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"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

"El Cuervo Y Su Sombra" Me Enamoré De Ti Eres Mi Obsesión

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Demonios / Villana / Completas
Popularitas:350
Nilai: 5
nombre de autor: glendis

En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."

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capitulo 4

​La Fortaleza de Hierro no era un hogar; era una bota de piedra aplastando la cima de la montaña. Sus muros eran tan gruesos que el viento del norte, ese que soplaba directamente desde el Reino Oscuro, sonaba como el lamento de mil almas atrapadas en las grietas. Al llegar, el frío me dio la bienvenida, un frío seco y metálico que me recordaba a la armadura de él.

​Mi carruaje, de madera de ébano y terciopelo negro, avanzaba pesadamente por el puente levadizo. Por la ventanilla, observé a los mercenarios que mi fortuna había convocado: hombres con rostros surcados de cicatrices, portando ballestas pesadas y espadas de doble mano. Todos estaban allí por mi oro, creyendo que protegían al Duque, sin saber que solo eran los figurantes de un escenario que yo había diseñado para una ejecución.

​—Señorita Vallemont —dijo el Duque de Hierro cuando entré en el Gran Salón.

​El lugar era una caverna de ecos. El Duque estaba sentado en un trono de metal frío, rodeado de mapas que crujían bajo sus dedos temblorosos. A sus setenta años, el hombre que una vez fue el terror del continente ahora parecía una cáscara vacía, consumida por la paranoia. Sus ojos, amarillentos y hundidos, buscaron los míos con una mezcla de gratitud y sospecha.

​—Vuestra contribución ha llegado en el momento más oscuro —prosiguió, su voz rasposa como el metal oxidado—. El Barón y el Marqués han caído. El "Espectro" se acerca. Pero con vuestro oro, he convertido esta montaña en una tumba para cualquiera que intente cruzar el umbral.

​—He traído más que oro, Excelencia —respondí, haciendo una reverencia perfecta que ocultaba el fuego de mi mirada—. He traído mi lealtad absoluta. Si el Norte cae, mi fortuna cae con él. No permitiré que ese... Emperador... toque lo que nos pertenece.

​Mentir se había vuelto tan natural como respirar. Mientras él asentía, complacido por mi supuesta devoción, liberé sutilmente un hilo de mi sombra. Se deslizó por las juntas de las baldosas, invisible bajo la luz de las antorchas, mapeando los nervios de la fortaleza. Sentí las bodegas, las prisiones y, finalmente, la cámara acorazada donde el Duque guardaba los contratos originales de la traición.

Esa noche, la fortaleza estaba en un silencio sepulcral, roto solo por el relevo de las guardias. Me despojé de mis pesadas faldas y me puse una túnica de seda negra, tan ligera que se movía con el aire como si fuera humo. Me deslicé por los pasadizos de servicio, evitando los círculos de protección que los hechiceros del Duque habían trazado. Eran hechizos de luz solar, diseñados para quemar sombras, pero mi oscuridad no era externa; nacía de mi propia voluntad, y aprendí a plegarla sobre sí misma.

Subí a la torre más alta, el "Dedo de la Noche". El viento allí arriba cortaba como una cuchilla de afeitar. Y allí, apoyado contra la piedra fría, estaba él.

Valerius.

No llevaba su casco. Su cabello, negro como el ala de un cuervo, se agitaba salvajemente. Su perfil, iluminado por una luna pálida y esquiva, era de una belleza cruel y absoluta. Estaba mirando hacia su propio reino, hacia esas nubes perpetuas que marcaban la frontera.

—Es un desperdicio de piedra y hombres —dijo, sin girarse. Su voz era un trueno bajo que hizo vibrar el aire en mis pulmones—. El Duque cree que puede mantener fuera a la oscuridad con muros de tres metros. No entiende que la oscuridad ya está cenando en su mesa.

Me quedé petrificada en las sombras de la escalera. Mi corazón golpeaba mi pecho con tal fuerza que temí que él pudiera oírlo.

—Has sido muy generosa con él, pequeña sombra —continuó Valerius, girándose lentamente. Sus ojos brillaron con una intensidad depredadora. Se cruzó de brazos, observando el rincón donde yo me ocultaba—. Has pagado por cada hombre que ahora vigila estas murallas. Has comprado el tiempo que el Duque necesitaba para sentirse a salvo. ¿Por qué?

—Porque un animal asustado se esconde —susurré, dejando que mi voz viajara a través de las sombras para que pareciera venir de todas partes a la vez—. Un animal que se siente seguro, se duerme. Y yo quería que él durmiera profundamente para ti.

Valerius dio un paso hacia delante. El espacio entre nosotros se cargó de una electricidad estática que erizó los vellos de mis brazos.

—Me has entregado a mis enemigos en un cuenco de oro —dijo él, con una sonrisa que era más una amenaza que un gesto de amabilidad—. Pero me pregunto... ¿qué pasará cuando no queden más enemigos? ¿Te conformarás con observar desde los rincones, o reclamarás el precio de tu obsesión?

—Mi obsesión no tiene precio, mi Emperador —respondí, sintiendo cómo mis sombras se estiraban hacia él, rozando casi sus botas—. Solo tiene un final. Y ese final empieza mañana, cuando la sangre de la última rata del Sur manche este suelo de hierro.

Valerius soltó una carcajada corta y seca, llena de una oscura fascinación.

—Entonces que así sea. Mañana, cuando el sol se ponga tras esas montañas, vendré a reclamar lo que es mío. Y espero que estés allí, para que pueda ver finalmente el rostro de la mujer que ha incendiado mi camino para que yo pueda ver mejor.

Antes de que pudiera responder, una patrulla de guardias apareció en el nivel inferior. Me fundí con la pared, convirtiéndome en parte de la piedra. Cuando volví a mirar, la torre estaba vacía. Solo quedaba el olor a ozono y el eco de su voz en mi mente.

Regresé a mi habitación, con las manos temblando de una mezcla de terror y deseo. El escenario estaba listo. El Duque de Hierro creía que tenía un ejército a su mando, pero mañana descubriría que cada uno de esos hombres solo era una sombra esperando la orden de su verdadera dueña.

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