Es una historia intensa y visceral sobre pasión, ambición y lealtad en un universo donde cada decisión puede ser la última.
Un romance envuelto en balas.
Una guerra donde el corazón es el único territorio que no están dispuestos a perder.
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CAPÍTULO 3.
Recuerdo una tarde, donde el cielo estaba gris, pesado, como si también tuviera algo que esconder.
Yo llevaba horas caminando por el mercado, fingiendo que miraba frutas que no podía pagar. Aprendiendo a observar sin que me notaran, a calcular cámaras y a medir distancias.
Y entonces lo vi nuevamente.
Gabriel no parecía un ladrón, más bien parecía un chico cualquiera que estáde compras en el mercado.
Estaba frente al puesto de pan, sus manos dudaban apenas un segundo antes de tomar una pieza y deslizarla dentro de la chaqueta.
"Movimiento limpio, rápido y practicado".
Pero no lo suficiente, ya que el vendedor giró justo cuando él intentaba alejarse.
_ ¡Eh! ¡Tú! _ Gabriel corrió.
_ ¡Ratero! _ Gritó el vendedor y un hombre que estaba cerca de Gabriel lo agarro.
No pensé.
Me moví.
_ ¡Suéltalo! _ intervine, interponiéndome.
El vendedor me miró con desprecio.
_ ¿Es tu cómplice?
Lo miré a él. Tenía la mandíbula tensa, pero no suplicaba, no pedía ayuda. Solo resistía.
_ Es mi primo _ mentí con naturalidad _ Yo le dije que yo lo pagaba.
Saqué las pocas monedas que tenía y pague la pieza de pan que Gabriel había robado.
Hubo un segundo de tensión y luego lo soltó.
_ Desaparezcan _ nos dijo.
No esperamos a que repitiera la orden y caminamos rápido, sin hablar, hasta doblar varias esquinas. Cuando por fin nos detuvimos, estábamos bajo la estructura oxidada de un edificio en construcción.
_ No necesitaba que me salvaras _ dijo él primero.
Su voz era firme y orgullosa.
_ No te salvé... Evité que te rompieran la cara, idiota _ respondí.
Me sostuvo la mirada, oscura, directa e inteligente.
Sacó el pan, lo partió en dos sin decir nada y me extendió la mitad.
_ Gabriel _ dice él.
_ Aurora _ le digo yo.
Ese fue todo nuestro acuerdo y comimos en silencio. Pero no era un silencio incómodo, era un silencio que reconocía algo... Dos personas que sabían lo que era quedarse sin nada.
Esa noche dormimos cerca, no pegados, no confiados. Solo lo suficiente para escuchar si alguien se acercaba.
A la mañana siguiente seguía ahí.
_ Hay un comedor comunitario a tres calles _ me dijo _ Dan sopa al mediodía, pero hay que llegar temprano.
No pregunté cómo lo sabía, solo sé que caminé junto a él.
En la calle, la compañía no es romántica. Es estratégica, es vigilancia compartida, es turnarse para dormir y es cubrirle la espalda al otro sin decirlo en voz alta.
Los días se volvieron semanas.
Gabriel era bueno observando, el detectaba problemas antes de que explotaran. Sabía negociar sin humillarse y sabía cuándo irse antes de que algo se pusiera feo.
Yo sabía resistir, sabía callar y sabía leer miradas.
Éramos distintos... Pero encajábamos.
Una noche, un grupo mayor intentó quitarnos el poco dinero que habíamos reunido. Gabriel dio un paso adelante sin pensarlo.
_ Tócalo _ advirtió.
No gritó y no amenazó.
Solo sostuvo la mirada del líder hasta que el otro decidió que no valía la pena.
_ Podrían haberte lastimado _ le dije.
_ Podrían haberte lastimado a ti _ respondió.
Fue la primera vez que alguien me defendía sin obligación, la primera vez que no estaba sola por elección propia… sino porque alguien decidió quedarse.
No nos prometimos nada, no hablamos de futuro... Pero desde ese día dejamos de caminar separados.
Compartíamos comida, compartíamos turnos y compartíamos silencios en medio del ruido de la ciudad, del frío del asfalto y del miedo constante… Nos volvimos inseparables.
No porque necesitáramos compañía, sino porque, por primera vez, alguien no se estaba quedando por lástima… Si no porque quería hacerlo.
Recuerdo una vez, intentamos entrar a una biblioteca pública solo para usar el baño y calentarnos un rato. Gabriel insistió en que debíamos “parecer normales”.
_ ¿Y qué es normal? _ le pregunté.
_ Gente que no parece que va a robar el diccionario.
Me hizo sacudirme el polvo del pantalón, me acomodó el cabello detrás de la oreja y se pasó la mano por el suyo intentando domarlo.
Entramos con la frente en alto y duramos exactamente seis minutos antes de que el guardia nos pidiera salir.
Cuando cruzamos la puerta, me miró serio… y después estalló en risa. Yo intenté mantener la compostura, pero terminé riéndome también.
_ Bueno _ dijo _ Somos seis minutos más cultos.
Y nos reímos a carcajadas.
También recuerdo cuando encontramos una chaqueta casi nueva en una bolsa de basura. Me quedaba grande, pero era gruesa.
_ Te la quedas tú _ le dije.
_ No.
_ Tú eres más friolento.
_ Y tú más terca.
Terminamos haciendo una cosa ridícula: usarla por turnos. Durante el día la llevaba uno, en la noche el otro o cuando tocaba dormir, la poníamos encima de ambos como si fuera una pequeña carpa improvisada.
Pero no todo siempre fue color de rosas, recuerdo que un día discutimos.
Yo quería movernos de zona; había demasiada droga en el barrio y él decía que exageraba.
_ Siempre estás lista para huir _ me reprochó.
_ Porque quedarme puede ser peligroso _ le grité para que entendiera.
Nos miramos con rabia contenida. No estábamos enojados el uno con el otro... Estábamos enojados con todo y esa noche dormimos separados por primera vez en semanas. Y fue insoportable, no por tener miedo, porque me sentía incompleta.
Al amanecer, lo encontré sentado donde siempre, con las rodillas apoyadas en el pecho.
Me senté a su lado sin hablar.
_ Tenías razón _ dijo al fin _ Ayer mataron a uno de nosotros.
No le pregunté quién fue.
_ Entonces nos movemos _ le pedí y él asintió inmediatamente.
Caminamos antes de que saliera el sol y desde entonces entendimos algo: no era cuestión de tener la razón, era cuestión de sobrevivir juntos.
ella claramente le dijo que era una trampa pero el de disque macho se fue y cayó en el anzuelo a si que no venga a reclamar nada 😡
despues de aquí seguro aparecerá la valentina esa ocupando el lugar de aurora