrisa rota, sino firme.
—Lo estuve —respondió con honestidad—. Pero comprendí que llorar no cambiará nada. Ahora tengo responsabilidades… y gente que depende de mí.
Felicity apretó su mano, llena de afecto.
—Eso habla muy bien de ti.
Luego, inevitablemente, la conversación volvió a la familia. A Fantine.
La segunda de las hermanas Dagger siempre había sido distinta a ambas. Vivaz. Espontánea. Con una sonrisa traviesa y esa capacidad de convertir cualquier momento en algo alegre. Fantine era luz, risas y flores en el cabello.
Y fue precisamente esa chispa alegre la que conquistó a un barón del reino de Deira.
—Fantine te manda saludos —comentó Felicity con ternura—. Dice que lamenta no estar aquí contigo en estos momentos.
Florence bajó la mirada, con un brillo cálido en los ojos.
—Lo sé. Después de mi boda apenas pudo quedarse unos días. Tenía que regresar a Deira… y ahora, con el bebé en camino…
—Exacto —asintió Felicity—. Ya está entrando en los últimos meses. El doctor le ha recomendado reposo y tranquilidad. El barón cuida de ella como si fuera de cristal.
En la mente de Florence apareció la imagen de su hermana mayor embarazada, radiante, caminando con el vientre redondeado y esa sonrisa dulce que nunca perdía. Se alegró de verdad por ella.
—Espero que sea feliz —dijo en voz baja—. Siempre fue tan valiente para amar…
Felicity sonrió con orgullo.
—Y tú también lo fuiste, Florence. No te castigues por ello.
Florence no respondió. Sus ojos se desviaron hacia la ventana, hacia los jardines silenciosos del ducado. Ella había sido valiente, sí… pero ingenua. Y ahora, la vida le pedía otra clase de coraje.
Un coraje que ya estaba empezando a cultivar.
La charla continuó entre recuerdos, risas suaves y confidencias. El aire estaba lleno de nostalgia… pero también de esperanza. Y por primera vez desde que había llegado a ese mundo, Florence no se sintió sola.