Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 5
Aquel año no se había dejado ver mucho, porque eso hubiera supuesto demasiadas especulaciones. En Jezaen se la conocía como la preciosa mujer inglesa del jeque. En Londres era conocida como la mujer que renunció a la libertad para casarse con un príncipe árabe. Geisa no quería ofender la sensibilidad de los árabes al dar publicidad al fracaso de su matrimonio, de modo que se mantuvo en el anonimato.
El coche llegó al final de la calle del puerto, donde el yate de Leoncio Petronades era fácilmente reconocible por las luces de la fiesta. Sin embargo, fue el yate contiguo el que llamó la atención de Geisa. Era el doble de grande que el primero, tal y como había supuesto Ethan, y estaba completamente a oscuras. Con su imponente casco pintado de negro, recordaba a un sigiloso gato esperando a saltar sobre su víctima.
Al salir del coche, junto a un par de puertas de hierro forjado que debilitaban la zona de embarque, Geisa se quedó mirando alrededor mientras esperaba a Ethan, y sintió un escalofrío al ver que tendrían que pasar por el barco a oscuras para llegar al yate.
Ethan la tomó del brazo y los dos atravesaron las puertas. El guarda de la entrada se limitó a asentir con la cabeza y a dejarlos pasar sin pronunciar palabra.
-Un tipo concienzudo –dijo Ethan.
Geisa no respondió. Estaba demasiado ocupada intentando reprimir el revuelo que sentía en el estómago, mientras una parte del cerebro intentaba convencerla de que su inminente ataque de nervios no tenía nada que ver con la fiesta.
¿Por qué le resultaba todo tan siniestro? Hacía una noche muy agradable, tenía veintinueve años y estaba a punto de entrar en una fiesta.
-Menudo barco, ¿eh? –comentó Ethan mientras se acercaba al yate.
Pero Geisa no quería mirar. Aquel barco la inquietaba, y la situación empezaba a preocuparla. El corazón le latía con fuerza, y tenía todos los nervios alerta por...
Entonces lo oyó. No fue más que un susurro en la oscuridad, pero bastó para dejarla inmóvil, y también a Ethan. Volvió a sentir el hormigueo en el cuello, más intenso.
-Ethan, creo que esto no me gusta –dijo con voz temblorosa.
-no –contestó él con voz ronca-. A mí tampoco.
Entonces vieron cómo de la oscuridad salían unas formas irreconocibles, que se transformaron en árabes con túnicas y adustas expresiones.
-Oh, Dios mío –susurró ella-. ¿Qué está pasando?
Pero ya sabía la respuesta. Era el mismo temor que había sentido cada día desde que se casó con Ali. Era una inglesa casada con un príncipe árabe. Habría demasiados fanáticos que quisieran conseguir un sustancioso beneficio por su desaparición.
El brazo de Ethan la apretaba fuertemente. Más allá se veían las luces del yate de Petronades, pero en el siniestro barco los árabes los rodeaban poco a poco.
-Tranquila –le susurró Ethan entre dientes-. Cuando te suelte, quítate los zapatos y echa a correr.
Iba a lanzarse contra ellos para que ella pudiera escapar.
-No –protestó Geisa-. No lo hagas. ¡Pueden hacerte daño!
-¡Vete, Geisa! –le ordenó él, y se arrojó sobre los dos hombres que tenía más cerca.
Geisa observó horrorizada cómo los tres hombres caían al suelo. Sintió cómo la adrenalina fluía por sus venas y se dispuso a hacer lo que Ethan le había mandado. Pero entonces oyó una voz que gritaba una orden en árabe. El pánico la hizo girarse y, para su asombro, vio que el círculo de hombres que la rodeaba pasaba a su lado y la dejaba sola junto a uno de ellos.
Se quedó sin respiración, sin poder oír, sin saber lo que le estaba pasando a Ethan. Toda su atención se concentró en esa persona.
Alto, moreno y esbelto, su cuerpo transmitía una poderosa aura que traspasaba la túnica oscura. Su piel era del color de las olivas maduras, sus ojos tan negros como el cielo de medianoche, y su boca recia y adusta.
-Ali –susurró casi sin aliento.
La inclinación que le ofreció era el producto de la legendaria nobleza que transportaban sus genes.
-El mismo –confirmó tranquilamente el jeque…