Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 33
Capítulo 33
La pulsera nueva
La capilla del cuartel olía a flores baratas y a betún de botas. Cabo Rivas sudaba dentro de un uniforme que le quedaba medio número chico, y su novia —ahora esposa— llevaba un ramo de margaritas amarillas que alguien había cortado del jardín del comedor de oficiales.
Santiago se aflojó el cuello de la camisa. Valentina, a su lado, sacaba fotos con el celular.
—Deja la cámara —murmuró él.
—No es cámara. Es celular. Hay diferencia legal.
—Estás trabajando.
—Estoy documentando la felicidad ajena. Es un hobby.
Rivas besó a su esposa con torpeza militar, y el pequeño grupo de soldados aplaudió como si hubieran ganado una batalla. Santiago aplaudió también, dos palmadas secas, pero sonrió.
Era la primera vez que Valentina entraba al cuartel. Lo había visto por fuera — la cerca perimetral, la garita, los muros color arena que parecían hechos para resistir más que para agradar. Pero adentro era distinto. Adentro olía a comida institucional y a jabón de ropa, y había ropa tendida entre dos postes y un gato dormido en la sombra de un tanque estacionado.
Le recordó a Garún. No en lo físico — Garún era polvo y calor y el ruido constante de helicópteros. Pero la sensación era la misma: un lugar donde la gente vivía sabiendo que la normalidad tenía fecha de caducidad.
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El patio de armas brillaba bajo el sol de octubre. Valentina caminó junto a Santiago entre los edificios grises, observando todo con esa atención silenciosa que él conocía bien: la misma con la que miraba una zona de conflicto antes de levantar la cámara.
—Es más pequeño de lo que imaginaba —dijo ella.
—¿Qué esperabas?
—No sé. Más alambre de púas. Más drama.
—El drama está en el comedor. La sopa de los jueves.
Doblaron una esquina y casi chocaron con tres soldados que venían del gimnasio. Los tres se detuvieron en seco.
Santiago y Valentina estaban tomados de la mano.
Silencio.
El más joven —un recluta de cara redonda— abrió la boca primero.
—¡Buenos días, Doña Vale!
Los otros dos se cuadraron con una rigidez exagerada, conteniendo la risa.
—Buenos días, señora. Sargento, no sabíamos que tenía visita.
Santiago los miró sin soltar la mano de Valentina.
—Retírense.
—Sí, sargento.
Se alejaron a paso rápido. A los cinco metros, estalló la risa contenida. Uno de ellos silbó.
Valentina apretó los labios para no reírse.
—Doña Vale.
—No empieces.
—Me gusta. Tiene autoridad.
—Valentina.
—¿Qué?
—Te llamas Valentina.
Ella le soltó la mano y le dio un golpe suave en el brazo. Santiago atrapó sus dedos de nuevo y siguieron caminando.
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Al otro lado del cuartel, en la oficina del segundo piso, Capitán Duarte cerró la puerta.
Vargas estaba sentado frente al escritorio con una carpeta abierta. No levantó la vista.
—Pasó —dijo el médico.
Duarte se sentó despacio.
—¿Pasó la evaluación psicológica?
—Todas las escalas dentro de rango. Ansiedad controlada. Sin ideación intrusiva significativa. Respuestas coherentes, bien estructuradas. —Vargas pasó una página—. Demasiado bien estructuradas.
Duarte cruzó los brazos.
—Explícate.
—Herrera tiene un coeficiente intelectual de ciento treinta y ocho. Lo medimos en su ingreso, hace seis años. —Vargas cerró la carpeta—. Aprendió a manipular el test.
El silencio llenó la oficina como agua fría.
—¿Estás seguro?
—No puedo probarlo con los datos. Pero conozco el patrón. Las respuestas son perfectas, capitán. No naturales: perfectas. Nadie que sueña con una familia de cinco personas cada noche responde así de limpio.
Duarte se levantó y fue hacia la ventana. Desde ahí podía ver el patio. Santiago cruzaba el espacio abierto con Valentina a su lado. Caminaban despacio, como gente normal. Como gente que no carga muertos en la cabeza.
—¿Qué recomiendas?
—Que no vuelva a zona de combate.
—Ya tiene la autorización médica. Tú firmaste la evaluación anterior.
—Y me equivoqué. —Vargas no esquivó la mirada—. Debí haber sido más agresivo con las pruebas proyectivas. Herrera identificó el patrón de respuestas esperadas y lo reprodujo. Sabe exactamente qué quiere escuchar el evaluador.
Duarte apretó la mandíbula.
—No lo dejaré ir a Levante.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Retenerlo con qué argumento? Pasó todas las pruebas. Tiene alta médica. La autorización de servicio activo ya está firmada.
—Puedo reasignarlo.
—¿A dónde? ¿A un escritorio? —Vargas negó con la cabeza—. Lo conoces mejor que yo. Se va a pudrir detrás de un escritorio y va a terminar peor. Un hombre como Herrera no sabe existir fuera del campo.
—Entonces, ¿qué propones?
Vargas se recargó en la silla.
—Pasó la simulación táctica la semana pasada. Sin errores. Reflejos intactos, toma de decisiones impecable bajo presión. Físicamente está listo. —Hizo una pausa—. Si pasó la simulación, el combate real es lo siguiente. ¿Puedes encerrarlo para siempre?
Duarte no respondió.
Abajo, en el patio, Santiago le decía algo a Valentina y ella se reía. El sonido llegó amortiguado por el vidrio, pero Duarte lo reconoció. Era risa de verdad.
—No —dijo finalmente—. No puedo.
Vargas asintió como quien confirma un diagnóstico que ya sabía.
—Entonces prepáralo lo mejor que puedas. Y reza.
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La fiesta de Rivas terminó pasadas las diez. Alguien había conseguido tres botellas de tequila y una bocina portátil que sonaba a lata. Los soldados bailaron en el estacionamiento mientras las esposas y novias formaban un círculo aparte, riéndose de ellos.
Santiago bebió más de lo que debía.
Valentina lo supo por cómo se recargaba en ella al caminar hacia el coche, por el peso extra en cada paso, por la forma en que sus dedos buscaban los de ella con más urgencia que de costumbre.
—Estás borracho.
—Estoy contento.
—Estás borracho y contento. No son excluyentes.
Lo guio hasta el asiento del copiloto. Él se dejó caer con un suspiro largo. Valentina le abrochó el cinturón como si fuera un niño, y Santiago la miró desde abajo con los ojos brillantes.
—Rivas se veía feliz —dijo.
—Todos se veían felices.
—Tú también.
Valentina encendió el coche.
—Yo también.
Manejó en silencio por las calles vacías. Santiago recargó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. Ella pensó que se había dormido, pero cuando detuvo el coche frente al edificio, él habló con voz clara.
—¿Trajiste algo en la bolsa?
Valentina lo miró.
—¿Cómo sabes?
—Llevas toda la noche tocándote el bolsillo izquierdo. Lo haces cuando escondes algo.
Ella apagó el motor. Sacó del bolsillo de la chaqueta un pequeño envoltorio de papel de seda. Lo abrió sobre su palma.
Era una pulsera. Hilo rojo, tejido a mano, con un nudo simple en el centro.
Santiago la miró sin moverse.
—Te prometí una nueva —dijo Valentina—. En aquel hospital, ¿te acuerdas? La otra se rompió y te dije que te conseguiría otra.
—Me acuerdo.
—Pues ya. —Le tomó la muñeca izquierda y le pasó el hilo alrededor. Sus dedos trabajaron el nudo con cuidado—. Úsala y siempre estarás a salvo.
Santiago observó la pulsera terminada contra su piel. El rojo era intenso, nuevo, sin el desgaste de la anterior. Sin la historia.
Pero los dedos de Valentina seguían sobre su muñeca.
—La seguridad viene del hilo —dijo él.
Valentina levantó la vista.
—¿Y el amor?
—El amor viene de ti.
Ella no respondió. Le sostuvo la muñeca un momento más, los dedos sobre el pulso, sintiendo los latidos. Después se inclinó y lo besó despacio, con sabor a tequila y a promesas que ninguno de los dos sabía si podría cumplir.
Arriba, en el departamento oscuro, el teléfono de Santiago parpadeó con un mensaje sin leer.
Remitente: Capitán Duarte.
Asunto: Reasignación — Operación Levante.
Y en la muñeca de Santiago, el hilo rojo brillaba como una herida fresca.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.