Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.
La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.
Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.
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Capítulo 35. Sin parentesco
Renata removía despacio el café latte que tenía delante. Su mirada atravesaba el cristal de la ventana. Allá afuera, la gente iba y venía abriéndose paso por el ajetreo de la capital, sin advertir en absoluto que, tras el rostro sereno y elegante de la mujer sentada en aquel rincón de la cafetería, se estaba tramando un gran plan. Un plan para destruir las mentiras que la habían rodeado todo ese tiempo.
Tristán, sentado frente a ella, abrió una delgada carpeta negra.
—¿Ya tienes la información más reciente, Tris? —preguntó Renata en voz baja, sin apartar la vista de la calle.
—Sí, señorita. —Tristán empujó despacio la carpeta hacia Renata—. Tal como usted sospechaba. Logré rastrear varias transacciones financieras de la cuenta personal de Priscila.
Al oírlo, Renata volvió la cabeza. Tomó de inmediato la carpeta y fue abriendo hoja por hoja los documentos de movimientos bancarios que había dentro. Su ceño se fue frunciendo poco a poco.
—¿Transferencias? —preguntó, señalando una hilera de cifras marcadas con resaltador amarillo—. ¿Quieres decir que le envía dinero de forma regular?
—Sí, señorita. Transfiere dinero con regularidad a una cuenta a nombre de Tony —explicó Tristán, inclinando un poco el cuerpo—. Los montos no son demasiado grandes como para levantar sospechas en el banco, pero lo hace casi todas las semanas. El patrón es muy regular, como si fuera una mensualidad.
Renata siguió pasando las páginas siguientes con el ceño fruncido. Alzó el rostro y miró a Tristán.
—Lógicamente, si de verdad Tony fuera su primo pasando apuros, ¿por qué enviarle el dinero a escondidas, en cantidades fraccionadas como estas? ¿Por qué no pedírselo directamente a Adrián?
—Eso es exactamente lo que me hizo sospechar desde el principio. —Tristán metió la mano en el bolsillo interior del saco y sacó una fotografía impresa—. Esto lo captó la cámara de uno de mis hombres anoche. Es parte de la investigación preliminar.
Renata tomó la foto. Se veía a Tony, con ropa informal, saliendo del vestíbulo de un edificio de apartamentos que parecía bastante lujoso; no un apartamento humilde ni un cuarto de pensión barato, como contaba Priscila.
—Este apartamento es bastante caro para un desempleado cuya madre está gravemente enferma —murmuró Renata con sarcasmo—. Y bien, ¿qué hay de sus datos de identidad?
—No existe un solo documento oficial que demuestre que tengan parentesco de sangre. También intenté rastrear el árbol genealógico de Priscila, tanto por el lado paterno como por el de su madre biológica, hasta dos generaciones atrás —respondió Tristán con firmeza.
—¿Y el resultado?
—Nada. No se encontró ni un solo nombre de Tony en su familia.
Renata resopló despacio y esbozó una sonrisa tenue.
—Entonces esa mujer de verdad le mintió en la cara a Adrián.
—Eso parece, señorita. Pero aún no puedo confirmar cuál es la verdadera relación entre ellos —dijo Tristán con cautela—. Lo más probable es que ya se conocieran desde mucho antes de que Priscila entrara en la casa de usted y del señor Adrián.
Renata cerró despacio la carpeta negra, alisando el borde.
—Sigue vigilando a ese hombre, Tris. Asegúrate de que tus hombres jueguen limpio. Que Tony no se dé cuenta de que lo están siguiendo.
Tristán asintió con firmeza.
—Mis hombres ya empezaron a trabajar infiltrados en la empresa del señor Adrián. Vigilaremos cada movimiento de Tony, por pequeño que sea.
—Bien. —Renata se recostó en el respaldo de la silla, sintiéndose un poco aliviada—. Si Tony es de verdad el punto débil y la carta secreta de Priscila, entonces tarde o temprano él mismo cometerá un desliz y lo dejará todo al descubierto ante nosotros.
Tristán sonrió apenas.
—Justo como la teoría que usted planteó una vez. La gente comete los errores más fatales cuando está presa del pánico o demasiado confiada. Y estoy seguro de que ese momento llegará pronto.
Su conversación seria se interrumpió cuando un mesero se acercó a la mesa con una bandeja con dos trozos de pastel red velvet.
—Con permiso. Su pedido. Que lo disfruten —dijo el mesero con amabilidad.
—Gracias —respondió Renata con una dulce sonrisa.
Cuando el mesero se marchó, la tensión en el aire se fue disipando poco a poco, reemplazada por un ambiente mucho más relajado y cálido. Tristán acercó uno de los platos y, con el tenedor, cortó el suave pastel en dos porciones más pequeñas.
—No desayunó, ¿verdad, señorita? —soltó Tristán de repente.
Renata se sobresaltó un poco y negó con la cabeza, con una expresión de inocente culpabilidad.
—Esta mañana hubo demasiado drama en casa. No tuve tiempo.
—Ya me lo imaginaba. —Tristán deslizó el platito con el trozo de pastel hacia Renata—. Entonces coma algo dulce, aunque sea. Al menos para llenar el estómago. No vaya a ser que le vuelva la gastritis como la semana pasada.
Renata soltó una risita al ver las mañas de su asistente.
—Tris, con el tiempo te estás volviendo un regañón. ¿Eres mi asistente personal o mi nutricionista?
—Si yo no fuera regañón, ¿quién más iba a recordarle que coma? —replicó Tristán con calma, dando un sorbo a su café negro.
—Pues está Vanesa.
—La señorita Vanesa es distinta.
Renata soltó una risita, una risa fresca y desenfadada. Hacía tiempo que no reía con tanta sinceridad y tanta soltura sin tener que fingir delante de la familia de su esposo.
—¿Y en qué se diferencia? —lo picó Renata.
—Vanesa se lo recuerda como amiga. En cambio yo... —Tristán detuvo sus palabras y se volvió para mirar a Renata.
—¿Como empleado? —adivinó Renata con una sonrisa provocadora.
Tristán también sonrió.
—Sí. Como un subordinado que da la casualidad de que se preocupa.
—Pues este subordinado parece que da demasiadas órdenes a su jefa —volvió a picarlo Renata.
—Me veo obligado a hacerlo, porque mi jefa es extraordinariamente testaruda —replicó Tristán, sin querer quedarse atrás.
—Bah. —Renata resopló, fingiendo fastidio, y tomó una cucharita para empezar a llevarse el trozo de pastel a la boca.
La dulce crema de queso se derritió al instante en su lengua. Pero, sin que se diera cuenta, un poco de crema blanca se le quedó en la comisura izquierda de los labios. Unos segundos después, Tristán, que la observaba con atención desde hacía un rato, inclinó de pronto el cuerpo.
—Un momento, señorita.
—¿Mmm? ¿Qué pasa?
Sin pensarlo y como movido por puro instinto, Tristán extendió la mano derecha a través de la mesa. Su pulgar rozó suavemente la comisura de los labios de Renata, limpiando aquella mancha de crema con un gesto sumamente delicado.
—Tenía crema en los labios.
Renata se quedó petrificada al instante. La cucharita estuvo a punto de caérsele de la mano. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos que parecieron ralentizarse. La distancia entre ambos se sintió de pronto tan cercana que Renata pudo ver con claridad la profundidad de aquellos ojos negros del hombre frente a ella. Unos ojos que irradiaban calidez, protección y algo que le costaba definir.
El corazón de Renata latió de forma extraña.
—Listo, ya está limpio. —Tristán, que pareció caer en la cuenta de su atrevimiento, retiró enseguida la mano.