Un contrato de sangre. Un matrimonio obligado. Un pecado imposible de ocultar.
Para su padre, ella es solo una pieza de ajedrez en un juego de poder. Para Arturo Rial, el hombre con el que debe casarse por obligación, ella es un frío contrato de negocios.
Pero todo cambia cuando aparece el hermano mayor de Arturo, un hombre que no conoce la palabra "no". Él no quiere un acuerdo; la quiere a ella. Entre los rincones oscuros de la mansión, él la marca, la reclama y la convierte en su mundo, desatando una obsesión que amenaza con destruirlo todo.
En este juego de traiciones, ella es la niña dulce que se convertirá en la caída del hombre más peligroso de la mafia.
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Capitulo 12
La paranoia de Arturo Rial no era una tormenta repentina, sino una llovizna ácida que devoraba su paciencia poco a poco. Su mente funcionaba como un libro contable: si una cifra no cuadraba, buscaba el error hasta encontrarlo. Y en los últimos días, la cifra que no le encajaba era la actitud de su prometida.
La mañana del jueves, el sol golpeaba con fuerza el gran comedor de la mansión. Isabella estaba sentada en su lugar habitual, revolviendo mecánicamente el té con una cuchara de plata. Llevaba un vestido de lino color beige con mangas tres cuartos y, una vez más, el cuello cerrado hasta la garganta. Su mirada estaba fija en el gran ventanal que daba a los cipreses, perdida en algún rincón oscuro de sus propios pensamientos.
Arturo dejó la taza de porcelana sobre el plato con un tintineo que hizo que Bella regresara abruptamente a la realidad. Él la observó con los ojos entrecerrados, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando los dedos.
—Estás distante, Isabella —soltó Arturo, su voz fría y pausada cayendo como un balde de agua helada—. Llevas días así. Te hablo de la lista de invitados, de los arreglos con el ministro de la boda, y te limitas a asentir como un maniquí sin vida.
—Lo siento, Arturo... —Bella tragó saliva, tratando de mantener la voz firme mientras sentía que el corazón le daba un vuelco de pánico—. Son solo los nervios por la ceremonia. Es mucha presión en muy poco tiempo.
—No me gustan las excusas —replicó él, levantándose de la silla con esa pulcritud artificial que lo caracterizaba. Caminó hacia ella y se detuvo a su lado, pero esta vez no hubo cortesía. Con un movimiento rápido, le atrapó el brazo izquierdo, apretándolo por encima del codo con una fuerza innecesaria.
Bella ahogó un gemido de dolor. Los dedos de Arturo se enterraron en su carne, buscando dominarla, buscando una reacción.
—Te noto esquiva cuando intentan probarte los vestidos escotados. Y ya no me miras a los ojos. ¿Hay algo que me estés ocultando? —la voz de Arturo bajó un tono, volviéndose una amenaza directa—. Recuerda quién eres, Isabella. Eres una moneda de cambio que tu padre me entregó. No toleraré que me dejes en ridículo.
—Me estás lastimando, Arturo... suéltame —susurró ella, con las lágrimas asomando en sus ojos, no solo por el dolor físico, sino por el terror de que él bajara el cuello de su vestido y descubriera la marca violácea que Vincenzo le había dejado la tarde anterior en la biblioteca.
Antes de que Arturo pudiera ejercer más presión, la puerta lateral del comedor se abrió con un golpe seco. Vincenzo entró al salón portando unos informes en la mano y una taza de café que emanaba humo. Su figura grandota y ancha llenó el umbral de inmediato, atrayendo todas las miradas. Traía una camisa gris oscuro con los primeros botones abiertos, exponiendo la base de su pecho robusto y la sombra de un tatuaje que subía por su cuello.
Al ver la mano de Arturo apretando el brazo de Isabella, los ojos grises de Vincenzo se oscurecieron, transformándose en dos rendijas de puro peligro. Caminó con esa zancada pesada hacia la mesa, lanzando los papeles frente a su hermano con tanta fuerza que el estruendo resonó en las paredes.
—Quita tus manos de ella, Arturo —la voz de Vincenzo no fue un grito, sino un rugido bajo, cargado de una violencia latente que hizo que los guardaespaldas de la puerta dieran un paso atrás.
Arturo, sorprendido y asustado por la repentina furia de su hermano mayor, soltó el brazo de Isabella de inmediato, aunque intentó mantener la compostura.
—Es mi prometida, Vincenzo. Puedo tocarla como me plazca.
Vincenzo se interpuso físicamente entre los dos, su cuerpo masivo borrando por completo a Arturo del campo de visión de Bella. Se inclinó hacia su hermano menor, invadiendo su espacio hasta dejarlo acorralado contra el borde de la mesa.
—Vuelve a ponerle una mano encima para lastimarla, y te juro por la memoria de nuestro abuelo que te romperé los dedos uno a uno. Ella es demasiado delicada para tus manos de cobarde.
Arturo dio un paso atrás, el sudor frío perlándole la frente. Odiaba cómo Vincenzo lograba intimidarlo, cómo su jerarquía natural lo hacía ver como un niño jugando a ser jefe. Tomó los papeles de la mesa y miró a Isabella con veneno en los ojos.
—Esto no se va a quedar así. Asegúrate de estar lista para la cena de esta noche, Isabella.
En cuanto Arturo salió del comedor, el silencio regresó, pero no la calma. Vincenzo se giró lentamente hacia Bella. Sin pedir permiso, tomó el brazo que Arturo había apretado y subió la manga con cuidado. Sobre la piel pálida de Isabella, la marca roja de los dedos de su hermano ya empezaba a formarse.
Los ojos grises de Vincenzo se encendieron en puro odio.
—Te dije que él no sabía cuidarte —susurró, rozando la piel lastimada con sus dedos callosos, esta vez con una suavidad que hizo que Isabella temblara—. No llores, niña dulce. Te prometo que por cada marca que él te deje, yo le quitaré un pedazo de su maldito imperio.
Bella miró las manos grandes de Vincenzo, sintiendo que la red de mentiras se estaba volviendo demasiado delgada. La brutalidad de Arturo estaba despertando al verdadero monstruo de la mansión, y ella sabía que cuando Vincenzo decidiera atacar, no quedaría nada en pie.