un romance entre un mafioso y un femboy
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EL HOMBRE QUE LO SABÍA TODO
El nombre era Lucian Moretti.
Dante se quedó mirando las letras impresas sobre el papel, como si no pudiera creer lo que sus propios ojos le decían. Aquel nombre había estado enterrado en su memoria durante más de una década, cubierto por años de silencio y decisiones que prefería no recordar.
—Lucian Moretti —repitió en voz baja, como si pronunciarlo en voz alta pudiera hacerlo desaparecer.
Adrián lo observó, notando cómo la expresión de Dante se transformaba.
—¿Lo conocías de verdad? —preguntó, acercándose lentamente.
—Sí. Conocí a Lucian cuando apenas era un muchacho, mucho antes de que todo esto empezara. Él formaba parte del círculo más cercano a Marcus. Estuvo allí cuando mi familia cayó. Estuvo allí cuando todo se rompió en pedazos.
—¿Era tu enemigo?
Dante hizo una pausa larga, sus ojos perdidos en el recuerdo.
—No. Era mi amigo. De los pocos que tenía. Era la única persona que parecía entender lo que sentía sin juzgarme. Pensaba que se había ido para siempre. Que había empezado una vida lejos de todo esto.
Aquella sola palabra —amigo— cambió completamente el peso de la situación. Lucian no era un desconocido que buscaba poder o venganza. Conocía a Dante antes de convertirse en el hombre que todos temían. Sabía qué lo hacía reír, qué lo hacía enfadarse, dónde estaban sus heridas más profundas y cómo hacerlas sangrar de nuevo. Sabía exactamente cuánto significaba Adrián para él, y eso significaba que tenía el arma más peligrosa de todas: conocía su debilidad.
Esa noche, sobre la mesa de la entrada, encontraron un sobre de papel negro sellado con cera roja. No había remitente, pero ninguno de los dos necesitó preguntar de dónde venía. Dentro no había amenazas, no había fotografías inquietantes, solo una dirección y una hora para la noche siguiente.
—Es una trampa —dijo Adrián al instante.
—Por supuesto que lo es —respondió Dante, pasando el dedo por el borde del papel—. Pero tengo que ir. Si no voy, él seguirá enviando mensajes, seguirá acechando. Esto no terminará hasta que hablemos cara a cara.
—Entonces no irás solo.
Dante levantó la mirada.
—Adrián, no sabemos qué nos espera allí. Podría ser peligroso.
—Y podrías necesitar a alguien que te mantenga con los pies en la tierra. Prometiste que no volverías a decidir todo por tu cuenta. Prometiste que lo haríamos juntos.
Dante suspiró, sabiendo que tenía razón.
—Está bien. Pero mantente cerca de mí. Y si te digo que salgas de allí, lo haces sin preguntar.
—De acuerdo.
Llegaron al lugar poco después de que el sol se ocultara por completo. Era un antiguo teatro abandonado, con la fachada cubierta de hiedra y las ventanas rotas que parecían ojos vacíos mirando hacia la nada. Al entrar, el sonido de sus pasos resonaba entre las butacas polvorientas. Entonces, una a una, las luces del escenario se encendieron, iluminando el polvo que flotaba en el aire.
En el centro del escenario estaba él.
Cabello oscuro peinado con esmero, un traje gris impecable que parecía fuera de lugar en aquel sitio en ruinas, y una sonrisa tranquila que no llegaba a sus ojos. Se veía exactamente igual que en los recuerdos de Dante, como si el tiempo no hubiera pasado por él.
—Dante —dijo, con una voz suave que recorrió toda la sala vacía—. Pensé que nunca volveríamos a vernos.
—Yo también pensé eso —respondió Dante, sin dar un paso hacia adelante—. ¿Por qué estás aquí, Lucian? Pensaba que habías desaparecido.
Lucian miró más allá de Dante, fijando sus ojos en Adrián.
—Así que él es la razón por la que lo dejaste todo. El hombre que logró que el gran Dante Valenti soltara el poder de sus propias manos. Interesante.
Dante dio un paso lateral, colocándose entre él y Adrián.
—No te acerques a él.
Lucian sonrió, pero esta vez había algo frío en aquel gesto.
—Sigues siendo igual. Siempre protegiendo a los demás, como si fueras el único capaz de cargar con todo. Pero recuerda, Dante: tu pasado no se va solo porque tú hayas decidido cambiar de página. Tu pasado todavía no ha terminado. Y cuando menos lo esperes, te recordará por quién eres en realidad.
Con eso, dio media vuelta y desapareció entre las sombras del telón, dejando tras de sí solo el eco de sus pasos y un silencio pesado que se apoderó del lugar.
CAPÍTULO 15 — CELOS
En los días siguientes, Lucian no atacó abiertamente. Eso habría sido demasiado fácil. En su lugar, eligió algo mucho más doloroso: empezó a sembrar dudas.
Llegaban sobres sin remitente con fotografías de Dante y él mismos de hace años, momentos que creía olvidados. Recortes de noticias, mensajes crípticos sobre promesas rotas y lealtades traicionadas. Y una tarde, llegó una imagen que hizo que el estómago de Dante se revolviera: una fotografía tomada esa misma mañana, donde se veía a Adrián hablando animadamente con un hombre joven en la entrada de la cafetería. Se reían juntos. El hombre le puso una mano en el hombro por un instante.
El instinto de posesión de Dante rugió dentro de él, una oleada caliente y violenta que le nubló la vista por un segundo. ¿Quién es? ¿Por qué están tan cerca? ¿Por qué no me ha mencionado nunca a él?
Pero respiró hondo. Se quedó quieto. Esperó.
Cuando Adrián llegó a casa esa tarde, con el abrigo puesto y una sonrisa que se apagó al ver la expresión de Dante sobre el sofá, él simplemente levantó la fotografía.
—¿Quién es? —preguntó, y se sorprendió de lo firme que sonó su voz. No había rabia en ella, solo una pregunta.
Adrián miró la imagen y sonrió con ternura.
—Ah, es Javier. Trabajamos juntos en la cafetería hace un tiempo. Ahora estudia aquí cerca y pasaba por casualidad. Hacía mucho que no nos veíamos.
Dante asintió, guardando la imagen.
—¿Confías en él?
—Confiaba. Sigue siendo una buena persona. No tienes de qué preocuparte.
Dante apartó la mirada, sintiendo cómo se relajaban sus hombros.
—Entonces está bien.
Adrián parpadeó, sorprendido.
—¿Eso fue todo? ¿No vas a hacerme un interrogatorio entero, preguntarme qué le dije, cuánto tiempo hablamos, por qué no te lo conté antes?
Dante negó con la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa genuina.
—Estoy aprendiendo. Aprendiendo a confiar en ti en lugar de temer lo que no conozco. No es fácil, pero lo estoy intentando.
Adrián se acercó, se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Estoy muy orgulloso de ti, Dante. De verdad. Sé lo difícil que es para ti soltar el control.
—No tienes ni idea de lo difícil que fue no salir corriendo hacia allá —admitió Dante con una media risa—. Pero sé que no es la forma correcta de hacerlo.
—Lo sé. Y aquí estoy. Siempre te lo voy a decir. Solo tienes que preguntarme.
Aquella noche, cuando Adrián ya dormía, el teléfono de Dante vibró sobre la mesita de noche. Un mensaje de un número desconocido.
«Puedes aprender a controlar tus celos, Dante. Puedes fingir que confías. Pero recuerda: no puedes controlar el pasado de nadie. Ni el tuyo… ni el de él.»
Dante apretó el teléfono con fuerza. Lucian quería que dudara. Quería que empezara a mirar a Adrián con sospecha, que cuestionara cada palabra, cada gesto. Quería romper lo que habían construido desde adentro.
Respiró profundamente y guardó el teléfono. No iba a permitir que ganara. No iba a permitir que alguien que vivía en el pasado destruyera su futuro.
Adrián se movió en la cama y abrió los ojos somnoliento.
—¿Qué ocurre? —murmuró, notando la tensión en él.
Dante se sentó a su lado y le mostró el mensaje.
—Quiere que pierda el control. Quiere que deje de confiar en ti. Quiere que nos peleemos.
—Entonces no le des lo que quiere —dijo Adrián, tomándole la mano—. No dejes que él viva en tu cabeza gratis.
Dante asintió, sintiendo cómo el miedo se disipaba, reemplazado por algo más fuerte: certeza.
—No lo haré. No voy a dejar que nadie más decida cómo nos sentimos.
Pero cuando volvió a mirar la pantalla, vio que el mensaje tenía una segunda línea que no había notado antes, escrita en letras pequeñas al final:
«Mañana sabrás algo sobre él que desearás no haber sabido. La verdad siempre sale a la luz, aunque duela.»
Dante miró a Adrián, que ya se había vuelto a dormir tranquilamente a su lado. Por primera vez en mucho tiempo, no sabía qué esperar. Y lo que era peor: no estaba seguro de si estaba preparado para escuchar la verdad, si esa verdad significaba perder lo que más amaba en el mundo.