Es una historia de un matrimonio por contrato entre un CEO frío y una mujer que acepta casarse por necesidad. Lo que empieza como un acuerdo sin amor se convierte en una relación intensa donde ambos terminan enamorándose, pero deben enfrentar traiciones, separación y pérdida de memoria que ponen a prueba su relación.
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capitulo 24
El silencio entre ellos ya no era cómodo.
Ya no era neutral.
Era frágil.
Como si cualquier palabra mal dicha pudiera romper algo que ninguno sabía cómo sostener.
Elena seguía frente a él.
Pero ya no estaba a la defensiva.
Eso era lo peligroso.
Porque cuando bajaba las barreras…
todo se volvía más real.
Y más difícil de controlar.
Leonardo la observaba.
En silencio.
No como antes.
No con distancia.
Ahora la miraba intentando entender.
Y eso…
lo estaba descolocando.
Porque no era algo que supiera hacer bien.
—No puedo seguir así.
Había dicho ella.
Y esa frase…
no se le iba de la cabeza.
Porque no sonaba como una amenaza.
Sonaba como un límite real.
—Entonces no sigas.
Respondió él.
Pero no fue frío.
Fue… extraño.
Porque no había intención de alejarla.
Era más bien…
una forma de no perder el control.
Elena lo miró.
Y negó apenas.
—No es tan simple.
Silencio.
—Nunca lo fue.
Agregó.
Y ahí estaba el problema.
Porque ambos lo sabían.
Esto había dejado de ser simple hace tiempo.
Leonardo dio un paso más cerca.
Esta vez sin medir tanto.
—¿Qué querés entonces?
La pregunta fue directa.
Pero no exigente.
Elena se quedó quieta.
Porque no tenía una respuesta clara.
Y eso…
la frustraba.
—No lo sé.
Admitió.
Y esa fue la primera grieta.
Porque Elena no solía mostrarse así.
Ella era firme.
Decidida.
Pero ahora…
no.
Leonardo lo notó.
Y algo dentro de él…
se movió.
No era incomodidad.
Era otra cosa.
Algo más cercano a preocupación.
Y eso…
no le gustó.
Porque significaba que ella le importaba.
Más de lo que debería.
—Esto empezó como un acuerdo.
Dijo ella.
Más baja.
—Con reglas claras.
—Lo sé.
—Entonces no entiendo en qué momento…
Se detuvo.
Buscando las palabras.
—dejamos de respetarlas.
Silencio.
Leonardo la miró fijo.
—Cuando dejamos de ignorarnos.
Respuesta simple.
Pero exacta.
Elena bajó la mirada.
Porque sabía que tenía razón.
Porque todo había cambiado cuando empezaron a verse de verdad.
A reaccionar.
A sentir.
—No debería haber pasado.
Murmuró.
Y esta vez…
sí sonó convencida.
Eso fue lo que cambió algo en él.
Porque no era rechazo.
Era miedo.
Leonardo dio otro paso.
Ahora estaba más cerca.
Demasiado.
—Pero pasó.
Elena levantó la mirada.
Y por primera vez…
no se apartó.
—Y no sé qué hacer con eso.
Ahí.
Ese fue el quiebre.
Porque lo dijo.
Porque lo admitió.
Porque dejó ver lo que realmente le pasaba.
Y eso…
la volvió vulnerable.
Leonardo la observó.
Y algo en su expresión cambió.
Más suave.
Más real.
Porque verla así…
lo afectaba.
—No tenés que hacer nada.
Su voz fue más baja.
—Sí tengo.
Respondió ella.
Casi al instante.
—Porque esto…
Se llevó una mano al pecho.
—no es solo físico.
Silencio.
Y esa frase…
pesó.
Porque lo dejó claro.
No era solo deseo.
Era algo más.
Y eso…
era lo verdaderamente peligroso.
Leonardo pasó una mano por su rostro.
Exhaló.
Porque eso…
no estaba en sus planes.
Nunca lo estuvo.
—Esto no cambia lo que somos.
Dijo.
Intentando recuperar terreno.
Pero Elena negó.
—Sí lo cambia.
Y esta vez…
no dudó.
—Porque ahora ya no puedo mirarte como antes.
Silencio.
Esa frase…
lo golpeó.
Porque él tampoco podía.
Pero no lo dijo.
Porque admitirlo…
era perder el control.
—Entonces no lo hagas.
La respuesta fue rápida.
Defensiva.
Y eso…
la hizo retroceder un paso.
No físico.
Emocional.
—Eso es lo único que sabés hacer.
Su voz cambió.
Más fría.
—Evitar.
Silencio.
Leonardo la miró.
Y esta vez…
no tuvo una respuesta inmediata.
Porque era verdad.
Y eso…
lo incomodó más de lo que esperaba.
Elena tomó aire.
Y se recompuso.
—No puedo ser la única que siente esto.
Ahí.
Esa fue la pregunta real.
La que importaba.
La que él no quería responder.
Leonardo apretó la mandíbula.
La miró.
Y por un segundo…
estuvo a punto de decirlo.
De admitirlo.
Pero no lo hizo.
—Esto no tiene sentido.
Evasión.
Y Elena lo entendió.
Completamente.
Y eso…
fue suficiente.
Asintió.
Lento.
—Tenés razón.
Pero no sonó igual.
Sonó a cierre.
A distancia.
A decisión.
—Entonces mejor dejamos esto acá.
Y dio un paso atrás.
Esta vez sí.
Marcando el espacio.
Marcando el límite.
Y marcando algo más.
Que ella…
iba a ser la primera en romperse.