Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 33
Pronunció aquellas palabras en un tono casi inaudible. Aun así, Valeria percibió el peso del arrepentimiento que su esposo había cargado durante tanto tiempo. Bajó la vista hacia su propia pierna izquierda y esbozó una sonrisa leve.
—Yo nunca te he culpado, Sebastián.
Sebastián alzó la cabeza.
Valeria lo miró con una serenidad profunda en los ojos.
—Los dos fuimos víctimas. No fuiste tú quien me atropelló. Tampoco fuiste tú quien dejó mi pierna así. —Hizo una pausa—. El culpable de todo fue aquel criminal.
Sebastián exhaló despacio.
—Aun así. Si no hubiera sido por mí...
Valeria negó con suavidad.
—Si en aquel momento yo hubiera decidido quedarme quieta, quizá ahora tú ya no estarías aquí.
Aquella frase sencilla hizo que Sebastián enmudeciera.
Valeria sonrió apenas.
—Por eso, a mi modo de verlo, Dios intercambió una cosa por otra. Tú sigues vivo. Yo también, aunque esta pierna ya no sea perfecta.
Se dio unas palmaditas suaves en la rodilla izquierda.
—Pero todavía puedo caminar. Todavía puedo trabajar. Todavía puedo reír. Todavía puedo estar contigo.
La sonrisa de Valeria se ensanchó.
—Así que no me arrepiento.
Durante unos instantes, Sebastián se limitó a contemplar el rostro de su esposa. No lograba comprender cómo la mujer que tenía delante podía albergar un corazón tan generoso. Desde el primer día en que se conocieron, Valeria no lo había culpado ni una sola vez. Jamás le exigió nada. Nunca sacó a relucir su sacrificio. Lo único que hacía era aceptar las circunstancias con entereza.
—Gracias —pronunció Sebastián en voz baja.
Valeria soltó una risita.
—¿Y ahora por qué me das las gracias?
—Porque no me odias —respondió él con expresión solemne.
Valeria negó con la cabeza sin borrar la sonrisa.
—¿Para qué te iba a odiar?
—Vivir guardando odio es agotador —añadió.
La respuesta, tan llana, arrancó de Sebastián una risa involuntaria.
—¿Esa es tu razón?
—Sí.
Valeria asintió con firmeza.
—Si una se la pasa odiando, envejece más rápido.
Sebastián la observó unos segundos.
—¿Y entonces?
—Yo prefiero conservarme joven.
Sebastián terminó por reír de verdad. La risa fue queda, pero completamente libre.
Valeria sonrió satisfecha.
—¿Ves? Te queda mejor sonreír seguido.
—¿Por qué dices eso?
—Porque cuando sonríes... —Valeria estudió el rostro de su esposo un buen rato—. Te ves más guapo.
En cuanto las palabras salieron de su boca, Valeria se quedó atónita consigo misma. ¿Cómo se le había ocurrido decir eso?
Las mejillas se le encendieron al instante.
—Y-yo... —Se apresuró a darle un sorbo al té para disimular la vergüenza.
Sebastián, por su parte, también perdió la compostura. Carraspeó y se pasó la mano por la nuca.
—Gracias.
Los dos acabaron con la cabeza gacha. Igual de avergonzados. Ninguno se atrevía a mirar al otro.
Aquel silencio, lejos de resultar incómodo, volvió el ambiente aún más cálido. Pasados unos momentos, Sebastián retomó la conversación.
—Valeria.
—¿Sí?
—En realidad sigo investigando aquel accidente.
Valeria volvió a fijar la vista en su esposo. Asintió despacio; ya había oído antes esa sospecha.
Sebastián estaba convencido de que lo ocurrido no fue un accidente cualquiera. Quien lo atropelló tuvo la intención deliberada de hacerle daño, o incluso de matarlo.
—Pero... —Sebastián dejó escapar un suspiro largo—. Como ya pasaron más de diez años, muchas pruebas se perdieron. Y las personas que presenciaron los hechos son difíciles de localizar.
Valeria también guardó silencio. Intentó rememorar el suceso, que hasta ahora solo aparecía en su mente como fragmentos dispersos. Poco a poco, la frente se le arrugó.
—Sebastián.
—¿Hm? —Él la miró.
—Creo que recuerdo algo.
Sebastián giró la cabeza de inmediato.
—¿Qué cosa?
—Cuando aquel auto te embistió, alcancé a ver al conductor.
La expresión de Sebastián se tornó grave.
—¿Recuerdas su cara?
Valeria negó con suavidad.
—No con claridad. Todo pasó demasiado rápido. Pero recuerdo sus manos.
—¿Sus manos?
Valeria cerró los ojos, esforzándose por escarbar más hondo en la memoria.
—Llevaba muchos anillos en los dedos de ambas manos.
Sebastián grabó cada palabra al instante.
—¿Qué más?
Valeria volvió a cerrar los ojos. Tras unos segundos, los abrió.
—También tengo la impresión de que era zurdo.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque... —Valeria levantó la mano izquierda y reprodujo el gesto de alguien sujetando un volante—. En ese momento tenía un cigarrillo entre los dedos de la mano izquierda. Y esa misma mano era la que sostenía el volante.
Los ojos de Sebastián se abrieron de par en par. La información parecía simple, pero podía convertirse en una pista crucial. Se reclinó contra el respaldo de la silla, pensando con intensidad.
—Eso es todo lo que logro recordar —dijo Valeria.
Sebastián contempló el mar oscuro que se extendía ante ellos. Aunque la pista no bastaba para identificar al responsable, al menos ahora contaba con un dato nuevo que nadie había conocido hasta entonces.
Mientras tanto, lejos de la villa, en el interior de un despacho en penumbras, un hombre de mediana edad hacía girar un anillo grueso en su dedo izquierdo mientras observaba una fotografía de Sebastián que yacía sobre el escritorio.
Despacio, la comisura de sus labios se curvó en una sonrisa fría.
—Creí que todo había terminado. Resulta que ha empezado a hurgar en lo que pasó hace trece años.
Acto seguido, tomó un teléfono.
—Rastreen a Sebastián. Que no descubra nada.
La línea se cortó.
Sin que Sebastián ni Valeria lo supieran, alguien que durante años se había ocultado entre las sombras comenzaba a moverse de nuevo.