Nikolai Ivánov es un hombre forjado en el dolor, de ojos duros y manos de hierro. No tolera mentiras y aprendió desde joven que el amor es la mayor debilidad del ser humano.
Envuelto en un frío implacable y pasos calculados, vio en una alianza de sangre solo poder… y cree que nada puede romper su control sobre el mundo.
Helena Lombardi, adelantada a su tiempo, cree en el amor con la misma intensidad con la que vive su libertad. Cada gesto suyo rebosa coraje y determinación, desafiando todo lo que Nikolai considera inquebrantable.
Cuando dos mundos tan opuestos chocan, las certezas se transforman en dudas, y los deseos que antes parecían imposibles irrumpen como una tormenta. Entre dolor y entrega, pasión y desafío, alguien tendrá que ceder…
Pero nadie saldrá ileso.
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Capítulo 32
Helena
Sigo con el corazón oprimido, cada latido pesado como si fuera a aplastar mi pecho. El bebé dentro de mí se mueve agitado, como si también sintiera el peso de todo lo que ha pasado, como si supiera de la confusión de emociones que me consume.
Voy sola a casa, pasos lentos, arrastrados, necesitando de cada segundo de silencio. Necesito estar sola, lejos de todos, lejos de miradas que solo refuerzan el dolor.
Me acuesto en la cama, dejándome hundir en las sábanas, y las lágrimas empiezan a caer sin aviso, sin piedad. Cada sollozo es un grito silencioso que nadie oye. Ver a Nikolai… fue más difícil de lo que imaginé. Doló más que cualquier cosa que ya he sentido. Doló en el alma, doló en el cuerpo, doló en mi razón y en mi corazón.
Mi celular vibra de repente, y el sonido hace que mi pecho salte. Miro, y veo que es un mensaje de él. Mi corazón se dispara, casi saliendo por la boca, y una mezcla de miedo, rabia, añoranza y esperanza me invade. Cada segundo mirando la pantalla parece durar una eternidad, y siento, de nuevo, que todo dentro de mí está a flor de piel.
No respondo.
Le doy la espalda al celular, cerrando los ojos, intentando ahogar la tempestad dentro de mí y dormir. Pero la noche es larga, y el silencio no trae consuelo.
Al día siguiente, me despierto con el sonido de la lluvia golpeando contra la ventana. El cielo gris refleja mi humor, pesado, cargado, y me quedo mirando las gotas escurrirse, intentando organizar los pensamientos que no paran de girar.
Mi madre entra en el cuarto, silenciosa, pero con la sensibilidad de siempre. Me abraza, firme, y pregunta:
—¿Estás bien, hija?
Esta vez, no consigo mentir. La voz sale trémula, débil, cargada de todo lo que siento:
—No… no estoy bien. — Un sollozo escapa antes de que consiga controlar. — Extraño a Nikolai.
Mi madre me aprieta más, envolviéndome en sus brazos, acariciando mis cabellos con delicadeza.
—Lo sé, hija… lo sé — dice, con la voz suave, pero llena de comprensión. — En el embarazo nos volvemos más vulnerables. Te entiendo.
Me siento allí, en los brazos de ella, dejando que la lluvia y el calor del abrazo me envuelvan, y por un instante, siento que no estoy completamente sola en la tempestad que se pasa dentro de mí.
Aprovecho el momento, aún acurrucada en los brazos de mi madre, y tomo el celular. Muestro el mensaje de él, cada palabra, cada puntuación, como si yo necesitara dividir el peso que siento con alguien que me entiende.
Mi madre lee, frunciendo un poco la frente, pero sin decir nada en el primer instante. Después suelta un suspiro, y comenta con la voz calma, pero firme:
—Dentro de dos días tienes consulta… ¿vas a avisarle?
Siento el corazón acelerarse solo de pensar en escribir o hablar con él. Respiro hondo, intentando organizar los pensamientos, y respondo, vacilante:
—Aún no sé…
Mi madre aprieta mis hombros levemente, mirándome a los ojos, comprendiendo más de lo que cualquier palabra podría expresar. Y yo me quedo allí, parada, entre el miedo de hablar, el deseo de oír y el peso de cada sentimiento que aún no sé cómo manejar.
A la hora del almuerzo, estamos en la sala, solo nosotras mujeres, intentando aprovechar un poco de calma. La gobernanta entra de repente, trayendo un ramo de flores. El arreglo es grande, colorido, casi exagerado, y causa un pequeño alboroto entre mi madre y Natalia. Ellas se inclinan, curiosas, disputando para ver quién agarra primero.
Yo solo río, encontrando gracia en la situación, sintiendo un poco de ligereza que hacía tiempo no sentía.
De repente, Natalia suelta una risotada alta, casi escandalosa, y dice, divertida:
—¡No es mío ni tuyo!
Ella sostiene la tarjeta que acompaña las flores, mostrándome con una sonrisa traviesa:
—¡Es para ti, Helena!
Me quedo completamente sin reacción. Por algunos segundos, parece que el mundo se para y solo existe el ramo en mis manos. Natalia me entrega la tarjeta con cuidado, como si supiera que allí dentro hay algo frágil de más.
Abro despacio. Mis ojos recorren las palabras y, antes incluso de terminar la lectura, el nudo se forma en mi garganta.
“Sé que ninguna flor, ningún regalo va a conseguir arreglar el estrago que he hecho en tu corazón. Pero voy a morir intentándolo, todos los días que yo esté aquí. Aún estoy en Italia.”
Siento las lágrimas llenar mis ojos. Sostengo la tarjeta con fuerza, como si ella pudiera escaparse de mí. Mi pecho aprieta, duele, pero es un dolor diferente… mezclado con añoranza, con amor, con todo aquello que yo vengo intentando enterrar.
Mi mano va automáticamente hasta la barriga. El bebé se mueve levemente, como si sintiera la confusión dentro de mí. Respiro hondo, intentando recomponerme, pero es imposible no acordarme de la mirada de Nikolai, de la voz de él, de la presencia que aún me atraviesa entera.
Mi madre me observa en silencio. Natalia entiende todo sin que yo diga una palabra.
Y yo me quedo allí, parada, con flores en las manos, el corazón en pedazos… y la certeza cruel de que, a pesar de todo, él aún vive en mí.
Dejo las flores en mi cuarto, cuidadosamente al lado de la tarjeta, como si necesitaran quedarse allí, atestiguando todo lo que está por venir. Me alejo un poco, aún con el corazón oprimido, pero intentando encontrar algún equilibrio.
Bajo para la sala y me siento al piano. Los dedos tocan las teclas despacio, como si cada nota pudiera aliviar un poco de la tensión que siento. Salvatore corre hasta mí, con la sonrisa abierta, los ojos brillando de expectativa.
—¡Toca para mí, tía! — pide él, saltando animado a mi lado.
Ya es de noche cuando me siento en la cama, la casa silenciosa a mi alrededor. El corazón aún late fuerte, una mezcla de añoranza y ansiedad que no me deja en paz. Tomo el celular, las manos levemente trémulas,
y digito un mensaje corto, directo, sin espacio para malentendidos.
“Tengo consulta mañana a las 11h.”
Envío, sostengo el aparato por algunos segundos, sintiendo el pecho oprimido, y entonces lo dejo al lado. No espero nada, no quiero crear expectativa, pero al mismo tiempo, no consigo evitar que una punta de esperanza crezca dentro de mí.
El cuarto está oscuro, apenas la luz suave de la pantalla del celular iluminando mi rostro. Cierro los ojos por un instante, respirando hondo, intentando calmar la tempestad de sentimientos que me consume. A pesar de todo, saber que él está allí, aunque distante, compartiendo el cuidado por nuestro hijo, trae una tenue sensación de paz que yo no sentía hacía días.