En un pueblo donde el tiempo parece haberse detenido y los secretos pesan más que las palabras, Melika Rivas siempre creyó conocer a las personas que la rodeaban. Hasta que empezó a notar cosas imposibles. Chicos demasiado fuertes. Miradas que esconden algo salvaje. Noches donde el bosque parece respirar. Y en medio de todo aparece Orión Lurks, el mejor amigo de su hermano, tan misterioso como peligroso. Alguien que parece saber más sobre ella de lo que debería. Mientras la luna llena se acerca, Melika descubrirá que en su pueblo existen secretos capaces de destruir familias, despertar monstruos… y cambiarla para siempre.
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Demasiado tarde
La puerta se abrió de golpe.
El ruido atravesó toda la casa.
—¡Ícaro ! —la voz de Orión fue firme, urgente—. ¡Necesito ayuda!
Pasos.
Rápidos.
La madre de Melika apareció primero.
Y se detuvo en seco.
Su mirada cayó sobre su hija.
En brazos de Orión.
Pálida.
Temblando.
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—¿Qué pasó? —su voz no tembló.
Pero sus ojos sí.
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El padre llegó detrás.
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Y entonces—
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Ícaro.
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Se congeló al verla.
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Un segundo.
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Después todo explotó.
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—¿Qué hiciste? —su voz fue directa.
Dura.
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Melika apenas levantó la cabeza.
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—Yo no—
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El dolor la cortó.
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Orión intervino.
—Se cayó en el bosque.
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Silencio.
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Pesado.
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Denso.
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Los ojos de Ícaro se clavaron en ella.
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—Te dije que no fueras.
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Ahí.
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El enojo volvió.
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Incluso con el dolor.
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—¡No soy tu responsabilidad! —soltó Melika.
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Su madre reaccionó al instante.
—Basta.
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Se acercó.
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—Ponela acá —le dijo a Orión.
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Él obedeció.
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Con cuidado.
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Demasiado cuidado.
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La recostó en el sillón.
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Pero no se alejó.
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Ni un paso.
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Melika apretó los dientes cuando su pierna se movió.
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—Ah…
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Su madre se arrodilló frente a ella.
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Sus manos firmes.
Seguras.
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Pero su mirada…
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preocupada.
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—Déjame ver —dijo.
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Melika negó apenas.
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—Duele…
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—Lo sé.
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No era una suposición.
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Lo sabía.
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Le levantó el pantalón con cuidado.
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La piel ya empezaba a hincharse.
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El ángulo no era normal.
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El padre exhaló lento.
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—Está mal.
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—Ya veo —respondió la madre.
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Silencio.
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Ícaro dio un paso adelante.
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—Tenemos que—
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—No —lo cortó ella.
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Su tono cambió.
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Más bajo.
Más firme.
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Ícaro se detuvo.
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Orión tensó la mandíbula.
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—No hay tiempo —dijo él.
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El padre lo miró.
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—No acá.
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Melika frunció el ceño.
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—¿No acá qué?
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Nadie respondió.
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Otra vez.
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Siempre.
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—¡Díganme! —exigió.
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Su voz tembló.
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De dolor.
De bronca.
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—¡Ya basta!
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El silencio cayó como un golpe.
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Su madre la miró.
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Y por primera vez…
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no intentó suavizarlo.
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—Esto no es un accidente común, Melika.
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El aire cambió.
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Ícaro cerró los ojos un segundo.
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Como si supiera que ese momento iba a llegar.
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—¿Qué significa eso? —preguntó ella.
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Su voz más baja ahora.
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Más peligrosa.
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Su madre dudó.
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Solo un segundo.
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—Significa que tu cuerpo no va a reaccionar como el de cualquier otra persona.
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Melika sintió un escalofrío.
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—¿Por qué?
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Silencio.
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El padre intervino.
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—Porque ya empezó.
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Ahí estaba.
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Otra vez.
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Pero esta vez…
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sin rodeos.
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Melika miró a Ícaro.
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—¿Eso era lo que no querías que pasara?
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Él no respondió.
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No hacía falta.
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Orión dio un paso más cerca.
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—Necesita estabilizarse —dijo.
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No como sugerencia.
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Como certeza.
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La madre asintió.
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—Lo sé.
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Melika los miró a todos.
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Uno por uno.
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—¿Qué me está pasando?
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Silencio.
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Pesado.
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Insostenible.
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Pero esta vez…
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algo había cambiado.
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Ya no podían fingir.
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Ya no podían esquivar.
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Porque ella estaba ahí.
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Rota.
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Sabiendo demasiado.
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Y aun así…
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no sabiendo nada.
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Su madre tomó su rostro con suavidad.
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—Te lo vamos a explicar.
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Melika sostuvo su mirada.
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Buscando una mentira.
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Pero no la encontró.
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Y eso…
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fue lo más aterrador de todo.
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Porque significaba—
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que esta vez…
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era verdad.