⚠️🔞El duque Marek Kizilbash gobierna un territorio sitiado por la peste y las bestias. Dispuesto a todo para salvar a su pueblo, compra en el mercado negro a Naim, un peligroso y orgulloso licántropo de pura sangre.
Lo que el duque ignora es que el contacto carnal despertará la magia ancestral del bosque, desatando un embarazo místico tan acelerado como violento. Atado a Marek por una marca de sangre inquebrantable, el cuerpo trigueño del indomable shou se transformará para gestar al heredero de una nueva era.
Con el consejo de nobles traidores conspirando en las sombras y la Iglesia del Sur avanzando con carros de fuego para destruir la "abominación", Marek y Naim transformarán la torre del castillo en un santuario sagrado. Una historia de dominación absoluta, erotismo salvaje, masacres en las colinas y un amor que se bautizará con la sangre de sus enemigos. Esta novela es sucia y grotesca. Están advertidos.🔞⚠️
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Mi clan no vendrá a salvarme
El invierno avanzó con crudeza sobre el norte, pero dentro de la torre oeste del Castillo de Alva la temperatura parecía la de un verano sofocante. Había pasado un mes desde la masacre del patio de armas. El obispo Mateo había sido enviado de regreso al sur atado a un carromato, mutilado y sin su pierna izquierda, como una advertencia de sangre. La Iglesia aún no respondía, temerosa del poder combinado del duque y el licántropo.
Sin embargo, el verdadero cambio ocurría en el nido de ropa real en el suelo de la habitación de piedra. Naim había entrado de golpe en su tercer mes de gestación mística. Para un hombre lobo de pura sangre, el embarazo era un proceso acelerado que consumía los recursos del cuerpo de forma violenta.
Marek Kizilbash observaba al shou mientras este dormía bocarriba sobre las capas de piel de zorro. El cuerpo de Naim ya no se parecía al del guerrero esbelto que había comprado en el mercado negro. Su piel irradiaba un calor exagerado, y la curva de su vientre bajo se había transformado en una esfera grande, firme y pesada que se amoldaba de forma pronunciada hacia arriba. El útero místico protegía al cachorro híbrido con una barrera de energía que vibraba al tacto. Sus pezones oscuros estaban notablemente más grandes, turgentes y sensibles, goteando a veces un fluido claro debido a las hormonas de la gestación.
Marek se quitó los guantes y deslizó su mano derecha sobre la redondez del vientre de Naim. Al notar el contacto de la runa de la espiral, el cachorro dentro del vientre dio una patada firme que empujó la piel trigueña hacia afuera. Naim abrió de golpe sus ojos de oro puro, que ya no regresaban al gris tormenta; la magia del embarazo los había fijado en ese tono brillante de forma definitiva.
—Tiene sed otra vez, Marek… —susurró Naim con voz ronca, arqueando levemente la espalda. El licántropo se llevó una mano a la cicatriz de la marca de mordida en su cuello, que latía de un color purpúreo—. El vacío en mi estómago me está matando. Siento que el cachorro me está secando las venas desde adentro.
El apetito biológico de Naim se había vuelto una locura erótica en este tercer mes. No solo devoraba bandejas enteras de carne cruda que el capitán Gregor subía en secreto; su cuerpo exigía la simiente carnal del duque tres o cuatro veces al día. El semen espeso de Marek, cargado con la magia de las runas de sangre, era el único elixir que calmaba los dolores del útero del lobo.
Marek sintió que su propia hombría se ponía rígida y venosa de inmediato dentro de sus pantalones de montar. El aroma dulce, frutal y puramente almizclado que desprendía el cuerpo preñado de Naim inundaba la habitación, anulando cualquier rastro de control en la mente del noble. Su instinto de macho dominante lo obligaba a saciar a su pareja sin importar el cansancio físico.
—Si el heredero tiene sed, lo voy a llenar hasta que no pueda más —respondió Marek con voz grave.
Marek se deshizo de su túnica y sus pantalones con movimientos urgentes, arrojando la ropa fuera del nido. Su miembro se liberó, grueso, pesado y latiendo con fuerza por la acumulación de deseo. El duque se subió a la pila de mantas y tomó a Naim por los muslos trigueños, abriéndole las piernas por completo.
Debido al tamaño del vientre en el tercer mes, Naim ya no podía adoptar ciertas posiciones sin sentir opresión. El duque lo acomodó tumbado de espaldas, colocando tres pesadas capas de terciopelo debajo de sus caderas para elevar su pelvis y proteger la redondez de su abdomen. Desde ese ángulo, la intimidad del shou quedaba totalmente expuesta, dilatada y secretando un lubricante natural tan espeso que corría en hilos claros hacia la alfombra de piel de oso.
Marek se alineó y se hundió de una sola estocada profunda, metiéndose hasta la raíz dentro del cuerpo ardiente del licántropo.
—¡Ah… Marek! ¡Siii! ¡Golpea justo ahí! —aulló Naim, agarrándose de los pilares de madera de la cama de roble que estaba al lado del nido.
Las paredes internas del lobo preñado abrazaron la hombría del duque con una presión descomunal, exprimiendo el miembro de Marek con espasmos calientes y húmedos que hicieron que el noble soltara un rugido animal. El interior del shou era un canal de fuego líquido que parecía latir de forma inteligente al recibir la energía de las runas de sangre.
Marek comenzó a embestir con fuerza rítmica, profunda y constante. El sonido ruidoso y húmedo de sus cuerpos chocando resonó en las paredes de la torre de piedra. Con cada impacto del duque, la gran esfera del vientre de Naim se sacudía, meciéndose sobre las mantas de piel. El licántropo se deshizo por el placer prostático absoluto; sus piernas musculosas rodeaban la cintura de Marek de forma involuntaria, apretándolo para que no se saliera de su interior.
El miembro de Naim, rígido por la excitación de la gestación, expulsaba gotas constantes de líquido preseminal sobre su propia piel. Marek se incorporó levemente, apoyando sus manos grandes a los lados de la cabeza de Naim. Se inclinó para lamer el sudor que corría por el cuello del lobo, mordiendo suavemente la cicatriz de la marca para renovar el lazo místico en medio del acto carnal.
—Estás más caliente que ayer, lobo —gruñó Marek entre dientes, aumentando la velocidad de sus estocadas—. Tu cuerpo se está adaptando por completo a mi tamaño.
—Es por tu hijo… ¡Marek, más rápido! —gimió Naim, con los ojos de oro fijos en los del noble—. Siento cómo su flujo absorbe tu fuerza. No te detengas… ¡Ahg!
La penetración se volvió un combate de lujuria y misticismo en el suelo de la torre. El duque jalaba las caderas de Naim hacia arriba, hincando los dedos en la carne trigueña para dejar marcas de posesión que delataran quién era el dueño de ese vientre. Naim lloraba de éxtasis, soltando gemidos agudos y lascivos que rompían con cualquier rastro de su orgullo de guerrero salvaje. Estaba completamente entregado a la dominación de su macho.
Tras docenas de embestidas brutales que llegaron al rincón más profundo de la anatomía del shou, la runa de la espiral en la mano derecha de Marek brilló con una luz roja incandescente. El clímax era inminente. El duque tomó a Naim por el vientre redondo, sosteniendo con firmeza la curva donde crecía su heredero, y dio tres empujes finales con una fuerza descomunal.
Entonces un rugido ronco salió desde el pecho, Marek se contrajo por completo y liberó un torrente inmenso de semen espeso, ardiente y abundante directamente dentro de Naim. El licántropo colapsó de placer al recibir la descarga vital; su hombría expulsó su propia blancura en chorros densos que salpicaron su abdomen hinchado y el pecho del duque, cayendo deshecho, temblando y jadeando de éxtasis en el centro del nido de ropa real.
Pasaron las horas en absoluto silencio mientras la tarde invernal caía fuera del castillo. Marek se quedó acostado encima del cuerpo trigueño del lobo, manteniendo su miembro dentro de su entrada dilatada para evitar que la semilla se derramara sobre las telas. Su mano vendada descansaba con firmeza protectora sobre la gran curva del vientre de su shou, sintiendo cómo los espasmos internos del útero absorbían el fluido carnal con una calidez reconfortante que calmó por completo el vacío del cachorro.
Naim respiraba de forma pausada, con los ojos de oro entornados y el rostro apoyado en el hombro musculoso de Marek. Las costras de las quemaduras de plata de sus manos habían desaparecido por completo hace tiempo, dejando la piel limpia gracias a la energía de la eyaculación del duque.
—El cachorro se ha dormido —susurró Naim con voz suave, acariciando el brazo del noble—. Tu sangre lo ha dejado gordo y fuerte para esta noche, Marek. Siento que sus huesos ya están casi formados en mi interior.
Marek le dio un beso tierno en los labios carnosos, saboreando el almizcle dulce que flotaba entre ambos.
—El invierno está empeorando, lobo —explicó el duque en la penumbra—. Gregor dice que la Niebla retrocedió hacia el bosque profundo, pero que algo más grande se está moviendo entre los árboles sagrados. Los clanes de tu manada saben que estás aquí. Saben que llevas un heredero híbrido en tu vientre.
Naim se tensó levemente en los brazos del gobernante, mirando hacia el ventanal de piedra.
—Mi clan no vendrá a salvarme, Marek —confesó el shou con tono severo—. Los licántropos del norte consideran que mezclar nuestra sangre con runas humanas es un pecado peor que el de la Iglesia. Si mi manada cruza la frontera, no vendrán a pelear contra tus soldados; vendrán a arrancar al cachorro de mi vientre para limpiar el linaje del bosque.
Marek apretó el agarre en la cintura del lobo, clavando sus ojos oscuros en la penumbra con un aura asesina.
—Que lo intenten —sentenció el duque Kizilbash—. He masacrado al consejo de nobles y he mutilado al obispo de la Iglesia por proteger este nido. Si los lobos de tu clan intentan tocar la curva de tu vientre, verán que las runas de mi sangre pueden quemar el bosque entero.
Naim sonrió con una mueca de ternura salvaje, acomodando su vientre redondo contra la pelvis del duque para entregarse al sueño reparador del embarazo, sintiendo que no había ejército en el mundo, humano o licántropo, que pudiera romper la fortaleza carnal que Marek había construido a su alrededor.