Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 33
...Val....
Me reuní con Esteban Quiroga en una cafetería a seis cuadras del aeropuerto.
Quiroga era abogado. Cuarenta y tantos años, barba corta, ojos de gato que no parpadeaban lo suficiente. Lo contacté a través del notario Heredia, quien me dijo: "Si quiere investigar los bienes de su madre, necesita un litigante. Quiroga es el mejor que conozco."
La cafetería era pequeña y ruidosa, con música de fondo y meseros que gritaban los pedidos. Perfecta para una conversación que nadie debía escuchar.
—Señorita Mendoza —dijo Quiroga, sentándose frente a mí con un café solo—. El licenciado Heredia me adelantó su situación. Permítame ser directo.
—Por favor.
—Su madre, Elena Aranda, tenía propiedades significativas a su nombre antes del accidente. Un terreno en la zona norte de la ciudad, dos departamentos en el centro, y una cuenta de inversión considerable. Todo eso está actualmente bajo el control de su padre, Fernando Mendoza, como representante legal de la paciente.
—¿Puede hacer eso?
—Legalmente, sí. Como cónyuge y representante legal designado, tiene facultad de administrar los bienes mientras la paciente esté incapacitada. El problema es si los está administrando correctamente. O si los está usando para otros fines.
Me ardió el estómago.
—¿Cómo averiguamos eso?
—Con tiempo y acceso a los registros. Necesito actas notariales, registros de propiedad, estados de cuenta. Y necesito algo más.
—¿Qué?
Quiroga bajó la voz.
—Necesito saber si su madre dejó testamento.
La palabra me golpeó como un ladrillo. Testamento. No había pensado en eso. Mi madre tenía veintiocho años cuando me tuvo, cuarenta y cinco cuando cayó en coma. ¿Por qué una mujer de cuarenta y cinco años prepararía un testamento justo antes de un accidente?
—No lo sé —dije.
—Averigüemos. Porque si hay un testamento a nombre de Elena Aranda que designa herederos, y su padre lo está ocultando, eso cambia todo.
Le di mi número. Él me dio el suyo. Acordamos una segunda reunión la siguiente semana. Pagué los cafés y salí.
En la acera, a punto de cruzar la calle, vi una camioneta gris estacionada al otro lado. Y dentro de la camioneta, mirándome con expresión de piedra, estaba Seb.
Se me paró el corazón.
—¿Qué haces aquí? —dije, cruzando hacia él.
—Te vi salir de la torre durante tu descanso. Te seguí. —No se disculpó—. ¿Quién era ese tipo?
—Un conocido.
—Val, estabas en una cafetería con un hombre que no conozco, hablando en voz baja. ¿Quién era?
—Es un abogado.
—¿Para qué necesitas un abogado?
—Es algo personal.
—Soy tu novio. Lo personal mío también es tuyo.
—No todo.
Seb apretó las manos en el volante. Lo vi tragar la frustración como si fuera un trozo de vidrio.
—Val, cada vez que intento entrar, me cierras la puerta. ¿Sabes lo que se siente?
—No es que no quiera decirte. Es que todavía no puedo.
—¿Cuándo vas a poder?
—No lo sé.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Nos miramos. Él frustrado, yo cerrada. La distancia entre lo que sentíamos y lo que podíamos decir era un abismo que ninguno de los dos sabía cruzar.
—Me voy —dije—. Tengo turno en quince minutos.
—Val—
—Seb, confía en mí.
—Confío en ti. No confío en lo que te estás haciendo a ti misma.
Me di la vuelta. Caminé de regreso a la torre. Sentí su mirada todo el camino.
Tenía razón. Lo que me estaba haciendo a mí misma — los secretos, las investigaciones a escondidas, el estrés que me estaba cerrando la mano— me estaba destruyendo. Y no podía parar.
Porque la alternativa era no saber. Y no saber qué pasó con los bienes de mi madre, no saber si mi padre la estaba robando, no saber si había un testamento escondido en algún cajón — eso era peor que cualquier espasmo en la mano.
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Esa noche, en mi departamento, revisé los documentos que Quiroga me había mandado por correo electrónico. Registros de propiedad. Movimientos de cuentas. Fechas.
Y encontré algo.
El terreno de la zona norte — el más valioso de los bienes de mi madre— fue vendido hace ocho años. Dos años después de que mi madre cayó en coma. Vendido por Fernando Mendoza como representante legal. El comprador: una empresa llamada Inmobiliaria Altamira.
Altamira. Los socios de mi padre. Los mismos Altamira de la cena a la que mi padre quería obligarme a ir.
Mi padre vendió la propiedad más valiosa de mi madre a sus propios socios.
Le mandé un mensaje a Quiroga:
«Encontré la venta del terreno norte. Comprador: Inmobiliaria Altamira. ¿Se puede impugnar?»
Quiroga respondió en cinco minutos:
«Si la venta se hizo por debajo del valor de mercado o sin autorización judicial, sí. Necesito ver el expediente completo. Y señorita Mendoza: tenga cuidado. Si su padre se entera de que usted está investigando esto, va a moverse rápido.»
Apagué el teléfono. Me acosté en la cama. Miré el techo.
Mi padre estaba vendiendo los bienes de mi madre. Usándolos como moneda de cambio para sus negocios. Robándole a una mujer que llevaba diez años dormida sin poder defenderse.
Y yo era la única que podía detenerlo.
Mi mano derecha se contrajo sobre la sábana. La abrí con la izquierda. Los dedos volvieron a la normalidad.
Pero el miedo no.
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