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Memorias Para Amar Al CEO

Memorias Para Amar Al CEO

Status: En proceso
Genre:Pérdida de memoria / Oficina / CEO / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Denis Peinado

En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.

NovelToon tiene autorización de Denis Peinado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El primer recuerdo roto

La tarde había comenzado a oscurecer cuando Mía encendió la lámpara pequeña junto a la cama de hospital. La luz cálida envolvía la habitación en un tono suave, íntimo, casi peligroso. Liam dormía, o eso parecía; tenía los párpados cerrados, la respiración profunda, el ceño ligeramente fruncido como si su mente trabajara a un ritmo distinto al de su cuerpo.

Mía lo observó en silencio. Había pasado casi todo el día a su lado, respondiendo correos urgentes desde su laptop, gestionando asuntos que Sophie o Alexander no debían manipular… al menos no mientras ella pudiera impedirlo. Su papel como asistente se había transformado de una forma que jamás habría imaginado: ya no era la sombra que ordenaba archivos. Era su guardiana.

Ese pensamiento la inquietó y la reconfortó al mismo tiempo.

El hospital estaba tranquilo, demasiado para su gusto. Había algo en el silencio que hacía que cada ruido del pasillo sonara como una amenaza. Cada paso, cada voz murmurada detrás de la puerta, ponía a Mía en alerta. Desde la visita de Olivia, algo se había movido en el ambiente. Algo que no sabía nombrar.

Un leve temblor en la mano de Liam la sacó de su pensamiento.

—Liam… —se acercó de inmediato, tocando su brazo.

Él respiró hondo. Muy hondo. Y entonces, como si un hilo invisible tirara de su mente hacia un lugar oscuro, su cuerpo se tensó.

—No… —murmuró con la mandíbula apretada—. No… corras…

El monitor captó el cambio abrupto en su ritmo cardíaco.

—Liam, despierta —dijo ella, tomándole la mano con fuerza—. Estoy aquí. Despierta.

Su respiración se aceleró. Sus dedos se cerraron en torno a los de Mía, casi dolorosamente.

—No la toques —susurró él, como si hablara con alguien más—. Dije… que no la tocaras.

Mía sintió cómo su piel se erizaba. Sus palabras no eran del presente; pertenecían a un recuerdo. Uno que él no debería estar teniendo todavía.

—Liam, mírame —dijo con urgencia, inclinándose sobre él.

Sus ojos se abrieron de golpe.

Y por un instante —un segundo que se suspendió entre sus respiraciones—, Liam no la vio a ella. Vio algo detrás de ella. Alguien. Un rostro que su memoria, rota y afilada, intentaba recuperar a la fuerza.

—¿Quién eres? —preguntó con la voz más fría que desde que despertó.

La pregunta la atravesó como una espada.

Pero entonces, la mirada de Liam cambió. El hielo se derritió. La confusión se hizo evidente. Su mano aún sujetaba la de ella.

—Mía… —susurró, como si su nombre fuera un salvavidas—. ¿Qué… pasó?

Ella exhaló, sin darse cuenta de que había estado conteniendo el aire.

—Tuviste un sueño. Solo eso.

El ceño de Liam permaneció fruncido.

—No era un sueño.

Mía tragó saliva.

—¿Qué viste?

Él cerró los ojos.

—Un pasillo. Vidrio a los lados. Voces… fuertes. Yo… —hizo una pausa, respirando hondo—. Yo estaba gritando. Pero no sé por qué. Y había alguien… una mujer. Quise… protegerla.

Mía sintió cómo el mundo se inclinaba un poco bajo sus pies.

—¿Recuerdas quién era esa mujer?

Liam negó, frustrado.

—No lo sé. Pero tenía miedo.

La habitación quedó en silencio por un momento. El monitor recuperó su ritmo normal, y Mía trató de mantener la voz firme.

—Puede ser un recuerdo aleatorio. Algo que viste en el trabajo. O… —y su voz bajó un poco— un sueño mezclado con la confusión del accidente.

Él abrió los ojos y la observó con una intensidad nueva.

—Era real, Mía. Siento que lo era.

Ella se inclinó y colocó una mano en su mejilla, algo que no se habría permitido nunca en la vida anterior a este accidente.

—Lo que sea —susurró—, lo enfrentaremos juntos. Paso a paso. No estás solo.

Liam presionó su mano contra la suya, manteniéndola en su rostro como si ese contacto fuese un ancla.

—No quiero perderte —murmuró.

El corazón de Mía tropezó. Quiso apartarse, pero él sostuvo su muñeca con suavidad, sin fuerza, sin imposición… solo necesidad.

—No vas a perderme —respondió ella.

Entonces, como un interruptor, la puerta volvió a abrirse.

Esta vez, no era Olivia. Ni Sophie.

Era Alexander Reed.

Entró sin permiso, como siempre. Sus pasos eran silenciosos, pero su presencia nunca lo era. Vestía un traje oscuro que parecía cosido directamente sobre su piel. Su mirada recorrió la escena —la mano de Mía en la mejilla de Liam, la cercanía entre ambos— y su mandíbula se tensó apenas un milímetro.

—Interrumpo algo —dijo, más afirmación que pregunta.

Mía dio un paso atrás de inmediato. Liam tardó un poco más en soltarla.

—¿Qué quieres, Alexander? —preguntó Liam, con una molestia que se le escapó aunque no recuperara sus recuerdos.

Alexander entrecerró los ojos, evaluando.

—La junta está pidiendo respuestas. No puedo seguir conteniendo a todos. Necesito una declaración tuya. Breve. Controlada.

—No —respondió Liam sin pensarlo.

—Liam —Alexander se acercó, su sombra cayendo sobre la cama—, si no dices algo, ellos lo harán por ti.

—He dicho que no.

Alexander lo observó. Algo en él, algo que no mostraba en público, salió a flote: preocupación genuina… y celos. Sí, celos. No por la empresa, no por el poder. Por Mía.

—¿Qué parte no entiendes? —preguntó Liam, irritado—. Necesito tiempo.

—Y yo necesito que no destruyas todo lo que construiste —respondió Alexander con voz baja—. Porque si tú caes, caemos todos.

Liam apretó los dientes. Mía dio un paso al frente.

—Alexander, el médico dijo que—

—No estoy hablando contigo —la interrumpió, cortante.

Fue un error.

Liam lo notó. Mía lo sintió.

El aire se quebró.

—No vuelvas a hablarle así —advirtió Liam con una calma peligrosa.

Alexander lo miró, sorprendido por la dureza del tono.

—No estoy siendo grosero —alegó.

—Sí lo estás —dijo Liam—. Y no lo tolero.

Alexander se quedó inmóvil por un instante. Luego arqueó una ceja.

—Interesante. Tu memoria se fue, pero tu temperamento sigue intacto.

Mía observó a ambos hombres como si de pronto estuviera en medio de un campo minado.

Finalmente, Alexander suspiró.

—Bien. Me retiraré. Pero esto no puede seguir así. Necesitas control. O alguien lo tomará por ti.

Mía sintió frío en la nuca.

Aquella frase no fue casual. No fue inocente. Fue una advertencia.

Alexander lanzó una última mirada hacia Mía antes de salir.

Una mirada que decía:

“No sé qué eres para él ahora.

Pero no lo dejaré en tus manos.”

Cuando la puerta se cerró, Mía sintió que la habitación recuperaba el aire.

Liam se dejó caer contra la almohada.

—No me gusta él —murmuró.

—Lo sé —respondió ella.

—Intenta controlar todo.

—Eso también lo sé.

Liam la miró con intensidad.

—Pero lo que no sé es por qué confío más en ti que en él. Aunque él asegura haber sido mi amigo.

Mía sintió algo suave romperse dentro de su pecho.

—Quizá porque… —dijo con cuidado—, cuando todo cayó, yo estuve aquí.

Él estiró la mano hacia ella.

—Quédate conmigo un rato más.

Ella tomó su mano sin dudar.

Y justo cuando creía que el capítulo del día terminaría así, en esa calma que parecía peligrosa por lo dulce, Liam exhaló un susurro casi imperceptible:

—Mía… creo que recuerdo… una voz.

Ella se tensó.

—¿Qué voz?

Él frunció el ceño.

—Una voz que me decía… “corre”.

Mía sintió cómo se le congelaban los huesos.

Porque esa frase no venía del accidente.

Ni de una reunión.

Ni de un sueño.

Ella sabía exactamente de dónde venía.

Porque esa voz había sido la suya.

Y nunca debió recordarla.

La noche cayó de golpe sobre la ciudad.

Y dentro de la habitación, la primera grieta real en la amnesia acababa de abrirse.

1
Eret Lopez
ES DEMASIADO CANSADO ESTAR LEYENDO ALGO QUE NO CONCLUYE EN NADA BEY
Eret Lopez
Mia PORQUE NO HABLAS CON LA VERDAD ES MEJOR UNA VEZ COLORADO QUE MIL DESCOLORIDO AGARRA EL TORO POR LOS CUERNOS
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