Samantha no encaja en los estándares, y está cansada de que el mundo se lo recuerde a cada paso: en el espejo, en las miradas ajenas, en las palabras que duelen más de lo que muestran. Pero detrás de cada inseguridad hay una fuerza callada. Y cuando el nuevo profesor llega a su vida con una mirada distinta —una que no juzga, que no exige, que desea— todo comienza a cambiar.
Lo que empieza como una atracción silenciosa se convierte en algo que ninguno de los dos esperaba.
¿Podrán mantenerse al margen de lo prohibido? ¿O hay cosas que, aunque quieran ocultarse, terminan por estallar?
Una historia de deseo, ternura y valentía.
Porque a veces el amor no llega cuando te sentís lista… sino cuando por fin dejás de esconderte.
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Capítulo 4 — Un segundo de más
Samantha
El segundo día de clases siempre tiene menos caos que el primero. Ya sabes a qué aula ir, ya sabes qué esperar. Pero igual fui con ese nudo en el estómago que aparece sin aviso, como si algo dentro de mí quisiera sabotear cualquier intento de tranquilidad.
Clara me esperaba cerca de la entrada del edificio de diseño. Estaba con su café frío de siempre, sentada sobre una de las jardineras de cemento, con las piernas cruzadas y cara de quien ya vivió toda una semana en solo dos días.
—Llegas justo a tiempo —me dijo, dándome un sorbo sin preguntar.
—Gracias, necesito energía —respondí, devolviéndole el vaso.
—Hoy empezamos con Herrera. ¿Crees que se acuerde de nosotras?
—Tú fuiste la que se presentó, así que seguro que sí.
—Tú también estabas, y no pasaste desapercibida. Créeme.
Le lancé una mirada, pero sonreí. Clara exageraba con entusiasmo. Siempre encontraba motivos para hacerme sentir visible, incluso cuando yo solo quería pasar desapercibida.
Entramos juntas al aula. Era el mismo espacio de siempre, con las computadoras alineadas en grupos de dos. Clara ocupó una al fondo, y me dejó la silla junto a la ventana. El aire estaba tibio y olía a cables recién conectados y café de máquina.
Poco después entró el profesor Herrera.
Iba vestido igual de sencillo que el día anterior: camisa de manga larga, esta vez en azul oscuro, y ese aire de quien no necesita levantar la voz para que se lo escuche. Saludó con un “Buenos días” sereno, dejó su portafolio sobre el escritorio y conectó su laptop al proyector.
—Hoy vamos a comenzar con una actividad simple —dijo mientras se proyectaba la diapositiva con el título “Diseño y composición: la primera mirada”—. Van a trabajar en duplas. Quiero que creen una propuesta gráfica sencilla, usando tipografía y color, que comunique una emoción. La que quieran. Alegría, tristeza, ansiedad, calma, lo que les salga.
Clara me miró sin preguntar. Era obvio que íbamos a trabajar juntas.
—Usen las herramientas del software que ya conocen. No se preocupen por lo técnico hoy. Me interesa ver cómo piensan visualmente. En una hora pasaré a ver lo que hicieron.
La clase se llenó de murmullos y clics. Clara se apoderó del mouse enseguida. Empezó a probar tipos de letra mientras yo buscaba una paleta de colores que transmitiera nostalgia. Era el concepto que habíamos elegido. Clara tenía buen ojo para los detalles, pero su atención duraba poco. A los veinte minutos ya estaba dibujando flores con el cursor en el borde de la pantalla.
—Vamos bien —le dije, sonriendo—. Si el objetivo era que parezca un recuerdo medio borroso, lo estamos logrando.
—¿Quieres mover algo más? —preguntó, inclinándose hacia atrás.
—Solo ajustar el espaciado. Y tal vez cambiar el texto a minúsculas.
Mientras trabajábamos, sentí que el ambiente se volvía más cómodo. Me gusta perderme en los colores, en las formas. Es uno de los pocos lugares donde no pienso demasiado en cómo me veo, sino en lo que quiero que los demás vean en lo que hago.
Casi había olvidado que Herrera iba a revisar los trabajos.
Hasta que lo escuché hablar con los estudiantes de al lado.
—Muy buen uso del contraste. Pero piensen qué emoción quieren que domine, no mezclen demasiadas —decía.
Y luego, llegó a nosotras.
Se apoyó suavemente en la mesa con una mano, justo del lado donde yo estaba, y se inclinó un poco para ver la pantalla. Su perfume me llegó antes que su voz: un aroma entre madera y algo fresco que no supe identificar. No era fuerte, pero sí lo suficiente como para desconcentrarme. Perdí el hilo de lo que estaba diciendo. Algo sobre la tipografía. O el equilibrio visual. O... no sé.
—¿Estás bien? —preguntó, mirándome de reojo.
Me enderecé enseguida, algo torpe.
—Sí, claro. Solo… estaba pensando.
—Bien. A veces, cuando uno piensa en serio, también se desconcentra. Eso no es malo —respondió con un gesto leve, que no era exactamente una sonrisa, pero se le parecía.
Volvió la mirada a la pantalla.
—Me gusta la paleta que eligieron. Y cómo manejaron el vacío. Se nota intención. No está mal sentirse un poco nostálgico.
Asentí, aunque todavía sentía las mejillas calientes.
—Continúen. Voy a seguir revisando —añadió antes de alejarse.
Clara esperó a que estuviera a una distancia prudente para girarse hacia mí con cara de sospecha.
—¿Pensando, eh?
—No empieces...
—¿Te diste cuenta que se apoyó justo en tu lado? Eso no fue casual.
—Clara...
—Estoy diciendo que hay conexión. Tal vez todavía no lo sepa, pero hay algo.
No respondí. Solo volví a mirar la pantalla. El diseño seguía ahí, esperando ser terminado.
Pero algo en mí… había cambiado de ritmo.