Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.
NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Capítulo 4: La ceremonia de las cinco marcas
—¿Qué quiso decir con eso?
Aitana hizo la pregunta apenas salieron de la choza de Abuela Remedios. La luz del mediodía le golpeó el rostro y, aun así, sintió frío en los dedos.
Paloma, que iba delante, se giró confundida.
—¿Con qué?
Aitana miró a Leandro. Él no apartó los ojos de la puerta de la curandera, como si pudiera ver a través de la madera y las hierbas colgadas.
—Nada —dijo al fin.
—No fue nada.
—Fue un comentario de curandera.
Paloma resopló.
—Eso no tranquiliza a nadie. Las curanderas nunca comentan cosas normales.
Aitana apretó el frasco de ungüento entre los dedos. "Su olor no está bien." Abuela Remedios no había dicho que oliera mal. Tampoco que estuviera enferma. Había usado esa palabra: bien. Como si algo en ella no encajara con lo que debía ser.
No era la primera vez.
Desde niña, Aitana había escuchado susurros parecidos. Que su Cambio era raro. Que su pulso no sonaba como el de otros ratones. Que su cuerpo tardaba demasiado en sanar algunas heridas y demasiado poco en otras. Roque siempre cortaba esas conversaciones con un golpe en la mesa, no para defenderla, sino para que nadie hiciera preguntas.
—Aitana.
La voz de Leandro la trajo de vuelta.
—¿Qué?
—Respira.
Ella notó entonces que tenía el pecho apretado.
Paloma la tomó de la mano.
—No dejes que esa vieja te meta miedo. Dice cosas raras porque si hablara claro perdería misterio.
—No es miedo —mintió Aitana.
Leandro no la contradijo, lo cual fue peor.
Caminaron hacia la zona de sombra junto a los árboles de amate. Paloma debía volver a su casa antes de que Don Romualdo mandara a buscarla con medio clan, pero se negó a irse hasta asegurarse de que Aitana pudiera mantenerse de pie sin tambalear.
—Voy a pasar por tu casa esta tarde —dijo Paloma—. Si Roque intenta hacerte cargar agua, le digo a mi padre.
—No hagas eso.
—¿Por qué no?
—Porque después Roque dirá que corro a esconderme detrás del Clan Jabalí.
—¿Y qué? El Clan Jabalí es ancho. Cabemos las dos.
Aitana sonrió un poco.
—Gracias.
Paloma le apretó la mano.
—No me des las gracias. Sobrevive a la ceremonia y luego hablamos.
La palabra ceremonia cayó entre ellas con todo su peso.
Paloma se fue, no sin lanzar una mirada de advertencia a Leandro. Él la recibió sin parpadear. Cuando quedaron solos, Aitana sintió de pronto que el espacio bajo los árboles era demasiado silencioso.
—No tienes que quedarte conmigo —dijo.
—Lo sé.
—Y aun así te quedas.
—Sí.
Aitana miró hacia el patio, donde la manada había recuperado poco a poco su movimiento. Nadie se acercaba, pero muchos fingían no mirar. Bruna seguía hablando con dos hembras del Clan Zorro cerca de la casa comunal. Fausto no estaba a la vista. Eso no la tranquilizó.
—Dijiste que después de lo de hoy Fausto no me dejaría tranquila —murmuró Aitana—. ¿Crees que intentará algo durante la ceremonia?
—Si es inteligente, no.
—¿Y lo es?
Leandro tardó menos de un segundo.
—No.
Aitana soltó una risa breve. Esta vez no le dolió tanto la espalda.
—Al menos eres honesto.
—La ceremonia será pública. Habrá líderes, curanderas, guerreros y visitantes. Fausto no necesita tocarte para hacer daño. Le basta con hablar.
—Como Bruna.
—Como Bruna.
Aitana se recostó contra el tronco del amate. La corteza estaba tibia. Por encima de las chozas, el cielo seguía limpio, demasiado azul para una vida tan enredada.
—Todos hablan de la ceremonia como si fuera una bendición —dijo—. Pero para mí se siente como una sentencia.
Leandro se quedó a su lado, sin invadir su espacio.
—Para muchas hembras lo es.
Aitana lo miró.
—Pensé que dirías que la Diosa Luna no se equivoca.
—La Diosa Luna quizá no. Las manadas sí.
Eso la sorprendió.
—No deberías decir eso en voz alta.
—No lo dije en voz alta para todos.
—Lo dijiste para mí.
—Sí.
El pecho de Aitana volvió a apretarse, pero de otra forma.
Leandro tomó una rama seca del suelo y trazó cinco líneas sobre la tierra.
—¿Sabes por qué la ceremonia de este año se llama de las cinco marcas?
—Porque vendrán cinco clanes principales a presentar hembras y candidatos.
—Eso es lo que dicen en el patio. La razón antigua es otra.
Aitana se inclinó un poco, a pesar de sí misma.
Leandro señaló la primera línea.
—La primera marca es la de sangre. Confirma que una hembra pertenece a una especie, a un clan, a una línea.
Señaló la segunda.
—La segunda es la de fuerza. Dice si su Cambio podrá sostener hijos, heridas, celo, vínculos.
La tercera.
—La tercera es la de alma. Es la que permite reconocer un Vínculo de alma verdadero.
La cuarta.
—La cuarta es la de mando. No todas la tienen. Algunas hembras pueden sostener una casa; otras, una manada.
Aitana miró la quinta línea.
—¿Y esa?
Leandro no la tocó de inmediato.
—La quinta casi nunca aparece.
—¿Qué significa?
—Elección directa de la Luna.
El aire pareció cambiar.
Aitana tragó saliva.
—La Elegida.
—Sí.
La palabra existía en cuentos, en murmullos de curanderas y en canciones antiguas que las niñas repetían sin entender. La Elegida de la Diosa Luna. Una hembra nacida para unir clanes, sanar sangre rota y llevar más de un vínculo sin morir por el peso espiritual. Una historia bonita para noches de fuego.
No para alguien como Aitana.
—Eso no tiene nada que ver conmigo —dijo rápido.
Leandro borró las líneas con la mano.
—No dije que lo tuviera.
—Pero lo explicaste.
—Preguntaste.
—No pregunté por leyendas.
—Preguntaste por la ceremonia.
Aitana quiso responder, pero no encontró cómo. Le molestaba que él hablara así, tranquilo, como si cada palabra tuviera un lugar exacto. Le molestaba más que, por algún motivo, quisiera seguir escuchándolo.
—¿Qué pasa si no aparece ninguna marca? —preguntó al fin.
La mirada de Leandro se endureció.
—Depende del clan.
—En el mío, Roque podrá decidir por mí.
—Lo sé.
—¿También todos lo dicen?
—No. Roque lo dijo ayer en el pozo.
Aitana sintió un golpe en el estómago.
—¿Qué dijo?
Leandro guardó silencio.
—Dímelo.
—Hablaba con un comerciante del Clan Coyote. Dijo que, si la Luna no te daba valor, al menos podría cambiarte por grano antes de la temporada de lluvias.
El mundo se quedó sin sonido.
Aitana no se movió. No lloró. Ni siquiera respiró bien.
Sabía que Roque era capaz de muchas cosas. Lo sabía desde hacía años. Pero escuchar la frase completa, tan práctica, tan sencilla, le hizo sentir que la piel ya no le pertenecía.
—Ah —dijo.
Era una palabra absurda. Pequeña. La única que salió.
Leandro cerró la mano.
—Por eso me quedo.
Aitana miró sus dedos. Tenía las uñas limpias, la piel todavía marcada por el polvo de las hierbas.
—No puedes cambiar lo que soy.
—No.
—Ni lo que la Luna decida.
—No.
—Entonces no prometas cosas que no puedes cumplir.
Leandro dio un paso más cerca, lo suficiente para que Aitana sintiera su presencia sin sentirse atrapada.
—Puedo prometer que, mientras yo esté cerca, nadie te tocará para venderte.
La frase fue tan dura, tan concreta, que algo dentro de ella se quebró un poco.
—¿Por qué haces esto? —susurró.
Leandro miró hacia el patio, hacia la gente que fingía no observarlos.
—Porque sé lo que es que una manada decida tu valor antes de conocerte.
Aitana levantó la vista.
Por primera vez, vio algo detrás de su calma. No tristeza exactamente. Algo más antiguo. Una herida cerrada a la fuerza.
—¿También te desprecian?
La pregunta salió antes de que pudiera suavizarla.
Leandro no pareció ofendido.
—Soy serpiente.
Como si eso explicara todo.
Y quizá lo hacía. En muchas manadas, las serpientes eran aceptadas por su veneno medicinal, sus tratos discretos y su utilidad en cacerías peligrosas. Pero nadie les entregaba fácilmente una hija. Nadie los invitaba a una mesa si podía evitarlos. Decían que eran fríos. Que no amaban. Que una mordida de serpiente no marcaba, envenenaba.
Aitana entendió entonces por qué, cuando él la miraba, no había burla.
Él conocía ese idioma.
—Lo siento —dijo.
—No lo sientas por mí.
—Entonces por los dos.
Leandro la miró.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue extraño. Como estar al borde de un río antes de decidir si cruzarlo.
Desde el patio llegó la voz de Roque, áspera, llamando su nombre.
Aitana se tensó.
Leandro también lo oyó.
—Debo irme —dijo ella.
—Iré contigo.
—No. Si me ve contigo, será peor.
—Si te ve sola, también.
Eso era cierto, pero Aitana no quería darle la razón.
Roque volvió a llamarla, más fuerte.
Ella se apartó del tronco.
—Esta noche no. Paloma vendrá. Estaré bien.
Leandro no parecía convencido.
—Mañana.
—¿Qué pasa mañana?
—Te explicaré lo que falta de la ceremonia. Incluido el primer vínculo.
Aitana frunció el ceño.
—¿Primer vínculo?
—Si la Luna te da una marca suficiente, pueden pedirte que elijas un primer compañero antes de que otros clanes intenten reclamarte por alianza.
—Nadie va a reclamarme.
Leandro no respondió.
Ese silencio le molestó más que una negativa.
—¿Qué?
—Mañana —repitió él.
Aitana debía irse. Roque estaba cerca. Paloma no estaba allí para amortiguar nada. Pero algo en la mirada de Leandro la dejó quieta un segundo más.
—Si mañana la Luna decide algo imposible —dijo él de pronto—, ¿te arrepentirías de haberme conocido?
Aitana olvidó por completo el grito de Roque.
—¿Por qué me preguntas eso?
Leandro miró su mano, donde todavía quedaba una línea de polvo de las raíces rotas.
—Porque algunas decisiones no empiezan cuando uno las toma. Empiezan antes, cuando alguien deja de bajar la cabeza.
El corazón de Aitana golpeó una vez, fuerte.
Y desde el patio, Roque apareció entre la gente, con el rostro oscuro de furia.
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos