Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.
Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.
El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.
Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.
Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.
Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.
Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.
Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.
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Capítulo 35 — Miedo a perderla otra vez
La noche en Morana se sentía silenciosa. Solo el canto de los insectos y el soplo del viento entre los árboles se dejaban oír.
Mela estaba de pie en el corredor de su casa. Tenía la mirada fija en el cielo nocturno. La luna brillaba con claridad, pero dentro de su cabeza todo era oscuridad y confusión.
Ese día, el pasado que durante tanto tiempo se había esforzado por enterrar volvió a tocarle la puerta.
Arman, Diana y su hija, Lina.
Aquellos nombres habían sido su mundo entero. Y ahora se habían convertido en la fuente de una herida que casi la destruyó.
Mela exhaló un largo suspiro.
Después de tanto tiempo, por fin había logrado sanarse poco a poco. Aprendió a reír de nuevo, a reconstruir su vida, a aceptar la realidad.
Pero ese día, todas las heridas antiguas parecían haberse reabierto a la fuerza. La traición, el dolor, las noches en que lloró completamente sola.
Y lo que más la asfixiaba era la manera en que llegaron a pedir perdón con tanta facilidad, a suplicar otra oportunidad, como si las cicatrices que le habían dejado pudieran borrarse sin más.
Mela cerró los ojos un instante. Aunque el corazón le dolía otra vez, al menos sentía alivio de saber que ya no flaqueaba.
Incluso al ver a Lina —la niña a la que más había amado en el mundo—, lo único que sintió fue un vacío en el pecho.
No era odio. Era como si el corazón se le hubiera adormecido.
Mela abrió los ojos despacio. La mirada volvió a quedársele vacía.
Sabía que nada de aquello había terminado. Aunque había logrado echarlos, no se darían por vencidos. Arman iba a regresar. Y esta vez, tenía que ser verdaderamente fuerte para enfrentar lo que viniera.
Mela respiró hondo. La mirada se le fue hacia abajo, justo cuando el ruido de una motocicleta se acercó por el camino. Sin darse cuenta, una sonrisa pequeña le asomó en los labios al ver que Dino estacionaba la moto frente a la casa y caminaba hacia ella.
—¿Por qué no te has dormido? —preguntó Dino, por decir algo.
Mela esbozó una sonrisa tenue.
—Porque sabía que ibas a venir.
Dino se quedó paralizado. El rostro se le descompuso en un gesto torpe.
—Bueno... me atrapaste.
Mela soltó una risa breve.
Dino terminó por sentarse en la silla de madera del corredor. Mela entró a la casa y, unos minutos después, regresó con dos vasos de bebida caliente y unas galletas sencillas.
—Vine para asegurarme de que Arman no te molestara otra vez —explicó Dino.
Mela ladeó la cabeza y lo observó con dulzura.
—¿Solo por eso?
Dino se quedó en silencio un momento y luego soltó una risa nerviosa.
—La verdad... no exactamente. —Bajó la vista antes de volver a buscar los ojos de Mela—. Tengo miedo.
Mela frunció ligeramente el ceño.
—¿Miedo de qué?
Dino apretó los puños con fuerza.
—Tengo miedo de que cedas y vuelvas con él.
Mela se quedó muda. Despacio, le tomó la mano.
—Eso no va a pasar.
Dino esbozó una sonrisa débil. Sabía que Mela no se dejaría convencer tan fácilmente. Pero aun así, la inquietud no terminaba de irse.
—Lo sé, pero igual tengo miedo, Mel.
Mela lo miró a los ojos.
—¿No confías en mí?
—No es eso. —Dino aspiró hondo, como si estuviera reuniendo valor. Luego le sostuvo la mirada sin apartarla—. ¡Casémonos!
Mela se quedó helada.
—Ya aceptaste mi propuesta. Y yo estoy dispuesto a esperarte hasta que estés lista. —Dino agachó la cabeza; la voz se le fue apagando—. Pero ahora... tengo miedo de perderte por segunda vez.
Mela no se movió. Aquellas palabras eran demasiado sinceras. Y precisamente por eso, el pecho se le comprimió. No era por duda ni porque no amara a Dino. Era porque aquel hombre era demasiado bueno para ella.
Desde que estaba con Dino, había vuelto a sentir la felicidad que creyó perdida. Se sentía valorada, cuidada, amada de verdad. Y más aún después de enterarse de que Dino la quería desde mucho antes; eso terminó de derribar sus defensas.
Sin embargo, su condición de mujer divorciada, su pasado, sus heridas, le hacían sentir que no merecía a Dino. Aunque tampoco soportaba la idea de perderlo.
—¡Mel! —Dino le apretó la mano con más fuerza—. ¿Por qué te quedas callada? Sí quieres, ¿verdad?
Mela bajó la cabeza.
—Dino, yo...
—¿Qué pasa? —La voz de Dino se tiñó de alarma. La mirada se le llenó de angustia—. ¿Todavía quieres a Arman?
—¡Claro que no! —respondió Mela al instante, sin vacilar.
—Entonces, ¿qué? —insistió—. ¿Es porque no tengo dinero?
Mela le cubrió la boca con la mano y negó rápidamente con la cabeza.
—No me importa si tienes dinero o no.
Dino fue relajando el gesto. Le tomó la mano y le depositó un beso suave.
—Sé que tú no eres esa clase de mujer. Pero si te gustan los hombres con dinero, yo podría...
—¡No! —Mela lo cortó de inmediato—. No me gustan los hombres ricos. Me gustas tú, tal como eres ahora —añadió.
Dino se quedó callado un instante. La sonrisa se le fue desvaneciendo del rostro, reemplazada por un nerviosismo que no lograba disimular.
—¿No te gustaría que yo fuera rico?
Mela negó con suavidad.
—No es que no me guste. Es que la vida que tuve cuando estuve casada con un hombre rico me dejó marcada —murmuró.
—Los hombres con mucho dinero tienden a buscar placer fuera del hogar.
—P-pero no todos los hombres ricos son así, Mel.
—Es verdad. —Mela lo miró de frente—. Solo me da miedo. Si fueras rico, seguro habría muchas mujeres intentando acercarse a ti, o quizás... tú mismo quisieras probar suerte.
Dino soltó una risa forzada.
—Yo no soy esa clase de hombre, Mel.
—Por eso me gustas como eres. Además, con tu negocio y el mío no nos va a faltar nada, ¿o sí?
—S-sí, tienes razón —balbuceó Dino. Los dedos, que hasta hacía un momento reposaban tranquilos, empezaron a golpetear la mesa sin que él se diera cuenta. Se le secó la garganta y una presión sorda le fue llenando el pecho.
Mela arrugó la frente, extrañada.
—¿Qué te pasa?
—N-nada, es que... e-esta noche hace bastante frío, ¿no? —dijo.
Mela asintió.
—Sí. —Hizo una pausa—. Tómate el té. Todavía está caliente.
Dino asintió. Le dio un sorbo al té y dejó el vaso de vuelta en la mesa. Después esbozó una sonrisa leve, aunque forzada. Pero detrás de esa sonrisa, los pensamientos se le enredaban sin control, imaginando todo lo que podría salir mal si Mela llegaba a descubrir la verdad.