Miranda y Laura han sido inseparables desde la infancia. Sin embargo, su amistad se ve puesta a prueba cuando Laura se enamora del novio de Miranda, David, y queda embarazada. La traición de Laura hiere profundamente a Miranda, quien decide llevar a cabo una venganza bien planificada, que culminará en una inesperada revelación
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Sombras y Sedas
Miranda
El sol de la mañana se filtraba por las cortinas lilas, bañando la habitación con una luz cálida que me resultaba extraña después de tantos años bajo el cielo de Madrid. Me desperté con el corazón acelerado, tardando unos segundos en recordar que ya no estaba en mi apartamento de la Gran Vía. Estaba en Caracas. Había vuelto a la boca del lobo.
Me levanté y caminé descalza hacia la azotea. El aire de la ciudad ya empezaba a calentarse. Me senté en uno de los muebles colgantes, balanceándome suavemente mientras observaba mis rosas azules. Eran hermosas, pero artificiales en su origen, igual que la paz que intentaba proyectar.
La jornada transcurrió entre desempacar y organizar el nuevo hogar, hasta que la noche cayó sobre la ciudad, trayendo consigo una cena que prometía ser el preludio de nuestra nueva vida.
La mesa del comedor estaba servida de manera impecable. El aroma de un asado negro —una cortesía de la cocinera que Álvaro había contratado— llenaba el ambiente. Marian estaba sentada entre Cristian y yo, luciendo un pijama de Frozen que, por supuesto, Cristian le había regalado esa misma tarde.
—Está muy rico, Tío Álvaro —dijo Marian con la boca un poco llena, provocando una risa general.
—Me alegra que te guste, princesa. Tienes que recuperar fuerzas, porque mañana conocerás tu nuevo colegio —respondió Álvaro, guiñándome un ojo. Luego, su mirada se posó en Cristian—. ¿Y tú, Prada? ¿Ya estás listo para reencontrarte con "tu mejor amigo"?
La mención de David hizo que el tenedor de Cristian chocara con fuerza contra el plato de porcelana. El ambiente se tensó al instante.
— Haré lo que tenga que hacer, Álvaro. No necesito recordatorios constantes —respondió Cristian con voz gélida.
—Solo digo que David es un perro rastreador para las mentiras —continuó Álvaro, ignorando la advertencia—. Si nota que lo miras con ganas de partirle la cara en lugar de con nostalgia, el plan se va al traste.
—No te preocupes por él —intervine, tomando un sorbo de vino tinto—. Cristian es un experto en ocultar lo que siente. Lo ha hecho durante años, ¿verdad, Cristian?
Nuestras miradas se cruzaron. Había una doble intención en mis palabras que solo nosotros entendíamos. Él ocultaba su lealtad dividida, y yo ocultaba que sabía perfectamente que él me miraba con algo más que amistad.
—Lo hago por ti, Miranda. Solo por ti —sentenció él, sin apartar la vista.
Álvaro soltó una carcajada seca.
—¡Vaya! El ambiente está más pesado que un examen de medicina. ¿Por qué no dejamos de hablar de David y ponemos algo que Marian quiera ver?
Después de la cena, nos trasladamos a la sala. Nos acomodamos en el enorme sofá de cuero blanco. Marian se sentó en el medio, armada con una manta de felpa. Pusimos Encanto en el televisor.
—¡Es como nosotros, mami! —exclamó Marian señalando la pantalla—. ¡La casita es mágica!
—Sí, amor. Pero en nuestra casita la magia la hacemos nosotros —susurré, besando su coronilla.
Durante la película, sentí la mano de Cristian rozar la mía sobre el sofá. No se apartó. Al contrario, sus dedos buscaron los míos con una lentitud tortuosa. Mi mente gritaba que me alejara, que él era el mejor amigo del hombre que destruyó mi vida, que era peligroso mezclar el odio con este tipo de consuelo. Pero mi cuerpo no obedeció. Entrelacé mis dedos con los suyos, sintiendo el calor de su palma.
Álvaro, desde el otro extremo, nos observaba con una sonrisa de suficiencia mientras fingía prestar atención a la comiquita. Él sabía que yo estaba perdiendo la batalla contra mis propios sentimientos.
Cuando los créditos de la película empezaron a correr, Marian ya estaba bostezando.
—Es hora de dormir, pequeña Mirabel —dijo Cristian, cargándola en peso.
Fuimos los dos a su habitación. El ambiente pastel y los murales de Disney creaban un oasis de inocencia que me hacía sentir culpable. Cristian la acostó en su cama de carruaje y yo busqué el libro de cuentos en la estantería.
—¿Cuál quieres hoy? —le pregunté.
—La de la princesa que se despertó con un beso —pidió ella, con los ojos casi cerrados.
Cristian y yo nos sentamos a ambos lados de la cama. Empecé a leer "La Bella Durmiente", pero a mitad de la historia, mi voz flaqueó por el cansancio. Cristian continuó, su voz grave y melodiosa llenando la habitación.
—"Y así, el príncipe cruzó el muro de espinas, no por gloria, sino por amor..." —leía él, pero no miraba el libro. Me miraba a mí.
Cuando Marian finalmente se quedó profundamente dormida, nos quedamos un momento en silencio, simplemente observándola. Ella era el recordatorio viviente de mi pecado y de mi fuerza.
Salimos de la habitación en silencio, pero al cerrar la puerta, Cristian me tomó del brazo, deteniéndome en el pasillo iluminado tenuemente por las luces guía.
—Miranda, espera —murmuró, acortando la distancia entre nosotros.
— Cristian, es tarde... —intenté decir, pero mi espalda ya estaba contra la pared.
—¿Hasta cuándo vamos a fingir? —su voz era un susurro cargado de frustración—. Me pediste que viniera, me pediste que traicionara a mi mejor amigo, y lo estoy haciendo. Pero no me pidas que ignore lo que siento cuando me tocas la mano o cuando me miras así.
—Tú eres su amigo, Cristian —le recordé, sintiendo mi corazón martillar contra mis costillas—. Esto es parte de un plan. No podemos... yo no puedo permitirme esto.
Él se acercó más, apoyando una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza. Su perfume, una mezcla de sándalo y éxito, me mareaba.
—¿Es parte del plan que me desees tanto como yo a ti? —preguntó, bajando la vista a mis labios.
—No sé de qué hablas —mentí, aunque mi respiración agitada me delataba.
—Eres una excelente psicóloga, Miranda, pero una pésima mentirosa conmigo —Cristian se inclinó, rozando su nariz con la mía—. Duerme bien, psicóloga. Mañana empieza tu guerra, pero recuerda que yo soy el único que está en tu trinchera por las razones correctas.
Me dejó ahí, sola en el pasillo, con el sabor de lo que no fue y el miedo de lo que podría ser. Entré en mi habitación lila y me desplacé hacia la estantería. Tomé el libro al asar El arte de ser Nosotros y lo apreté contra mi pecho.