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Asado, Mate Y Destino

Asado, Mate Y Destino

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Romance / Yaoi
Popularitas:2.6k
Nilai: 5
nombre de autor: nuestros sueños

Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se

NovelToon tiene autorización de nuestros sueños para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: El pueblo y el baile

El domingo amaneció con un cielo completamente despejado.

Valentín seguía dormido cuando escuchó tres golpes secos en la puerta.

—¡Porteño! ¡Arriba!

Abrió un ojo.

—¿Otra vez vos?

—Sí.

—¿No conocés el significado de "descansar"?

—Acá se descansa cuando termina el día.

Valentín se dejó caer otra vez sobre la almohada.

—Extraño mi cama.

—Dormiste en una cama.

—Extraño mi departamento.

Tomás soltó una risa.

—Vestite. Hoy vamos al pueblo.

Valentín se incorporó de golpe.

—¿Hay señal?

—Sí.

—¡Al fin!

—Pero primero vamos a la feria.

La sonrisa del omega desapareció.

—¿No podemos ir directo donde haya Wi-Fi?

—No.

—Qué mala persona sos.

—Me lo dicen seguido.

Una hora después, la vieja camioneta avanzaba por un camino de tierra.

Tomás manejaba con una mano sobre el volante mientras tarareaba una chacarera que sonaba bajito en la radio.

Valentín miraba por la ventanilla.

—Che...

—¿Qué?

—¿Siempre saludan todos?

Desde que habían salido de la estancia, cada vehículo que pasaba tocaba bocina o levantaba la mano.

—Sí.

—Qué raro.

—¿En Buenos Aires no hacen eso?

Valentín se rio.

—En Buenos Aires, si saludás a un desconocido, capaz piensa que le querés vender algo.

Tomás soltó una carcajada.

—Qué ciudad complicada.

—Y ustedes hablan con cualquiera.

—Acá nos conocemos todos.

El pueblo era pequeño, pero muy pintoresco.

Había una plaza con un enorme ombú en el centro, una iglesia antigua, una panadería que perfumaba toda la cuadra y varios negocios con carteles de madera.

—¡Tomás!

Un hombre mayor levantó la mano desde la verdulería.

—¿Cómo anda, Don Emilio?

—Bien, hijo. ¿Y ese muchacho?

Tomás señaló a Valentín.

—Es el nieto de Don Ernesto.

Los ojos del hombre se agrandaron.

—¡Mirá vos! ¡Qué parecido al abuelo!

Valentín sonrió con timidez.

Durante la siguiente hora ocurrió exactamente lo mismo.

En la carnicería.

En la panadería.

En la ferretería.

Todos querían conocer al nieto de Don Ernesto.

—¿Siempre es así? —preguntó Valentín cuando salieron de un almacén.

—Sí.

—Me siento famoso.

—Acostumbrate.

Mientras caminaban por la plaza, un aroma dulce llegó hasta Valentín.

Giró la cabeza.

—¿Eso qué es?

Tomás sonrió.

—Tortas fritas.

—Huelen increíble.

—Vamos.

Una señora las preparaba en un puesto junto con pastelitos y churros.

—Tomi, tanto tiempo.

—¿Cómo anda, Doña Elvira?

—Muy bien.

La mujer miró a Valentín.

—¡Ay, pero qué omega más lindo!

Valentín casi se atragantó con su propia saliva.

—Ehhh... gracias.

Tomás carraspeó incómodo.

—Deme media docena de tortas fritas.

La mujer sonrió con picardía.

—¿Van a compartir?

—No.

Respondieron los dos al mismo tiempo.

Ella soltó una risita.

—Ajá...

Tomás pagó rápidamente.

—Vamos.

Cuando ya estaban lejos, Valentín habló.

—¿Por qué todos sonríen así cuando nos ven juntos?

Tomás evitó mirarlo.

—Porque en el pueblo les gusta inventar chismes.

—Ah...

Aunque esa respuesta no terminó de convencerlo.

Por la tarde comenzó la feria tradicional.

Había artesanos, puestos de comida, músicos y familias enteras caminando entre los colores de las banderas argentinas.

Un grupo tocaba folklore en un pequeño escenario.

Más adelante, varias parejas bailaban chacarera.

Valentín observaba todo con curiosidad.

—Nunca había estado en una fiesta así.

—Se nota.

—¿Otra vez?

—Es divertido verte descubrir cosas nuevas.

Valentín le dio un codazo suave.

—No te agrandés, gaucho.

Tomás levantó una ceja.

—¿Gaucho?

—¿No te gusta?

—No está mal.

Por primera vez se llamaban por algo que no fuera "porteño".

Y a ninguno le molestó.

—¡Tomás!

Una joven de cabello rubio corrió hasta ellos.

—¡Hace siglos que no venís a bailar!

La chica abrazó al alfa con confianza.

Valentín sintió una extraña molestia en el pecho.

No entendía por qué.

—Hola, Sofi.

—¿Y él?

—Valentín.

—Mucho gusto.

Sofía sonrió amablemente.

—¿Es tu pareja?

Los dos se quedaron congelados.

—¡¿Qué?!

—No.

Respondieron otra vez al mismo tiempo.

Sofía soltó una carcajada.

—Bueno, bueno... perdón.

Valentín desvió la mirada.

—La gente de este pueblo tiene mucha imaginación.

—Demasiada.

La música cambió.

Un locutor anunció el comienzo del baile.

Sofía tomó la mano de Tomás.

—¡Dale, una chacarera!

—Hace años que no bailo.

—Mentiroso.

Y sin darle tiempo a negarse, lo arrastró hasta la pista.

Valentín los observó desde un costado.

Tomás se movía con una seguridad impresionante.

Sonreía.

Reía.

Parecía otra persona.

"No sabía que podía verse tan... lindo cuando sonreía."

Apenas terminó la canción, Tomás volvió junto a él.

—¿Qué hacías mirándome?

Valentín se sobresaltó.

—Nada.

—Ajá.

—Estaba mirando cómo bailaban todos.

—Mentís bastante mal.

Valentín sintió que las mejillas se le calentaban.

—Callate.

Tomás sonrió de lado.

—¿Querés aprender?

—¿Bailar?

—Sí.

—Ni loco.

Tomás le tendió una mano.

—Dale.

—Voy a hacer el ridículo.

—Ya te caíste del caballo delante de toda la estancia. Peor que eso no puede ser.

Valentín lo fulminó con la mirada.

—Nunca vas a dejar de recordarlo, ¿no?

—Jamás.

Resoplando, aceptó su mano.

Tomás apoyó una mano con cuidado en su espalda y entrelazó la otra con la de Valentín.

El omega sintió un escalofrío recorrerle la piel.

No era miedo.

Era otra cosa.

Algo nuevo.

Algo que no sabía cómo explicar.

—Relajate —susurró Tomás.

—Lo intento...

Comenzaron a dar los primeros pasos.

Valentín se equivocó enseguida y pisó el pie de Tomás.

—¡Perdón!

—No pasa nada.

Dos pasos más.

Volvió a pisarlo.

—¡Ay!

—Creo que querés romperme las botas.

Valentín soltó una risa, avergonzado.

Y Tomás también.

Los dos terminaron riéndose en medio de la pista, sin importarles que la gente los mirara.

Desde un banco de la plaza, Don Ramón observó la escena junto a Marta.

—¿Vos también lo notás? —preguntó él.

Marta sonrió con ternura mientras tomaba un mate.

—Sí...

—Todavía se la pasan discutiendo.

—Pero cada día sonríen un poco más cuando están juntos.

Don Ramón asintió despacio.

—Capaz que Don Ernesto tenía razón después de todo.

—¿Sobre qué?

—Sobre que esa estancia algún día iba a volver a llenarse de vida... y de amor.

Marta miró a los dos jóvenes reír bajo las luces de la feria.

Y, sin que ellos lo supieran, el destino ya había empezado a unir sus caminos mucho antes de que pudieran admitir lo que estaban empezando a sentir.

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Amparo Carvajal
historia diferente que relata la libertad de poder amar, sin señalamientos, además muestra el amor tierno de la pareja de amantes.
Pollo
Okeeeeeey, recién empiezo a leer pero ya quedé enganchada, me encanta 😁
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