Había regresado al pueblo con una sola intención: verla.
No pasaron ni diez minutos desde que bajó del bus cuando la noticia lo golpeó como una patada al pecho: “Ella se casa el sábado.”
El corazón le ardió. Los puños también.
¿Casarse? ¿Con otro? ¿Ella? ¿Suya?
No.
Eso no iba a pasar.
NovelToon tiene autorización de Phandi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
“La redención de Camilo”
Camilo caminaba solo, en medio de la maleza.
El sudor le bajaba por la espalda, pero no era por el calor.
Era culpa.
Miedo.
Y decisión.
Sus pasos lo alejaron del campamento donde Sebastián ajustaba los detalles de la emboscada.
Tenía un plan.
Pequeño.
Peligroso.
Pero era todo lo que podía hacer.
Había escondido un viejo teléfono satelital en una bolsa sellada con su ropa sucia. Nadie lo revisaría allí.
Tomó el aparato y miró a su alrededor.
Silencio.
Marcó.
No sabía si llegarían, pero lo intentó.
—Vamos, vamos, por favor, que tengan señal…
La línea se conectó.
Una voz infantil contestó:
—¿Aló?
Era Joshua.
—¿Quién habla? —preguntó.
—Joshua, —dijo Camilo con voz baja— tienes que escucharme con atención. No hagas preguntas.
Dile a Elsa y a Tomás que están en peligro. Sebastián los espera en el paso del Cañón del Silencio. Tiene hombres rodeando la quebrada. Deben cambiar de rumbo esta misma noche. ¿Entiendes?
Silencio.
—¿Por qué nos ayudas? —susurró Joshua.
—Porque tengo una hija. Porque ya no quiero cargar con más sangre. Porque lo que le ha hecho a Elsa no tiene perdón. Tienen hasta el amanecer. Después, no podré protegerlos.
Antes de cortar, dijo una última cosa:
—Dile a Tomás que el que camina con odio nunca llegará tan lejos como el que camina con amor. Que no se ensucie el alma como nosotros...
Colgó.
Respiró.
Se quedó quieto.
Sabía que si Sebastián se enteraba, lo mataría.
Pero ya no importaba.
Mientras tanto, en el campamento…
Joshua entró corriendo a la tienda de campaña donde Elsa y Tomás intentaban dormir abrazados.
Elsa ya tenía una venda en el tobillo y Tomás un rasguño reciente en la ceja.
—¡Tenemos que irnos! —gritó Joshua.
Ambos se incorporaron.
—¿Qué pasa? —preguntó Tomás.
—Nos van a emboscar. Un hombre nos llamó. Dijo que Sebastián los espera en la quebrada. Que tiene hombres armados.
Elsa palideció.
Tomás apretó los dientes.
—¿Quién?
—No dijo su nombre. Solo dijo que tenía una hija y que no quería más sangre. Que tomes otro camino.
Tomás se acercó a Joshua, lo tomó del hombro.
—Gracias por confiar. ¿Sabes a dónde debemos ir?
Joshua sacó un pequeño mapa doblado de su mochila.
—Don Silvio me dijo que había una ruta vieja. Cruza por el bosque del este, pero es difícil. Si tomamos por ahí, evitamos el cañón.
Elsa asintió.
—Entonces vamos. No nos queda otra.
Tomás cargó su mochila, Elsa apretó la mano de Joshua, y los tres salieron en silencio…
...sin saber que, en el campamento de Sebastián, Camilo se preparaba para fingir que nada había pasado.
“El instinto del cazador”
Sebastián se apoyó en la roca que bordeaba el campamento, mientras el sol aún no terminaba de alzarse.
Tenía los ojos rojos. No por falta de sueño, sino por la rabia acumulada.
Había dicho que la dejaría ir.
Mentira.
Le había dicho a Camilo que no la tocaría más.
Mentira.
Y peor aún: le había dicho que se rendía con Tomás.
Otra maldita mentira.
Porque en su mente enferma, Elsa era suya.
No por amor.
No por derecho.
Sino por obsesión.
Porque él no soportaba que alguien más la tuviera en el alma… si él apenas tenía su sombra.
—"Voy a quedarme cerca, Camilo", le había dicho la noche anterior. "No para hacerle daño... solo quiero verla feliz, aunque no sea conmigo..."
Camilo había tragado saliva. Asintió.
Pero ahora, algo no cuadraba.
Desde que volvió de hablar con los demás hombres, Sebastián notó un silencio sospechoso entre los suyos.
Uno de los hombres —Pedro, el más bruto— se le acercó en la penumbra.
—Jefe, el recorrido que marcó Camilo no tiene sentido. Nadie pasa por el bosque viejo. Está infestado de espinas y barrancos. ¿Por qué los seguiríamos por ahí?
—¿Qué estás insinuando? —Sebastián frunció el ceño.
—Nada… pero si Camilo fue quien sugirió el punto del Cañón, y luego cambió de parecer…
Sebastián entrecerró los ojos.
—¿Dónde está Camilo ahora?
—Hace rato que no lo vemos.
Sebastián sintió que algo se rompía por dentro.
Una hebra de confianza.
Una grieta.
Una traición.
"Ese bastardo me mintió."
Y entonces lo recordó.
El brillo en los ojos de Camilo cuando le preguntó si realmente ya no haría daño.
Su forma de mirar al niño Joshua.
El gesto de apretar los labios como quien no soporta su conciencia.
¡Había sido traicionado!
—¡Preparen todo! ¡Nos vamos ya! —gritó.
Los hombres se miraron confundidos.
—¿A dónde, patrón?
—Al bosque viejo. No me pregunten cómo lo sé. Tomás ya no está tan perdido como cree. Y Camilo… si lo encuentro, lo entierro con mis propias manos.
Se acercó a su caballo, se calzó los guantes, se ajustó el cinturón donde llevaba su arma.
Y mientras la brisa agitaba su chaqueta de cuero y los árboles susurraban entre las ramas...
Sebastián sonrió.
No por placer.
Sino por crueldad.
—Ya no me importa lo que le prometí a Elsa.
Ni lo que me dijo mi madre.
Ni las palabras de esa vieja Paulina.
Lo único que me importa es que Tomás no salga vivo de este bosque.
Y si tengo que arrastrar a Elsa conmigo para que lo vea morir, lo haré…
con una maldita sonrisa.
ecxelente