Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 10
Tokio
Unos días más tarde.
El sonido de los golpes resonaba por todo el templo.
Misaki permanecía de pie al borde de la zona de entrenamiento, con las manos detrás de la espalda.
Observaba.
Nada más.
Y aun así, ninguno de los hombres que entrenaba frente a ella se permitía bajar la guardia.
Uno cayó.
El otro respiró profundamente y retrocedió.
—Otra vez.
Los dos hombres la miraron.
—Señorita Kuroda, llevamos casi dos horas.
Misaki inclinó apenas la cabeza.
—¿Y?
El hombre guardó silencio.
—¿Pensás decirle eso al hombre que entre a tu casa para matar a tu familia?
—No.
—Entonces levantate.
El que estaba en el suelo obedeció inmediatamente.
Misaki caminó lentamente alrededor de ellos.
—Están cansados. Tienen hambre. Les duelen los brazos.
Se detuvo.
—No me importa.
Ninguno habló.
—Si no pueden defenderse cansados, no sirven. Si no pueden pelear heridos, no sirven. Y si necesitan que el enemigo espere hasta que estén preparados...
Su mirada recorrió a todos.
—Son una vergüenza.
Los dos hombres volvieron a colocarse en posición.
—Otra vez.
Comenzaron.
Misaki observó el primer intercambio.
—Más rápido.
Uno atacó.
—Otra vez.
El otro bloqueó.
—Más fuerte.
Golpe.
Bloqueo.
Caída.
—Otra vez.
Nadie volvió a pedir descanso.
—Señorita Kuroda.
Misaki reconoció la voz.
Hiroshi Kagawa.
Su hombre de confianza.
Su segundo al mando.
Se acercó y se detuvo a una distancia prudente.
—Tenemos un problema en el puerto.
Misaki no apartó los ojos del entrenamiento.
—Habla.
—Encontramos a los hombres que intentaron robarnos.
Ahora sí lo miró.
—¿Dónde?
—Un hotel en las afueras de Tokio.
—¿Quién dio la orden?
—Wei Zhang.
Misaki permaneció en silencio.
Hiroshi continuó:
—Tenemos confirmación de que está ahí.
—¿Cuántos hombres?
—Entre quince y veinte.
—¿Armados?
—Sí.
Misaki miró nuevamente el entrenamiento.
—Prepara cuatro camionetas.
Hiroshi asintió.
—Puedo ocuparme yo.
Misaki giró la cabeza.
Lo miró.
Nada más.
Hiroshi comprendió inmediatamente.
Bajó ligeramente la cabeza.
—Prepararé todo.
Misaki volvió a mirar a los hombres.
—Hiroshi.
Él se detuvo.
—Quiero vivo al hombre que dio la orden.
—Entendido.
—A los demás...
Misaki observó cómo uno de sus hombres derribaba al otro.
—No me importa.
Cuatro camionetas negras atravesaron Tokio.
Misaki viajaba en la segunda.
Vestía completamente de negro.
La katana descansaba sobre sus piernas.
Hiroshi estaba sentado frente a ella.
—Dieciocho confirmados.
Misaki pasó lentamente el pulgar por la vaina.
—¿Salidas?
—Dos principales. Una de servicio.
—Bloquéenlas.
—Ya está hecho.
Misaki levantó los ojos.
—¿Cámaras?
—Desactivadas.
—Policía.
—Tenemos veinte minutos antes de que alguien haga preguntas.
Misaki asintió.
—Nos sobran diez.
Hiroshi la observó.
No había nervios.
No había adrenalina visible.
Nada.
Como si estuvieran camino a una reunión.
La camioneta se detuvo.
Misaki tomó la katana.
—Vamos.
El primer hombre cayó antes de poder avisar que habían llegado.
El segundo alcanzó a verlos entrar.
—¡Kuroda!
Ese grito recorrió el vestíbulo.
Misaki entró detrás de sus hombres.
No llevaba el rostro cubierto.
Los demás sí.
Uno de los hombres de Wei la reconoció.
Y palideció.
—Mierda...
Misaki lo miró.
—Por fin alguien inteligente.
El hombre levantó el arma.
No llegó a disparar.
Misaki desenvainó la katana.
Un movimiento.
El arma cayó.
Otro.
El hombre también.
Los disparos comenzaron.
Los Kuroda se dispersaron.
Misaki avanzó.
No retrocedió.
No buscó cobertura.
Un hombre apareció desde la derecha.
Ella esquivó el disparo, cerró la distancia y lo derribó antes de que pudiera volver a apuntar.
Otro intentó atacarla desde atrás.
Misaki giró.
Bloqueó el cuchillo.
Le torció la muñeca.
El hombre gritó.
Misaki no cambió de expresión.
Lo derribó y siguió caminando.
—Primer piso —dijo Hiroshi.
Misaki miró las escaleras.
—Arriba.
En el segundo piso los esperaban.
Seis hombres.
Armados.
Misaki salió primero.
—¡Fuego!
Los disparos atravesaron el pasillo.
Los Kuroda buscaron cobertura.
Misaki observó.
Esperó.
Contó.
Uno.
Dos.
Tres.
La ráfaga se detuvo.
—Ahora.
Avanzó.
Un hombre apareció.
Misaki lo derribó.
El siguiente intentó sujetarla.
Ella golpeó primero.
Rodilla.
Codo.
Katana.
Cayó.
El tercero retrocedió al verla.
Ese segundo de miedo lo condenó.
Misaki siguió avanzando.
Detrás de ella, sus hombres terminaban lo que ella dejaba a su paso.
Hiroshi alcanzó su posición.
—Quedan tres.
—Dos.
Hiroshi miró hacia adelante.
Un cuerpo cayó desde una puerta lateral.
Misaki ni siquiera lo miró.
—Ahora uno.
Hiroshi permaneció en silencio.
Había trabajado con ella durante años.
Y aun así había momentos en los que entendía perfectamente por qué algunos hombres evitaban incluso pronunciar su nombre.
El último hombre del piso salió de una habitación.
Vio a Misaki.
Se quedó quieto.
La katana estaba manchada.
También una parte de su rostro.
—No...
Misaki caminó hacia él.
El hombre retrocedió.
—Esperá.
Ella continuó.
—Yo no tuve nada que ver.
—Entonces elegiste mal el hotel.
—Por favor.
Misaki se detuvo frente a él.
—¿Sabés cuál fue el error de Wei?
El hombre negó con la cabeza.
—Pensó que robarle a los Kuroda era un negocio.
La hoja descendió.
Misaki siguió caminando.
Tercer piso.
Cuarto.
Cada nivel ofreció menos resistencia que el anterior.
No porque hubiera menos hombres.
Porque el rumor avanzaba más rápido que Misaki.
Ella estaba ahí.
No un grupo enviado por Takeshi.
No Hiroshi.
No simples soldados Kuroda.
Misaki.
La Katana de la Yakuza.
En el cuarto piso, dos hombres abandonaron sus armas apenas la vieron.
Misaki se detuvo.
—¿Dónde está Wei?
Uno señaló hacia arriba.
—Quinto.
—¿Cuántos?
—Cuatro con él.
Misaki lo observó.
—Gracias.
El hombre soltó el aire.
Entonces Misaki miró a Hiroshi.
No necesitó decir nada.
Continuó hacia las escaleras.
Detrás de ella se escucharon dos golpes secos.
Nunca miró hacia atrás.
Cuando llegó al quinto piso, había sangre sobre su ropa.
Ninguna era suya.
Hiroshi caminaba varios pasos detrás.
Los demás mantenían distancia.
No por miedo a que Misaki los atacara.
Por respeto a la mujer que acababa de abrirse paso por cuatro pisos sin necesitar que nadie la protegiera.
Llegaron a la última habitación.
Misaki levantó una mano.
Todos se detuvieron.
Ella abrió la puerta.
Entró sola.
Wei Zhang estaba junto a la ventana.
Cuatro hombres lo rodeaban.
Todos levantaron sus armas.
Misaki observó cada una.
Después lo miró a él.
—Wei Zhang.
El hombre intentó mantener la compostura.
—Misaki Kuroda.
—Me conocés.
—Todo Tokio te conoce.
Misaki inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces esto es todavía más decepcionante.
Wei frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Que hayas sido tan estúpido.
Uno de sus hombres avanzó.
—Cuidado con cómo hablás.
Wei levantó una mano.
—No.
Misaki miró al hombre.
—Dejalo.
Wei intentó sonreír.
—Viniste hasta acá por unos contenedores.
—No.
Misaki avanzó.
Los cuatro hombres levantaron sus armas.
Ella ni siquiera los miró.
—Vine porque intentaste robarle a mi familia.
—Puedo devolverte el doble.
—No entendiste.
Otro paso.
—No me importa lo que había dentro.
—Entonces ¿qué querés?
Misaki se detuvo.
—Que nadie vuelva a intentarlo.
Wei sonrió.
—¿Y pensás conseguirlo matando gente?
Misaki miró alrededor.
Después volvió a mirarlo.
—Está funcionando.
La sonrisa desapareció.
Uno de los hombres atacó.
Misaki se movió primero.
El disparo falló.
La katana no.
El segundo intentó alcanzarla desde el costado.
Misaki bloqueó el arma con la hoja, golpeó su garganta con el antebrazo y lo lanzó contra una mesa.
El tercero disparó.
Misaki se desplazó.
Hiroshi apareció en la puerta.
Ella levantó una mano.
No.
Hiroshi se detuvo.
Misaki no necesitaba ayuda.
El hombre volvió a disparar.
Falló.
Misaki llegó hasta él.
Lo derribó.
El cuarto miró a Wei.
Después a Misaki.
Después a los tres hombres en el suelo.
Dejó caer el arma.
Misaki lo observó.
—Inteligente.
El hombre levantó las manos.
—Yo no...
Misaki lo atacó antes de que terminara.
Wei quedó solo.
Retrocedió hasta que su espalda chocó contra la ventana.
—Estás loca.
Misaki avanzó hacia él.
—No.
La punta de la katana se detuvo frente a su garganta.
—Sé perfectamente lo que estoy haciendo.
Wei respiraba con dificultad.
—Puedo pagarte. El doble. El triple de lo que había en esos contenedores.
Misaki lo observó en silencio.
—Seguís sin entender.
—Entonces explicámelo.
—No se trata de lo que intentaste llevarte.
Bajó lentamente la katana.
—Se trata de que creíste que podías hacerlo.
Wei miró la hoja.
—Fue un error.
—No. Un error es equivocarse de contenedor. Vos averiguaste nuestros horarios, compraste trabajadores del puerto y mandaste hombres a robar nuestra mercancía.
Otro paso.
—Eso fue una decisión.
Wei tragó saliva.
—Y las decisiones tienen consecuencias.
Misaki miró a Hiroshi.
—Traelo.
Dos hombres sujetaron a Wei y lo obligaron a acercarse a una mesa.
—¿Qué vas a hacer?
Misaki no respondió.
Wei comenzó a forcejear.
—¡Esperá! ¡Misaki!
Ella dejó la katana sobre la mesa.
Hiroshi comprendió antes que nadie.
Y apartó la mirada apenas un instante.
Wei también lo entendió.
—No.
Misaki tomó su muñeca.
—¿Con qué mano?
Wei la miró sin comprender.
—¿Qué?
—¿Con qué mano firmaste la orden para robarnos?
El hombre palideció.
—Misaki...
—¿Esta?
Levantó su mano derecha.
Wei intentó liberarse.
—¡Esperá! ¡Podemos arreglar esto!
Misaki lo miró directamente a los ojos.
—Ya lo estoy arreglando.
El movimiento fue rápido.
Un solo golpe de la katana.
Wei gritó.
Su mano cayó sobre la mesa.
Los hombres que quedaban en la habitación permanecieron completamente inmóviles.
Misaki no.
Ni siquiera parpadeó.
Wei cayó de rodillas, apretándose la muñeca mientras uno de los Kuroda se acercaba para detener la hemorragia.
Misaki limpió tranquilamente la hoja.
—Que no se muera.
Hiroshi asintió.
—No se morirá.
Wei levantó hacia ella un rostro desencajado.
—Sos una demente.
Misaki guardó la katana.
—Y vos sos un ladrón.
Se agachó frente a él.
—Ahora vas a volver con los tuyos.
Wei respiraba entrecortadamente.
—Vas a contarles lo que pasó en este hotel.
Misaki señaló con la mirada la mano que había quedado sobre la mesa.
—Y cada vez que alguien te pregunte qué te pasó...
Se inclinó un poco más.
Su voz fue baja.
Fría.
—Vas a decirles que intentaste robarle a los Kuroda.
Wei la miró con odio.
Misaki no pareció impresionada.
—Podría matarte.
Se puso de pie.
—Pero dentro de una semana nadie recordaría tu cadáver.
Miró su muñeca vendada.
—Eso lo vas a recordar todos los días.
Después miró a Hiroshi.
—Que vuelva con los suyos.
—Sí, señorita Kuroda.
Misaki comenzó a caminar hacia la puerta.
—Ah, Wei.
El hombre levantó la cabeza.
Ella lo miró por encima del hombro.
—La próxima vez que quieras tocar algo que pertenece a mi familia...
Sus ojos descendieron hacia la mano sobre la mesa.
—Acordate de lo que te costó la primera vez.
Y salió.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/