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El Sacrificio De Angrod Caranthir

El Sacrificio De Angrod Caranthir

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Amor eterno / Matrimonio entre clanes / Batalla por el trono / Viaje a un mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6 El peso de los doce años

El palacio dormía.

Angrod conocía cada respiración de Hassan en la madrugada. El susurro de las antorchas azules al consumirse. El roce de las capas de los guardias en las murallas. El crujido de la piedra negra cuando la luna violeta alcanzaba su cenit.

Y conocía el silencio de sus propias habitaciones, vacías desde que tenía memoria.

No podía dormir.

Nunca podía dormir.

Se sentó al borde de la cama, la espalda recta, las manos apoyadas en los muslos. La armadura colgaba del maniquí junto a la ventana, inútil. No había enemigo del que pudiera protegerse con acero.

Maldición, pensó. Siempre tú.

Como si lo hubiera escuchado, la oscuridad dentro de él se retorció. No era dolor físico, no exactamente. Era algo peor: un vacío que se ensanchaba, un hambre que no podía nombrar. La maldición lo devoraba desde dentro, lenta, implacable, como el mar erosiona los acantilados.

Su padre decía que era un castigo de los dioses.

Su madre decía que era su naturaleza.

Angrod creía que era simplemente su herencia. Algo con lo que había nacido, algo que nunca pidió, algo que nunca podría devolver.

Pero ella no se apaga, susurró una voz dentro de él. Cuando la tocas, no se apaga.

Cerró los ojos.

Y la vio.

No necesitaba la bola de cristal para recordar su rostro. Lo llevaba grabado a fuego en la memoria desde aquella tarde en la playa, cuando una niña de siete años lo había mirado como si él mereciera ser salvado.

Leila.

Diecinueve años ahora. El cabello dorado más largo, las facciones más definidas, el cuerpo curvado por la madurez. Pero los ojos seguían siendo los mismos. Ese verde esmeralda que lo había perseguido durante doce años de vigilias.

Doce años.

Mil cuatrocientas cuarenta lunas.

Diecisiete mil quinientos veinte noches espiándola a través del cristal.

Se levantó de la cama. No podía seguir allí, con el silencio y la oscuridad y el eco de su nombre en la cabeza.

La biblioteca lo esperaba.

---

La biblioteca siempre lo esperaba.

Era el único lugar donde podía bajar la guardia, donde nadie lo vigilaba, donde podía ser simplemente el niño que una vez cruzó un umbral y encontró el mar. El anciano bibliotecario, ciego y sordo, no preguntaba por qué el príncipe pasaba tantas noches entre pergaminos olvidados.

Angrod caminó hasta el estante prohibido, detrás del tomo de genealogías falsas. Allí estaba. La bola de cristal, latiendo con una luz tenue y azulada.

No deberías.

Pero sus manos ya la estaban tocando.

La superficie era fría, lisa, antigua. Había pertenecido a algún hechicero olvidado, alguien que también había amado a alguien que no podía tener. Angrod la había encontrado cuando tenía trece años, recién regresado del umbral, y había aprendido a usarla por instinto.

Como si el cristal lo hubiera estado esperando.

La imagen apareció lentamente, como siempre.

Primero, niebla. Luego, formas. Luego, ella.

Leila dormía.

Su cabello dorado se derramaba sobre la almohada de seda como un río de luz. Tenía una mano debajo de la mejilla, los labios ligeramente entreabiertos, las pestañas oscuras dibujando medias lunas sobre sus pómulos. Su pecho subía y bajaba con la cadencia lenta del sueño profundo.

Angrod contuvo el aliento.

La había visto así cientos de veces. Miles. En su mundo, cuando ella era una adolescente que dormía con los apuntes de la universidad esparcidos por la cama. En este mundo, ahora, vestida con la seda que las criadas le habían puesto. Siempre hermosa. Siempre inalcanzable.

Podría ir a su habitación ahora mismo, pensó. Podría sentarme a su lado. Podría tocar su cabello, solo una vez. Nadie lo sabría.

Pero él lo sabría.

Y la maldición lo sabría.

—¿Qué haces?

La voz lo sobresaltó. No por el volumen —era apenas un susurro—, sino porque no esperaba compañía a esas horas.

Se volvió, cubriendo la bola de cristal con su cuerpo.

Elara estaba en el umbral de la biblioteca, envuelta en un chal oscuro, los brazos cruzados sobre el pecho. No parecía asustada. Parecía... triste.

—¿La espía, mi señor? —preguntó.

—No es asunto tuyo.

—Todo lo que concierne a la señora Leila es asunto mío. Soy su criada.

—Yo no te asigné a ella.

—No. Pero ella me pidió que me quedara.

Angrod apretó la mandíbula.

—No debes decirle nada.

—No voy a decirle nada. Pero ella merece saber.

—¿Saber qué?

—Que lleva doce años siendo observada. Que alguien la ha amado en silencio desde que era una niña. Que ese alguien la trajo aquí, no por obediencia a su padre, sino porque no podía soportar un día más sin verla.

El silencio pesó como una losa.

—No es amor —dijo Angrod, con voz rota—. Es obsesión. Es enfermedad. Es...

—Es amor —lo interrumpió Elara—. El único amor verdadero que he visto en este palacio en cincuenta años.

La elfa hizo una reverencia y se fue, dejándolo solo con el cristal y la imagen de Leila dormida.

Angrod apagó la visión.

Apoyó la frente en la superficie fría de la mesa y cerró los ojos.

Doce años, pensó. Doce años esperando. Doce años deseando. Doce años preguntándome si algún día merecería siquiera acercarme a ella.

Y ahora estaba aquí. A trescientos pasos. Durmiendo en una cama que no era la suya, en un mundo que no era el suyo, condenada a un destino que él no había sido capaz de evitar.

Podría salvarla, pensó. Podría llevarla al umbral, devolverla a su mundo, fingir que nunca pasó nada.

Pero no lo haría.

Porque era egoísta. Porque llevaba doce años hambriento. Porque prefería tenerla prisionera en su mundo que libre en el suyo.

Monstruo, se dijo. Eso es lo que eres. Un monstruo.

La maldición se retorció, de acuerdo.

---

No supo cuánto tiempo pasó así, inmóvil, respirando acompasadamente para no romperse.

Cuando levantó la cabeza, la luz violeta del amanecer se filtraba por los vitrales de la biblioteca.

Debía ir a verla. Tenía que darle su lección de magia, enseñarle a controlar ese poder que había despertado la noche anterior. Tenía que mantener la distancia, la frialdad, la máscara.

Pero antes, una visita.

---

Las mazmorras de Hassan olían a humedad y desesperanza.

Angrod bajó los escalones de piedra con paso firme, ignorando las miradas de los guardias. No necesitaba explicar su presencia; era el príncipe, aunque todos desearan que no lo fuera. Su padre dormía. Su madre estaba muerta. Nadie cuestionaba sus movimientos.

El último nivel.

La celda más profunda.

Allí, encadenado a la pared con grilletes de plata encantada, estaba el hechicero.

No sabía su nombre. Los registros del reino lo llamaban simplemente El Prisionero. Llevaba cincuenta años encerrado, desde que intentó asesinar al abuelo de Angrod. Nadie recordaba ya cuál era su crimen original. Solo sabían que era peligroso.

Y que era humano.

—Vienes otra vez, pajarito negro —dijo el hechicero, sin abrir los ojos. Su voz era cascada, rota por décadas de silencio—. Siempre con la misma pregunta.

—¿Se puede romper una maldición? —preguntó Angrod.

—No se rompe. Se reemplaza.

—¿Con qué?

El hechicero abrió los ojos. Eran del mismo azul que los de Angrod, pero apagados, lechosos. La oscuridad los había consumido hacía mucho tiempo.

—Con una vida —respondió—. La maldición exige una vida. Puedes darle la tuya, pero no servirá. Tu oscuridad ya no tiene luz que ofrecer. Eres una cáscara hueca, príncipe. Un pozo seco.

Angrod sintió el peso de esas palabras en el pecho.

—¿Y si doy la vida de otro?

El hechicero sonrió. Era una sonrisa horrible, llena de dientes rotos y tristeza antigua.

—¿La humanita? ¿Crees que no lo he intentado? Los dioses no aceptan trueques sucios. Solo la sangre pura, ofrecida voluntariamente, puede...

—No —lo interrumpió Angrod—. No ella. Yo.

—Ya te he dicho que tu vida no sirve.

—No mi vida. Mi muerte.

Silencio.

El hechicero lo miró largamente. Por primera vez, sus ojos ciegos parecieron ver algo.

—Explícate.

—El ritual exige un sacrificio —dijo Angrod, con voz baja y firme—. Una vida por un dios. Pero si yo muero antes del ritual, si yo muero matando a Malakor, si yo muero de forma que mi sangre selle el portal...

—...entonces el pacto quedaría incompleto —susurró el hechicero—. Sin sacrificio, sin dios, sin portal. La humana viviría.

—Sí.

—Y tú morirías.

—Sí.

El hechicero guardó silencio. Luego, lentamente, comenzó a reír.

—Llevo cincuenta años encerrado —dijo—. Cincuenta años viendo pasar príncipes y reyes, soldados y verdugos. Todos querían poder. Todos querían venganza. Todos querían vivir para siempre.

Se inclinó hacia adelante, los grilletes tirantes.

—Y llegas tú, el maldito, el no amado, el que debería odiar al mundo con toda su alma. Y me pides que te enseñe a morir.

Angrod no apartó la mirada.

—¿Puede enseñarme?

El hechicero asintió lentamente.

—Puedo.

—Entonces hágalo.

—¿Y qué obtengo yo a cambio?

—Libertad.

La risa cesó. Los ojos ciegos se abrieron con algo parecido al asombro.

—¿Me liberarías?

—Cuando ella esté a salvo, sí. Te llevaré al umbral. Podrás ir a donde quieras.

—¿Y si quiero quedarme aquí?

—Entonces te quedas. Pero no en esta celda.

El hechicero lo estudió largo rato.

—Eres un necio —dijo al fin—. Un necio enamorado.

—Lo sé.

—Morirás.

—Lo sé.

—Y ella quizá ni siquiera lo sabrá. Quizá nunca sabrá lo que hiciste por ella.

Angrod bajó la mirada.

—Eso no importa.

El silencio se alargó.

—Vuelve mañana —dijo el hechicero—. Empezaremos tu entrenamiento.

Angrod asintió. Dio media vuelta.

—Príncipe —llamó el anciano—. Una última cosa.

Se detuvo.

—Esa maldición que llevas... no fue Malakor quien la puso en ti.

—¿Quién, entonces?

—Tu madre.

El mundo se detuvo.

—Ella te amaba —continuó el hechicero—. Más que a nada en este mundo. Pero el rey la obligó a elegir: tu vida o su amor. Y ella, desesperada, buscó a alguien que pudiera protegerte de la ambición de tu padre.

—Malakor —susurró Angrod.

—Malakor. Le prometió que la maldición te haría indestructible. Que nadie podría matarte porque la oscuridad te devoraría antes. Era una protección, príncipe. Una protección retorcida, cruel, pero era la única que pudo conseguir.

Angrod no respondió.

No podía.

Salió de la mazmorra con el alma en carne viva.

Mi madre me amaba, pensó. Mi madre me maldijo porque me amaba.

Y de repente, doce años de odio hacia sí mismo pesaron más que nunca.

---

Amanecía sobre Hassan.

Angrod caminó sin rumbo por los jardines, dejando que la luz violeta le lavara el rostro. Necesitaba verla. Necesitaba asegurarse de que seguía allí, de que aún respiraba, de que no era demasiado tarde para nada.

Llegó a sus habitaciones.

La puerta estaba entreabierta.

La empujó con cuidado.

Leila dormía aún, revuelta entre las sábanas de seda, el cabello dorado enmarañado sobre la almohada. Había perdido la manta durante la noche; un hombro desnudo asomaba bajo el borde del camisón.

Angrod se quedó en el umbral, sin atreverse a entrar.

Pero tampoco pudo irse.

Doce años, pensó. Doce años esperando este momento. Doce años deseando verla despertar en mi mundo.

Y ahora que está aquí, no sé qué hacer con este amor que no cabe en mi pecho.

Ella movió la cabeza. Frunció el ceño, como si sintiera su presencia. Sus labios se movieron, formando una palabra silenciosa.

Angrod.

Contuvo el aliento.

Ella sonrió en sueños. Se dio la vuelta, abrazando la almohada, y volvió a dormirse.

Angrod retrocedió lentamente, paso a paso, hasta que el frío de la piedra del pasillo le recordó que existía un mundo fuera de esa habitación.

Cerró la puerta.

Y por primera vez en doce años, no sintió el impulso de volver a la biblioteca para espiarla a través del cristal.

Ya no necesitaba el cristal.

Ella estaba aquí.

Y él estaba decidido a salvarla.

Aunque salvarla significara perderse a sí mismo.

---

Mi madre me maldijo por amor.

Mi padre me odió por miedo.

Y yo, que soy el fruto de ambas cosas, aprendí a odiarme por supervivencia.

Pero ella me miró como si yo mereciera existir.

Y por primera vez, quiero hacerlo.

Quiero existir.

Quiero vivir.

Quiero amarla como se merece.

Aunque tenga que morir para conseguirlo.

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Maria Elena Maciel Campusano
Bueno Leila dió el paso decisivo y se entregó a Agrod ahora juntos enfrentarán al Malechor de Malakor 🤨🤨
Maria Elena Maciel Campusano
Quien lo diría Leila está enamorada de Agrod y él que temía ser rechazado, pero la unión hace la fuerza y quizás unidos logren vencer al tal Malechor perdón Malakor 🤔🤔
Maria Elena Maciel Campusano
🤔🤔🤔 Qué sacrificio tan grande hizo la mamá de Agrod por amor a su hijo, ahora él decidió sacrificar su existencia por amor a Leila 😔😮‍💨
Maria Elena Maciel Campusano
Estuvo interesante todo lo que Leila descubrió a través de leer un libro, pero lo mejor fué cuando Agrod logró hacer que ella despertara su poder🤔🤔
Maria Elena Maciel Campusano
Realmente es una historia interesante, pero mientras no se aclare sobre el dichoso pacto entre el mundo de Leila y el mundo de Agrod, seguiremos junto con Leila intrigados sobre el porqué de su encuentro y de ese pacto🤔🤨🤨🤨
Maria Elena Maciel Campusano
Debe ser muy impactante ser arrebatada de tu vida, de tu hogar, de tus amigos, familia y actividades así nada más 🤨🤨🤨
Lorena Itriago
Excelente Novela, Felicidades
Lorena Itriago
Que pasó con Elara?
welimar hernandez lobo
Buen historia lo malo es que la gente no lo conoce, gracias autora por publicar esto.
Jisieli: También te recomiendo mi otra novela "El Archiduque Bestia y la Esclava"
Feliz tarde 🤗
total 2 replies
Maria Elena Maciel Campusano
Vaya manera de llevarse a Leila a su mundo, fué muy impresionante leer sobre las sensaciones que sentía y la manera en que las sombras la arrastraron hasta cruzar el umbral del espejo 😨😰😱😱
Maria Elena Maciel Campusano
Me atrapó ésta historia, empezó con acción y la manera en que conoció a su destinada☺️👍👍👍
Jisieli
Me pareció encantadora la historia 🤗
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