Entre planes de venganza, celos asfixiantes y besos que saben a guerra, Valeria y su mejor amigo Julián han trazado una estrategia para conquistar a sus imposibles. Pero en este juego de poder, las máscaras caen y las fieras despiertan. Cuando el deseo se vuelve posesivo y los secretos se filtran en los pasillos, solo queda una pregunta: ¿Quién se rendirá primero ante el caos del corazón?"
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4 El Contraataque de Elena: Sal en la Herida
El ambiente en el Instituto San Jorge se había vuelto denso, cargado de una tensión que se podía cortar con un hilo dental. Pero para Valeria, el día dio un giro amargo cuando salieron de la biblioteca.
Damián —antes conocido por su rectitud casi robótica— caminaba por el pasillo principal con Valeria pisándole los talones. Sin embargo, algo había cambiado. La noticia de que el "Iceberg" había estado encerrado a solas con la "Loca del Colegio" se había filtrado, y de repente, todas las chicas parecían haber recordado lo ridículamente guapo que era Damián cuando estaba serio.
Un grupo de chicas de segundo año se detuvo frente a ellos, bloqueando el paso con la excusa de preguntar por el club de debate. Una de ellas, una pelirroja con más maquillaje que criterio, le tocó el brazo a Damián con una familiaridad que hizo que a Valeria se le encendiera la sangre.
—Damián, nos preguntábamos si podrías ayudarnos con la estructura del ensayo... —ronroneó la chica, pestañeando como si tuviera un tic nervioso.
Valeria se cruzó de brazos, apoyando el peso en una cadera. Sus ojos eran dos cuchillas afiladas.
—Cuidado, linda —soltó Valeria con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Si te acercas más, podrías congelarte con su aura de "perfección", o peor aún, podrías mancharle la camisa con ese gloss barato que parece que te lo aplicaste con un rodillo de pintor.
Las chicas se quedaron de piedra. Damián ni siquiera se inmutó, pero sus labios se curvaron apenas un milímetro. Disfrutaba, de una manera retorcida y posesiva, ver a Valeria marcar territorio.
—Damián no da tutorías a principiantes —continuó Valeria, dando un paso al frente y colocándose justo entre la pelirroja y el pecho de Damián—. Además, tiene la agenda llena. Se dedica exclusivamente a casos perdidos... como yo. Así que, a menos que quieras que te explique cómo funciona la ley de la gravedad empujándote por las escaleras, muévete.
—Valeria, lenguaje —reprendió Damián, aunque su mano bajó discretamente a la cintura de ella, apretándola con una posesividad que la dejó sin aliento por un segundo.
—¡Es que son como moscas sobre un pastel, Damián! —exclamó ella, girándose hacia él cuando las chicas huyeron despavoridas—. Y tú ahí, parado como un maniquí de escaparate dejando que te toquen. ¡Qué descaro! Si alguna vuelve a ponerle una uña encima a mi "proyecto de ingeniería", juro que le corto las extensiones mientras duerme.
Damián la miró desde su altura, con esa mirada oscura y penetrante.
—¿Celosa, Valeria? Pensé que tú eras la que no creía en las etiquetas.
—No son celos, es control de calidad —replicó ella, aunque su corazón gritaba lo contrario—. Y tú eres de una calidad demasiado alta para que cualquier aparecida venga a manosearte.
Mientras Valeria lidiaba con sus impulsos asesinos, en el patio central, Julián estaba a punto de recibir una dosis de su propia medicina. Había estado observando a Elena desde lejos, esperando el momento de soltar otro de sus comentarios mordaces para verla estallar. Pero Elena, la "fierecilla" que empezaba a conocer sus trucos, decidió cambiar de estrategia.
Vio a Julián apoyado en la fuente y, justo cuando su novio, el insípido pero cumplidor Mateo, se acercó a ella, Elena desplegó su actuación de Oscar.
—¡Oh, Mateo! Eres tan considerado —exclamó Elena, lo suficientemente alto como para que Julián la oyera.
Se colgó del cuello de Mateo con una dulzura exagerada. Julián apretó la mandíbula. Lo que vio a continuación lo hizo hervir: Elena comenzó a acariciar el cabello de su novio mientras le daba besos cortos y sonoros en la mejilla, riendo de esa forma melodiosa que Julián solía considerar música y que ahora le parecía un taladro en el cerebro.
Julián se acercó, fingiendo que pasaba por ahí.
—Vaya, busquen un hotel, ¿no? Algunos estamos intentando disfrutar del aire puro sin oler a hormonas —soltó él, con una sonrisa forzada.
Elena se separó de Mateo solo un centímetro, manteniendo sus manos entrelazadas con las de él. Miró a Julián con una inocencia que escondía un cuchillo.
—¿Te molesta, Julián? Pensé que te gustaba el "caos" —dijo ella, usando las palabras que él mismo le había dicho antes—. Mateo es tan... estable. Tan protector. No como otros que solo saben molestar porque no tienen a nadie que los quiera de verdad.
Elena se inclinó y le dio un beso largo y lento a Mateo en los labios, justo frente a los ojos de Julián. Fue un beso de "escaparate", diseñado para herir. Julián sintió un nudo de celos puros en el estómago. Ver a "su fiera" siendo dulce con otro era una tortura que no había calculado en su plan.
—Te ves ridícula, Elena —masculló Julián, dándose la vuelta para ocultar que se le estaba cayendo la máscara de chico gracioso.
—¡Y tú te ves verde de envidia! —le gritó ella por la espalda, con una sonrisa de triunfo total.