nunca hay que mentirse a uno mismo
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4
La atmósfera en el restaurante alcanzó su punto de ebullición cuando los nombres de los dos depredadores en la mesa del rincón finalmente cobraron peso en el aire: Vincent Salvatore y Dante Marconi. Vincent, el jefe de la mafia, era una montaña de autoridad de 1.85 metros. Su porte no era solo elegancia; era una advertencia. La cicatriz casi imperceptible que cruzaba su sien era el único recordatorio de que era un hombre que había sobrevivido al infierno y que, por lo tanto, no le temía a nada. A su lado, Dante, el segundo al mando, era puro veneno destilado en un envase de 1.90 metros. Con una perfección física que parecía diseñada específicamente para invitar al pecado y garantizar la perdición, Dante observaba a las mujeres con la paciencia de quien sabe que, tarde o temprano, la presa siempre cae.
Ambos leones estaban en plena fase de caza. Sus ojos no parpadeaban; devoraban. Vincent ya estaba calculando el peso de la seda sobre la piel de Carmín, mientras Dante trazaba en su mente el recorrido de sus manos sobre la energía eléctrica de Nina. Pero estos dos hombres, acostumbrados a que el mundo se pusiera de rodillas con un solo gesto de su mano, estaban a punto de aprender una lección sobre las mujeres mexicanas.
—Son fuego puro —murmuró Dante, deslizando un dedo por el borde de su vaso de whisky—. Y el fuego no se deja atrapar en una jaula de cristal.
—Entonces habrá que quemarse —respondió Vincent con una voz que era un rugido amortiguado—. Manden la mejor champaña de la cava. La Cristal. Que sepan que el dueño de la noche las ha notado.
Un camarero, que parecía estar a punto de sufrir un colapso nervioso, se acercó a la mesa de las chicas portando una cubeta de plata con la botella más costosa del lugar. Con manos temblorosas, dejó una nota sobre la mesa: "Para que Italia empiece a tratarlas como las reinas que son. — V.S."
Carmín y Nina intercambiaron una mirada. Cualquier otra mujer se habría sentido halagada, intimidada o, al menos, curiosa. Pero Carmín venía de un día donde su corazón había sido pisoteado, y su carácter de mil infiernos estaba en su punto máximo de ebullición. No buscaba un dueño; buscaba libertad.
Nina, con una sonrisa de absoluta cortesía que no llegaba a sus ojos, detuvo la mano del camarero antes de que descorchara la botella.
—Es un detalle encantador —dijo Nina, lo suficientemente alto para que el eco de su voz llegara hasta el rincón oscuro—, pero nosotras ya elegimos nuestro veneno para esta noche. Por favor, regrése la a los caballeros con nuestro agradecimiento. No aceptamos regalos de desconocidos, por muy "imponentes" que crean ser.
El restaurante se quedó en un silencio sepulcral. Vincent Salvatore, el hombre que hacía temblar el suelo, acababa de ser rechazado públicamente. Dante Marconi soltó una carcajada seca, más por sorpresa que por diversión, mientras veía cómo las dos mujeres se ponían de pie con una elegancia que rozaba la soberbia.
Sin darles tiempo a reaccionar, Carmín sacó un fajo de billetes, pagó la cuenta —incluyendo una propina generosa que gritaba independencia— y se ajustó el vestido de seda. Antes de salir, lanzó una mirada fugaz hacia el rincón. No fue una mirada de invitación, sino un desafío: un ángel con curvas que no necesitaba la protección de ningún demonio.
—Vámonos, Nina —dijo Carmín con voz firme—. Este lugar está muy silencioso. Yo quiero ruido, quiero baile y quiero olvidar que los hombres creen que pueden comprarnos con burbujas.
Salieron del restaurante dejando tras de sí un rastro de perfume prohibido y a dos de los hombres más peligrosos de Europa con la cola entre las patas. Vincent y Dante se quedaron allí, rodeados de su poder y sus millones, viendo cómo la puerta se cerraba tras ellas.
—¿A dónde crees que van? —preguntó Dante, con el instinto de cazador más despierto que nunca.
—A disfrutar la noche—respondió Vincent, cuyos ojos brillaban con una mezcla de furia y una admiración peligrosa—. Quieren tragos, chicos y baile. Quieren quemar Florencia.
—¿Y qué vamos a hacer, jefe?
Vincent terminó su coñac de un solo trago y se puso de pie, llenando el espacio con una amenaza renovada.
—Vamos a seguirlas, Dante. Pero esta vez, no vamos a mandar botellas. Vamos a ver cuánto aguanta su fuego antes de encontrarse con el nuestro.
Mientras tanto, a pocas calles de ahí, Carmín y Nina ya estaban bajo las luces de neón, rodeadas de música vibrante y tragos fuertes. Carmín se movía en la pista como si cada paso fuera una bofetada a su pasado. Ya no era la diseñadora triste; era una diosa de curvas peligrosas que bailaba para sí misma, sin saber que los leones de Florencia ya estaban en camino, decididos a recuperar el orgullo que esas dos mexicanas les habían arrebatado con una sola sonrisa de desprecio.
no se vale