Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 3
El funcionario se acercó a mí y me dio un ungüento. Me cuidó en silencio, aplicando la medicina sobre mis vendas con una ternura que no esperaba. Sus dedos, los mismos que horas antes habían sostenido a Sakura contra el agua hirviendo, ahora tocaban mi piel como si yo fuera algo frágil. Algo que merecía cuidado.
Terminó, me miró un largo rato y luego se fue. Sin exigir nada. Sin esperar nada.
La puerta se cerró tras él.
Y entonces lo entendí.
Yo jamás podré tener poder. No de verdad. No porque Soy una mujer en un mundo de hombres. Pero ellos sí pueden. Ellos tienen el poder que a mí me niegan desde que nací.
Pero ellos son también un medio del cual yo pueda adueñarme.
Una herramienta. Un vehículo.
Ellos son mis caballos. Y yo, el jinete que los maneja.
Me incorporé lentamente, sintiendo el ardor en la mejilla, pero también algo nuevo. Algo que crecía en mi pecho como una brasa.
—Muchas gracias —le dije a Kimi.
Ella seguía allí, sentada en el borde del futón, sin atreverse a irse. La misma que me había arrojado agua fría cuando Sakura me quemó. La única.
—No es nada —respondió Kimi, bajando la vista—. Somos hermanas.
La palabra me golpeó como un puñetazo suave.
Hermana.
Nadie me había llamado así nunca.
—Sí —dije, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba—. Sí, lo somos.
Me recosté. El dolor seguía allí, pero ya no importaba tanto. Kimi sujetó mi mano con la suya, pequeña y callosa, y no dijo nada más.
Me dormí así.
Con su mano en la mía.
Con la certeza nueva de que los hombres serían mis caballos.
Y con el calor de saber que, al menos una persona en este infierno, no era un caballo que montar.
Era una hermana.
El hombre siguió viniendo.
Noche tras noche. Semana tras semana. Cada vez se volvía más dependiente de mí. Más necesitado. Más... mío.
Me buscaba con la mirada apenas entraba al yuukaku. Sus ojos recorrían la sala hasta encontrarme, y entonces su cuerpo entero se relajaba, como si hasta ese momento hubiera estado conteniendo la respiración.
Lo tenía. Lo sabía.
Una noche, después de amarlo, con su cabeza apoyada en mi pecho y su respiración aún entrecortada, me atreví:
—¿Puedo irme contigo?
Lo sentí tensarse. Todo su cuerpo se puso rígido contra el mío. Por un momento pensé que se levantaría y se iría sin decir nada.
Pero no.
Me abrazó con fuerza. Con tanta fuerza que casi no podía respirar.
—No —susurró contra mi piel—. Lo siento. No puedo llevarte conmigo.
Hizo una pausa.
—Soy un hombre casado.
Las palabras cayeron como piedras en un pozo.
—¿Pero qué hay de mí? —pregunté, y odié el temblor de mi voz.
Él me besó. Queriendo callarme, queriendo tapar la pregunta con su boca.
Pero no lo hice.
Me aparté. Lo miré a los ojos, buscando, exigiendo.
—¿Qué debo hacer para que me quieras a mí?
Me sostuvo la mirada. Por un instante, vi algo en sus ojos. Algo que casi parecía dolor.
—Te quiero a ti —susurró.
—No te creo nada.
Él no discutió. En lugar de eso, buscó su ropa, sacó una bolsa y la puso en mis manos. Monedas de oro. Más dinero del que había visto en toda mi vida.
Como si eso me comprara algo.
Como si el oro pudiera tapar el vacío.
Cuando se fue, me quedé mirando las monedas. Oro brillante. Frío. Inútil.
Y entonces la furia llegó.
No estaba logrando nada. Nada de nada. Era su favorita, su amante, su obsesión, y sin embargo seguía aquí, en el mismo lugar, haciendo lo mismo de siempre. Él volvía a su casa, a su mujer, a su vida de hombre importante, y yo me quedaba.
Solo era su puta.
Nada más que eso.
Cuando volvió, estaba preparada.
Lo recibí como siempre: sonrisa, caricias, palabras dulces. Lo llevé a la habitación. Lo amé como solo yo sabía hacerlo.
Mientras dormía, busqué entre su ropa.
Y lo encontré.
Su sello personal. El que usaba para firmar documentos oficiales. La llave de su mundo.
Lo escondí en el mismo lugar donde guardaba la horquilla de jade. Bien escondido. Donde nadie, nunca, podría encontrarlo.
Los días siguientes fueron hermosos.
Verlo buscar desesperado era un espectáculo. Registraba la habitación una y otra vez. Me preguntaba con falsa calma si había visto algo. Sudaba. Tartamudeaba. Su máscara de hombre importante se resquebrajaba por momentos.
Yo negaba. Sonreía. Lo consolaba.
—Algo debe aparecer —decía—. No te preocupes.
Pero mis ojos reían por dentro.
Nunca registró mi escondite. Nunca miró detrás de la tabla suelta. Nunca imaginó que una simple puta pudiera ser tan astuta.
Al cuarto día, cuando ya estaba al borde del colapso, decidí que era momento.
Estábamos en la habitación. Él acababa de llegar, pálido, ojeroso, sin dormir.
—Siéntate —dije.
Me obedeció.
Me quedé de pie frente a él. Dejé que el silencio se estirara, que lo incomodara, que lo hiciera entender que yo tenía el control ahora.
—Tengo tu sello —dije.
Sus ojos se abrieron. Su cuerpo se tensó. Por un momento creí que saltaría sobre mí.
—Dámelo —exigió.
Sonreí.
—Te lo voy a devolver —dije despacio, saboreando cada palabra— cuando me lleves contigo. O le diré a tu esposa a qué vienes aquí.
El cambio fue instantáneo.
Su mano voló a mi cuello. Sus dedos se cerraron, cortando el aire. Me empujó contra la pared y sentí mi espalda golpear la madera.
Pero no sentí miedo.
Miré su rostro, contraído por el odio, y fue tan... satisfactorio. Tan hermoso. Verlo así. Verlo perder el control. Verlo ser animal por mi culpa.
—Maldita perra callejera —escupió—. Te voy a matar.
Sonreí. Apenas podía respirar, pero sonreí.
—Bien —dije, con la voz estrangulada—. Entonces hazlo... amado mío.
Por un instante, sus dedos apretaron más. Vi la duda en sus ojos. El deseo de hacerlo de verdad.
Luego me soltó.
Caí al suelo, tosiendo, pero seguía sonriendo.
Me miró desde arriba con un desprecio absoluto.
—¿Qué demonios quieres?
Me incorporé lentamente. Me arreglé el kimono. Me toqué la garganta, sintiendo el calor de sus dedos aún marcado en mi piel.
—Entrar al palacio —dije.
Él se quedó mirándome. Procesando. Entendiendo.
Luego, sin una palabra, se dio la vuelta y se fue.
La puerta se cerró con un golpe seco.
Me quedé sola en el suelo, con la garganta ardiendo y el corazón latiendo como un tambor de guerra.
No sabía si volvería.
Pero por primera vez, sentí que había movido algo. Algo grande. Algo que me acercaba.
Toqué la horquilla de jade en mi cabello. Pensé en el sello, aún escondido, aún seguro.
Y esperé.
El hecho de que desde el comienzo nuestra prota amara y cuidara con devoción los regalos que él le daba, demuestran que siempre fue el indicado y apesar de que no estuvieron como pareja frente al mundo, el hecho de que la relación sea de ellos y para ellos es hermoso. Pido un Kakashi que me ame de tal manera y si llega lo amare de igual forma que él. Me encantó su novela querido/a autor/a, me fascinó, tuve muchas emociones mientras la leía y en lo personal, si estuviera en el lugar de ella, habría hecho lo mismo, sabiendo el destino que se les daba a las mujeres en esa época./Heart/
me encantó!!