Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.
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Capítulo 19
La ambulancia llegó esa misma noche, con las luces cortando la oscuridad del pueblo como una advertencia de que nada más sería aplazado. El sonido de la sirena, aunque bajo, resonó dentro de mí de una forma que nunca había sentido antes. Era prisa, era miedo, era despedida.
El médico del puesto se acercó con un papel pequeño doblado por la mitad. Escribió algo con calma, como si quisiera transmitir seguridad hasta en la forma de sujetar la pluma. Cuando me lo entregó, vi el nombre allí, simple, pero cargado de promesa:
Dr. Javier Montoya.
—Él va a cuidar de su abuela —dijo—. Es un excelente oncólogo. Confíe en él.
Después se volvió hacia Doña Rosalía. Le tomó la mano con delicadeza, se agachó un poco para quedar a la altura de su rostro y sonrió con ternura.
—Usted es una mujer muy fuerte —habló con voz suave—. Ahora es hora de dejar que nosotros la cuidemos.
Mi abuela apretó su mano con la poca fuerza que tenía.
—Gracias, doctor… por todo.
Cuando él se levantó, me jaló a un lado y posó la mano en mi hombro, firme, presente.
—Sea fuerte, Elías. Pero recuerde: ser fuerte no es no llorar. Es continuar aún con miedo.
Asentí, sin conseguir decir nada.
La ambulancia partió poco después. Mi abuela fue acomodada en la camilla, Mallory se sentó a su lado y yo me quedé más atrás, observando las luces del pueblo quedar atrás. La carretera parecía interminable, un trazo oscuro cortando la madrugada.
Fueron seis horas de viaje. Seis horas en que el mundo dormía, menos yo.
Mi abuela acabó durmiéndose en algún momento, el rostro cansado, pero sereno. Mallory también se durmió sentada, la cabeza apoyada en la lateral de la ambulancia, sujetando la mano de mi abuela como si aquello fuera un pacto silencioso. Yo no conseguí cerrar los ojos. Cada vez que lo intentaba, imágenes venían a la mente: la cocina de la hacienda, el olor a café, el pastel recién salido del horno, su risa llamando mi nombre.
Me quedé observando el monitor, el subir y bajar de la respiración, como si aquello fuera la única cosa que me mantenía en el presente. En algunos tramos de la carretera, el cielo comenzaba a clarear levemente, un azul casi tímido anunciando el amanecer. Aquella luz nueva contrastaba con el peso que yo cargaba en el pecho.
Cuando finalmente llegamos a la capital, la ambulancia no paró para descansar. Siguió directo al hospital. Un edificio grande, iluminado demasiado, impersonal demasiado. Puertas se abrieron, profesionales surgieron, preguntas fueron hechas. Todo rápido. Todo eficiente. Y yo me sentía lento, atrasado en relación a todo.
Bajé de la ambulancia aún con el cuerpo rígido, los ojos ardiendo de cansancio. Mallory se despertó asustada, pero luego se recompuso. Tomó mi mano con fuerza mientras llevaban a mi abuela por los pasillos.
Yo era el único totalmente despierto. No por fuerza, sino por incapacidad de desconectar. La madrugada me había atravesado entero, y ahora yo estaba allí, de pie, intentando entender cómo la vida había cambiado tanto en tan poco tiempo.
Cuando vi a Doña Rosalía desaparecer por una puerta blanca, sentí algo partirse dentro de mí. No era aún la pérdida. Era la consciencia de que nada más sería simple. Respiré hondo, apreté el papel con el nombre del médico en el bolsillo e hice una promesa silenciosa:
Yo me voy a quedar. Hasta el fin.
La sala reservada para acompañantes era demasiado pequeña para todo lo que yo sentía. Dos sillones apoyados en la pared, una mesita baja en la esquina y una luz blanca que no calentaba nada. El aire olía a desinfectante y cansancio. Me senté sin percibir cuándo mis piernas desistieron de sostenerme.
Mallory se quedó de pie por algunos segundos, mirando alrededor, como si buscara algo que no estuviera allí. Después se acercó y posó la mano en mi hombro.
—Voy a buscar un café para nosotros —dijo bajo—. Necesitas beber alguna cosa.
Asentí, aún sabiendo que no sentía sed ninguna. Ella salió, y la puerta se cerró con un sonido suave demasiado para aquel momento. Me quedé solo.
El silencio del hospital no era silencio de verdad. Era hecho de pasos distantes, voces ahogadas, máquinas pitando en algún lugar que yo no conseguía ver. Miré mis manos apoyadas en la rodilla. Temblaban levemente. Intenté controlarlas, pero no sirvió de nada.
El tiempo no andaba. El reloj en la pared parecía burlarse de mí, avanzando segundos que parecían horas. Pensé en mi abuela entrando en aquel hospital sin entender bien dónde estaba. Pensé en la forma como ella siempre decía que hospital era lugar de gente fuerte, no de gente enferma. Tragué en seco.
Cuando Mallory volvió, traía dos vasos de café. El vapor subía lentamente, como si aquel líquido caliente fuera la única cosa viva allí dentro. Ella me entregó uno de ellos y se sentó a mi lado.
Sujeté el vaso con las dos manos. Estaba demasiado caliente, casi quemando, pero no lo solté. Necesitaba sentir alguna cosa que no fuera ese vacío en el pecho. Di un sorbo. El café estaba amargo, fuerte, y me hizo cerrar los ojos por un segundo. Aquel gusto me jaló al presente a la fuerza.
Mallory no habló nada. Se quedó allí, el vaso apoyado en la pierna, observándome de reojo. A veces, el silencio de ella decía más que cualquier intento de consuelo. Sentí la pierna de ella tocar levemente la mía. Un contacto pequeño, pero suficiente para recordarme que yo aún no estaba completamente solo.
—Parece que el tiempo se detuvo —murmuré, más para mí que para ella.
—Parece —respondió—. Pero él siempre anda… aún cuando nosotros no queremos.
Miré hacia el pasillo vacío frente a nosotros. Cada puerta cerrada parecía esconder una respuesta que yo aún no estaba listo para oír. El café se enfriaba en mis manos, pero yo continuaba sujetando el vaso, como si soltarlo significara perder el control de una vez.
Respiré hondo. Una vez. Dos. El corazón aún latía rápido, pero ya no parecía querer escapar del pecho. Aquel pequeño intervalo, aquella espera silenciosa, era el último lugar donde aún existía alguna ilusión de normalidad.
Entonces oí pasos acercándose.
Levanté la mirada en el mismo instante, sintiendo el cuerpo entero tensionarse. Yo lo sabía. El descanso había terminado.