Diodora vive en Hermich, un pueblo pobre y olvidado, donde a veces un pan al día es todo lo que hay para sobrevivir. Entre las artesanías que vende, guarda un secreto que nadie debe conocer; recuerda otra vida, con conocimientos imposibles para este mundo.
Un día, un comerciante le ofrece un saco de fertilizante. Pero lo que Diodora descubre es mucho más que eso; cacao, un tesoro desconocido capaz de cambiar el destino de su familia y abrir un futuro nuevo. Sin embargo, un solo error bastaría para que la acusen de bruja y la condenen al fuego.
Y mientras lucha por mantener su secreto, un hombre misterioso aparece dispuesto a protegerla... Siempre y cuando comparta con él lo que nunca nadie ha probado, el chocolate.
¿Hay un mundo donde no exita el chocolate?
Junto a Diodora, volverá a nacer el postre más aclamado de todos los tiempos.
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Capitulo 5
El aroma del conejo asado llenaba la cabaña, mezclándose con el crujir del fuego en la chimenea. La mesa era sencilla, pero suficiente para los cuatro. Los platos de barro en espera a ser servidos, mientras Daya sostenía los cubiertos, moviendo las piernas con impaciencia. Entonces apareció Valtor desde la cocina, cargando la bandeja con la cena.
Era la primera vez que Diodora veía a un hombre cocinar. Lo sorprendió más la naturalidad con la que lo hacía que el hecho mismo.
Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba allí, sirviendo con un dominio elegante, como si cortar carne fuera parte de una ceremonia. Sus ojos azules brillaban con la luz del fuego, clavados en la comida, pero con intenciones de lanzar preguntas a Diodora.
— Diodora… —dijo de pronto, sin levantar mucho la voz— Cuéntanos, ¿Qué hace una joven como tú por estos lados?
El cuchillo chocó contra el plato. La pregunta no fue brusca, pero la incomodó porque tenía razón, casi nadie llegaba hasta aquí.
— Vine a buscar más fertilizante en grano.—respondió, evitando mirarlo.
Valtor levantó la vista. Esa respuesta no encajaba. Thomas ya le había contado que esa mercancía no era muy popular.
— ¿Una granja productiva, entonces? —preguntó intentado hallar la respuesta que quería.
Diodora se mordió el labio. No podía revelar lo del cacao, y prefirió callar antes de dejar escapar más de la cuenta, así que solo asintió. La cena continuó en un silencio espeso. Valtor, sin embargo, parecía más pensativo que molesto.
«¿Granja?... No. Ella no tiene olor a tierra ni a establo. Lo suyo es distinto, olor dulce, algo que embriaga con solo respirarlo cerca. Pero no debo involucrarme demasiado.»
Thomas rompió el silencio con una sonrisa forzada.
— Valtor, espero que no te moleste. Le ofrecí a la señorita tu ayuda para mañana con los sacos.
— Está bien. —respondió él con calma— Así aprovecho y paseo a Dama.
— ¡Es nuestra yegua! —intervino Daya, inflando el pecho— El abuelo ni yo podemos montarla, pero mi hermano sí.
Diodora aún no había probado la comida, entretenida con la conversación. Cuando al fin llevó un bocado a la boca, el sabor la sorprendió. El gusto exquisito jugaba con su paladar, y sin notarlo fue demasiado expresiva.
— Cocino malísimo, ¿Verdad? —bromeó Valtor, con una sonrisa discreta.
Ella conocía ese tipo de ironía. No lo estaba preguntando en serio. Guardó silencio y solo sonrió. No era buena con las palabras, pero en sus ojos había una chispa de picardía.
La cena terminó, y Valtor se ofreció a darle su habitación. Solo había tres camas pequeñas en el segundo piso; la de Thomas, la de Daya y la suya. Insistió tanto que Diodora cedió.
Horas más tarde, ella no podía dormir. Tenía entre las manos el pequeño peluche de Tabatha y una punzada de culpa en el pecho.
« Debí pensarlo mejor… Podía venir mañana y evitar que mi familia se preocupara.»
Miró alrededor. La habitación era demasiado simple para un hombre como Valtor; sin adornos, sin olores propios. Apenas unos libros, pluma y papel sobre una mesa.
« Demasiado vacío… Como si él solo viviera a medias.»
— Un hombre que enseña, cocina y es amable… no parece real. Y dudo que yo le interese...— susurró segundos antes de volverse acostar.
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Al amanecer, el aroma amargo y fuerte la sacó de la cama. Ese olor inconfundible la golpeó como un recuerdo de su vida pasada.
«Café.»
Bajó a la cocina y lo encontró con una taza humeante en las manos.
— Buenos días, Diodora. ¿Cómo amaneciste?
Le apenaba admitir que no había dormido nada, después de todo, él le dió su cama, así que solo murmuró.
— Bien.
— Entiendo. Entonces, necesitarás esto.
Sirvió una taza y se la extendió. Ella lo sostuvo con cuidado, fingiendo no reconocerlo.
— ¿Qué es?
— Un grano molido muy popular en la capital. Conseguirlo es casi un milagro.
Al probarlo, la amargura intensa con la mezcla perfecta de la miel la transportó de inmediato a las mañanas de su vida anterior. Era perfecto, mejor incluso que lo que recordaba. Sus ojos brillaron antes de que pudiera controlarlo.
Valtor la observaba con atención, divertido por su reacción.
— Es… Un sabor amargo, único. La miel lo vuelve sutil, pero… Delicioso —dijo ella, intentando sonar neutral.
— Se llama kaffa, pero los comerciantes le dicen café. —Sonrió— El único que lo toma aquí soy yo. A nadie más le gusta ese sabor.
— No saben lo que se pierden.—murmuró Diodora.
Él rió bajo.
— Pensé que era el único que lo disfrutaba así. Tenemos el mismo gusto raro al parecer.
Ella se escondió detrás de la taza, sintiendo que el calor del café no era nada comparado con el de sus mejillas.
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Antes de que Thomas y Daya despertaran, Diodora insistió en regresar a casa. Valtor ajustó la montura de Dama, la yegua, y le preguntó.
— ¿Segura que no quieres quedarte a desayunar?
— Segura. Ya he molestado bastante.
— Soy masoquista… —susurró, como para sí mismo.
— ¿Ah?
— ¿Que?—respondió enseguida, con una media sonrisa.
La levantó con facilidad y la sentó en el caballo antes de que pudiera protestar. Un grito ahogado escapó de ella, y de inmediato él se acomodó detrás, sujetando las riendas. El calor de su cuerpo la envolvió por completo. Cada roce de su respiración contra su oído la mantenía rígida, conteniendo el aire como si eso la ayudara a controlarse.
El trayecto fue breve, pero para ella eterno. La cercanía era tan abrumadora que no sabía si deseaba que terminara o que durara más.
Al llegar, Ferguson salió al encuentro. Diodora bajó de un salto y lo abrazó.
— Gracias a los dioses que estás bien… —dijo su padre, apretándola fuerte— Una manada de lobo rondó anoche. No pude salir a buscarte.
Ella preguntó rápido por su madre y Tabatha. Estaban bien.
Valtor observaba la escena con calma, aunque sus ojos se endurecieron un instante al cruzarse con los de Ferguson.
— Le prometí al abuelo ayudarla con los sacos, así que aún tengo trabajo.—dijo, rompiendo la tensión.
— Gracias, Valtor. No olvidaré lo que hiciste. Prometo pagarte.—respondió Diodora.
Él sonrió apenas, sin mostrar los dientes, Valtor sacudió las riendas soltando un sonido de sus labios. El caballo se alejó con rapidez.
Diodora lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre los árboles. Se acomodó la tela blanca sobre el cabello y respiró hondo, luego escucho el llamado de alguien.
Frente a ella, su familia la esperaba como siempre, Tabatha la abraza tras recibirla en la puerta y lo primero que le dice es.
— Mi hermana se va sola, y regresa con un príncipe del bosque... Que suerte.
— Ay, Tabatha, no es un príncipe. Y si lo fuera, creeme que yo no sería su opción. Bien… Una vez que nos traigan el cacao, comenzaremos a trabajar.