Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
NovelToon tiene autorización de AMZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 15
Erick sonrió, aunque aquella sonrisa no tenía realmente nada de divertida.
Durante un instante observó la mano de Ezra aún sujetando su muñeca, y luego levantó la mirada hacia él.
— Creí que había agudizado mis sentidos en el último tiempo…— pensó Erick con una mezcla de sorpresa y disgusto. —Pero ni siquiera lo oí acercarse.
La presión firme con la que Ezra lo había detenido resultaba irritante.
El príncipe ladeó ligeramente la cabeza y habló con un tono burlón.
—Ah, duque… ¿no deberías estar atendiendo algún berrinche de mi cuñada?
Era una provocación clara.
Sin embargo, la expresión de Ezra no cambió ni un milímetro.
Sus ojos permanecieron fríos, tranquilos.
Aquello desconcertó a Erick.
Siempre que él se burlaba de Lina, Ezra reaccionaba de inmediato. Era casi automático. Pero esta vez… no dijo nada.
Ni siquiera parecía afectarle.
En lugar de responder, Ezra dirigió su mirada hacia Irene.
Ella observaba la escena con evidente desconcierto, sin comprender del todo qué estaba ocurriendo entre ambos hombres.
Entonces Ezra soltó bruscamente la muñeca del príncipe.
Dio un paso hacia Irene y se colocó frente a ella, bloqueando completamente la vista de Erick.
El gesto fue tan natural como deliberado.
Ezra la observó en silencio durante varios segundos.
Un silencio lo suficientemente largo como para resultar extraño.
Sus ojos se detuvieron en la rosa rosada que adornaba su cabello plateado.
Finalmente habló.
—Le queda bien.
Irene parpadeó levemente.
Lo miró con curiosidad, intentando descifrar a qué se refería exactamente.
— Qué torpe es para expresarse—, pensó con cierta ironía. — ¿Por qué no decirlo con claridad?
Antes de que pudiera responder, la voz de Erick volvió a resonar desde atrás.
—Duque, parece que estás con mucha energía hoy.
Había perdido parte del tono relajado que mostraba antes.
—¿Qué tal un combate para bajar un poco esa arrogancia tuya?
Ezra giró apenas el rostro, lo suficiente para dirigirle una mirada de reojo.
—Sí, tengo energía —respondió con calma—, pero no pienso desperdiciarla con usted.
Hizo una breve pausa antes de continuar con un tono que no ocultaba la burla.
—Por cierto… tal vez no le vendría mal entrenar un poco más. Podría ayudarle a agudizar sus sentidos y reflejos.
Erick frunció el ceño.
La tensión entre ambos no era ningún secreto dentro del ejército real.
Aunque, en realidad, aquella rivalidad existía principalmente del lado de Erick.
Ezra nunca había demostrado demasiado interés en competir con él.
Pero para Erick era imposible ignorarlo.
En habilidades de combate, aún no había logrado superarlo.
Tampoco como estratega.
Esas mismas cualidades habían llevado a Ezra a convertirse en comandante del ejército real… un puesto al que Erick había aspirado durante años.
Y cada vez que Ezra demostraba, con aparente facilidad, que aún estaba lejos de alcanzarlo, Erick sentía que su orgullo recibía una nueva herida.
Por eso, en momentos como ese, su paciencia se desmoronaba con rapidez.
Sin embargo, Ezra ya había perdido interés en la conversación.
Volvió a girarse hacia Irene.
—¿Podríamos caminar un poco?
Irene lo miró durante un momento.
La situación había sido tan extraña que necesitó unos segundos para procesarla.
Pero finalmente asintió con suavidad.
—Claro.
Ambos comenzaron a avanzar por el pasillo.
Antes de marcharse del todo, Ezra lanzó una última mirada hacia Erick.
Una mirada que el príncipe no supo interpretar.
Cuando finalmente se alejaron, Erick se quedó quieto en el mismo lugar, observando sus espaldas.
— ¿Qué le pasa a este tipo? Él Ezra Markov que conozco... no se comporta de ese modo.
El pensamiento apareció en su mente con irritación.
Durante años había sabido perfectamente cuál era la debilidad de Ezra.
Lina.
Todo el mundo sabía que Ezra había estado enamorado de ella durante mucho tiempo.
Por eso mismo, lo que acababa de ver no tenía sentido.
Después de alejarse del palacio, Ezra caminó unos pasos junto a Irene antes de detenerse.
Durante un momento pareció dudar, como si estuviera considerando si decir algo o no.
Finalmente habló.
—¿Aún tiene tiempo?
Irene lo miró con cierta sorpresa.
—Sí… supongo que sí.
Ezra asintió apenas.
—Entonces… demos un paseo por la ciudad...
Minutos después, el carruaje los dejó en el distrito comercial de la capital.
Las calles estaban llenas de vida. Comerciantes anunciaban sus productos, los escaparates brillaban bajo la luz de la tarde y el murmullo de la gente creaba un ambiente animado.
Sin un destino particular, comenzaron a caminar entre las tiendas.
Durante unos minutos ninguno dijo nada.
Ezra parecía ligeramente tenso.
Finalmente habló, con un tono que dejaba entrever cierta incomodidad.
—Hoy fui al palacio… a exigir explicaciones sobre el incidente del lago.
Irene giró la cabeza hacia él con atención.
—También pedí una disculpa apropiada por parte de la princesa heredera.
Irene lo escuchó en silencio.
Internamente, una pequeña pieza del rompecabezas encajó.
— Así que era por eso...
Por eso Lina se había disculpado en el jardín.
Aun así, Irene no pudo evitar sorprenderse.
Ezra siempre había protegido a Lina. Era algo que todos sabían. Resultaba difícil imaginar que hubiera presionado a la princesa de esa manera, sabiendo que podría ponerla en una situación incómoda.
—Parece que está arrepentida de su comportamiento —dijo Irene con serenidad—. Me ofreció algo parecido a unas disculpas.
Ezra frunció ligeramente el ceño.
Aquello no sonaba exactamente como una disculpa sincera.
Pero antes de que pudiera preguntar, Irene se detuvo frente a una tienda.
Era una armería.
En el escaparate se exhibían espadas, dagas y diferentes artículos relacionados con el combate.
Ezra la miró con cierta sorpresa.
No esperaba que algo así llamara su atención.
—¿Podemos entrar? —preguntó Irene.
Ezra tardó un segundo en reaccionar.
—Claro.
Abrió la puerta y la dejó pasar primero.
Dentro, el olor a metal pulido y cuero llenaba el ambiente.
Irene se acercó al mostrador y señaló una espada que había visto en la vidriera.
—¿Podría mostrarme esa?
El comerciante asintió y la colocó sobre el mostrador.
Irene la tomó con cuidado.
En ese momento, la voz de Ezra resonó muy cerca de su oído.
—Si me permite aconsejarle… —dijo en voz baja— eso es demasiado pesado para usted. Una aleación más ligera sería ideal.
La cercanía inesperada la hizo estremecerse ligeramente.
Por un instante sintió que su respiración se detenía.
No estaba acostumbrada a tenerlo tan cerca.
—No… no es para mí —respondió intentando mantener la compostura.
Ezra frunció el ceño.
—¿No es para usted? Entonces… ¿para quién?
Irene respondió con calma.
—Es para Adrián.
Ezra se tensó.
Por un segundo, una idea absurda había cruzado su mente.
Había pensado que Irene compraba aquella espada para otro hombre.
Y ese pensamiento había despertado un enojo inexplicable.
Cuando comprendió la verdad, se sintió inmediatamente avergonzado.
—Ah… es para su hermano… —balbuceó.
—Sí —respondió Irene con naturalidad.
Luego lo miró con una pequeña sonrisa.
—Pero usted sabe mucho más de estas cosas que yo. ¿Podría ayudarme a elegir una espada adecuada para él?
Ezra no pudo evitar sonreír.
Había algo extrañamente gratificante en que Irene le pidiera ayuda.
—Por supuesto.
Pasaron un rato comparando diferentes espadas hasta que finalmente eligieron una que parecía perfecta para Adrián.
Cuando salieron de la tienda con el paquete cuidadosamente envuelto, continuaron caminando por el distrito comercial.
Después de un momento, Ezra habló de nuevo.
—¿No va a elegir algo para usted?
Irene lo miró con desconcierto.
—No tenía pensado comprar nada.
Ezra insistió.
—Compre lo que quiera. Yo lo pagaré.
Irene lo observó durante un segundo.
Internamente pensó.
— Oh… entonces me estás presumiendo que eres ridículamente rico.
Una sonrisa se dibujó en su rostro.
— Eso es bueno para mí. Cuanto más grande sea tu fortuna… más grande será mi pensión después del divorcio.
Aquella idea la animó bastante.
Mientras caminaban, Irene se detuvo frente a una librería.
—Entraré aquí.
Ezra la siguió.
Irene no buscaba ningún libro en particular.
Simplemente recorrió los estantes hasta que uno llamó su atención.
Tenía una portada rojo carmesí con letras doradas.
Lo tomó sin mirar demasiado.
Ese fue su error.
Minutos después, llevó el libro al mostrador.
La mujer que atendía levantó la vista hacia Irene… y luego hacia Ezra, que estaba de pie detrás de ella.
Una sonrisa curiosa apareció en su rostro.
—¿Recién casados?
Irene levantó una ceja, desconcertada.
—¿Perdón?
La mujer suspiró con entusiasmo.
—Las parejas jóvenes son tan enérgicas.
Irene no entendía absolutamente nada.
¿De qué estaba hablando?
En ese momento, Ezra, que estaba bastante cerca detrás de ella, se inclinó ligeramente y susurró.
—No sabía que la señorita tenía ese tipo de intereses…
Su voz era baja.
—Tal vez entonces yo también debería aprender.
Irene giró la cabeza rápidamente para mirarlo.
Ezra tenía una expresión claramente avergonzada.
Casi acalorada.
Pero Irene no tuvo tiempo de preguntar nada.
La mujer ya le estaba entregando el libro envuelto con una sonrisa cómplice.
Ezra pagó sin decir más.
Ambos salieron de la tienda.
Durante el camino de regreso, Irene no dejaba de preguntarse qué había pasado allí dentro.
Mientras tanto, Ezra caminaba a su lado… visiblemente tensó.
Ni siquiera parecía capaz de mirarla directamente a la cara.
Irene no descubrió el motivo hasta más tarde.
Cuando regresó al condado.
Subió a su habitación y dejó el paquete sobre la cama.
Durante varias horas ni siquiera pensó en abrirlo.
Pero justo antes de irse a dormir, el libro que estaba frente a ella le llamo la atención.
Tomó el paquete y lo desenvolvió.
Cuando tuvo el libro en sus manos, leyó el título.
Durante unos segundos se quedó completamente inmóvil.
Luego sus manos comenzaron a temblar.
El libro cayó al suelo.
El rostro de Irene se volvió rojo intenso.
El libro que había comprado… era un manual sobre cómo complacer a su marido en la cama.
El título era tan sugerente que ahora resultaba imposible ignorarlo.
Pero en la tienda ni siquiera lo había leído.
Irene se dejó caer sobre la cama.
Tomó una almohada y se cubrió el rostro con ella, como si eso pudiera esconder su vergüenza.
—Compré algo así… frente al duque… —murmuró con la voz ahogada.
Y él además lo pagó.
—No puede ser…
La humillación se intensificó al recordar el comentario de la dependienta… y el susurro de Ezra.
—¿Cómo voy a aclarar esto ahora…?
Irene se hundió más en la almohada.
En ese momento, sinceramente deseaba que la tierra se abriera y la tragara antes de tener que volver a mirar al duque Ezra Markov a la cara.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener