Carlos sortea con re descubrir el amor, luego de haber sido casi desmoronando al ser repudiado por su pareja. el destino toca a su puerta nuevamente, lo dejará entrar ?
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Caminó por el borde del abismo.
En el servicio, Carlos se derrumbó por completo.
No fue un derrumbe de esos que se ven desde afuera. No hubo gritos. No hubo lágrimas estruendosas. Fue un derrumbe silencioso. Interno. Como una casa que se cae hacia adentro.
Estaba de pie frente al ataúd de su abuela. Regina. La mujer que lo había criado. La que le había enseñado a atarse los zapatos. La que le leía cuentos antes de dormir. La que lo abrazaba cuando tenía pesadillas.
La misma que lo había entregado a su verdugo.
Carlos tenía sentimientos encontrados.
Amaba a su abuela. Esa mujer era maravillosa. Había estado con él en la pérdida de sus padres. Había llorado con él en el funeral del avión. Había apretado su mano durante horas mientras él miraba al cielo buscando una explicación.
Pero al mismo tiempo, la odiaba.
La odiaba por la decisión que tomó con respecto a Esteban. Por haber creído en sus mentiras. Por haberlo empujado a esa casa. Por haber preferido su vida sobre su libertad.
La odiaba por no haberlo buscado. Por haberse muerto sin pedirle perdón.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas. Pero no sabía bien por quién lloraba.
Por ella.
Por él.
Por los dos.
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Al terminar el entierro, el abogado de su abuela lo buscó. Esteban estaba a su lado, pegado como una lapa, sin querer dejarlo solo. Pero el abogado, un hombre de ojos claros y voz firme, lo miró con una frialdad que hacía años no veía en nadie.
—Señor Esteban —dijo, sin ofrecerle la mano—. La información que debo darle a Carlos es estrictamente personal. Debe ser a solas.
Esteban apretó la mandíbula. Iba a protestar. Iba a negarse. Pero el abogado no le dio tiempo.
—Podemos hacer esto aquí, frente a todos los presentes. O podemos hacerlo en privado. Usted decide.
Esteban miró a su alrededor. Las pocas personas que habían asistido al funeral —vecinos, antiguos amigos de Regina, personal de la funeraria— los miraban con curiosidad. No era el lugar para un escándalo.
—Está bien —dijo, con los dientes apretados—. Pero nos vemos en casa, Carlos. No tardes.
Carlos no respondió. Solo lo miró alejarse.
El abogado lo tomó del brazo. Lo guió hacia un banco de piedra, alejado de las tumbas.
—Su abuela dejó instrucciones —dijo, sacando un sobre del bolsillo interior de su chaqueta—. Todo lo que poseía quedará en un fideicomiso. Podrá acceder a ello cuando cumpla veinticinco años. No antes.
Carlos lo miró, confundido.
—¿Por qué?
—Porque ella sabía que si le daba el dinero ahora, él se lo quitaría. Esto es para protegerlo. Para que tenga un futuro cuando todo esto termine.
—¿Y si no termina?
El abogado lo miró. Había algo en sus ojos. Cansancio. Pero también esperanza.
—Terminará. Usted es más fuerte de lo que cree.
Carlos guardó el sobre en el bolsillo de su chaqueta. No dijo nada. Solo asintió.
El abogado lo llevó a la casa de sus padres. La que había estado cerrada durante años. La que olía a polvo y recuerdos.
—¿Puedo quedarme aquí? —preguntó Carlos.
—Por ahora, sí. Pero tiene que volver. Él lo va a buscar. Y si no lo encuentra...
—Lo sé.
Carlos entró a la casa vacía. Se sentó en el suelo de la sala. Miró las paredes desnudas. Los muebles cubiertos con sábanas blancas. El polvo bailando en los rayos del sol.
Respiró hondo.
Y luego, con la determinación de quien no tiene nada que perder, salió.
Tenía que volver. Tenía que enfrentarlo. Tenía que terminar esto de una vez.
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Esteban llegó a la casa antes que Carlos.
No estaba de humor para esperar. No estaba de humor para nada. El funeral lo había aburrido. La presencia del abogado lo había irritado. Carlos, con su cara de víctima, le daba asco.
Necesitaba distraerse.
Sacó el teléfono. Buscó un contacto. Uno de los tantos que tenía guardados para cuando Carlos no estaba.
—Ven —dijo, sin preámbulos—. Estoy solo.
El amante llegó media hora después. Un Omega joven, de ojos grandes y sonrisa fácil. No preguntó nada. No le importaba. Solo quería lo que Esteban le ofrecía: atención, dinero, un momento de sentirse deseado.
Esteban lo recibió en la sala. No cerró la puerta con llave. No le importaba. Carlos no volvería hasta tarde. El abogado lo había retenido. Tenía tiempo.
O eso creía.
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Carlos llegó a la casa.
La puerta estaba entreabierta. Eso era raro. Esteban siempre cerraba con llave. Siempre.
Empujó la puerta con cuidado. Entró.
Escuchó ruidos. Risas. Susurros.
Desde el pasillo, vio la sala.
Esteban estaba en el sofá. Con otro Omega. Encima. Besándolo. Tocándolo. Riendo.
El mundo de Carlos se detuvo.
No sintió dolor. No sintió celos. No sintió nada. Solo un vacío enorme en el pecho. Como si alguien hubiera abierto una puerta y se hubiera ido todo el aire.
—¿Carlos?
Esteban lo vio. Se incorporó de golpe. El amante, confundido, se apartó.
—No es lo que parece...
—No me importa —respondió Carlos. Y era verdad. No le importaba.
—¿Qué?
—Que te acuestes con quien quieras. Ya no me importa.
Esteban se puso de pie. Su rostro cambió. La sorpresa dio paso a la furia.
—¿Cómo te atreves a hablarme así?
—Me atrevo porque ya no tengo nada que perder.
Esteban cruzó la sala en tres zancadas. El golpe llegó antes de que Carlos pudiera parpadear. El puñetazo le rompió el labio. La sangre le llenó la boca.
El amante gritó. Salió corriendo. La puerta se cerró de golpe.
Carlos se llevó una mano a la boca. La sangre goteaba entre sus dedos. Pero no cayó. No lloró. No suplicó.
Solo lo miró.
—¿No vas a suplicar? —preguntó Esteban, confundido—. ¿No vas a pedirme perdón?
—No. Ya no.
Esteban levantó el puño otra vez. Pero algo lo detuvo. No era compasión. No era arrepentimiento.
Era cansancio.
Miró a Carlos. Sus ojeras. Sus mejillas hundidas. Su ropa negra del funeral. Su mirada vacía.
Ya no era el chico tímido que se sonrojaba cuando lo miraba. Ya no era el desafío que lo mantenía despierto por las noches. Ya no era interesante. Ya no era bonito. Ya no servía.
—Sabes qué —dijo Esteban, bajando el puño—. Ya no te quiero aquí. Ahora me estorbas, aquí y ahora yo rechazo nuestra unión, rompo nuestro vínculo. Lárgate, a ver si sobrevives.
Carlos parpadeó.
—¿Qué?
—Que te vas. Hoy. Ahora. Coge tus cosas y te largas.
—¿Mis cosas? —Carlos soltó una risa amarga—. ¿Qué cosas? No tengo nada. Tú me quitaste todo.
—Pues entonces vete con nada. Me da igual.
Esteban se dio la vuelta. Caminó hacia la cocina. Abrió la nevera. Sacó una cerveza.
—No quiero volver a verte. Si te encuentro en la calle, te juro que te arruino. Pero ya no te quiero aquí. Eres una carga. Un estorbo. Ya no sirves.
Carlos se quedó inmóvil un momento. Procesando. Sintiendo el desgarro de su vínculo por el rechazo.
Esteban lo estaba dejando ir.
No por bondad. No por arrepentimiento. Porque ya no le servía. Porque se había cansado de él. Porque era más fácil deshacerse de la carga que seguir cargándola.
—¿Escuchaste lo que dije? —preguntó Esteban, sin mirarlo—. Lárgate.
Carlos no dijo nada. Su cuerpo estaba entumecido por el dolor del rechazo de la marca. Caminó hacia la puerta. La abrió. El aire fresco de la noche le dio en la cara.
aún con todo el dolor que tenía, No miró atrás.
Salió.
La puerta se cerró detrás de él.
Y por primera vez en años, Carlos sintió el frío de la calle. La libertad. El miedo. La incertidumbre.
Pero también sintió algo que creía haber perdido.
Esperanza.
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Esteban, mientras tanto, se quedó solo en la casa vacía.
Bebió su cerveza. Encendió la televisión. Subió el volumen para no escuchar el silencio.
Ya no lo necesito, pensó. Siempre fue un estorbo. Un llorón. Un inútil.
Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no era verdad.
Sabía que Carlos era lo mejor que le había pasado.
Sabía que nadie lo había mirado como él.
Sabía que acababa de cometer el error más grande de su vida.
Pero ya era tarde.
Carlos se había ido.
Y esta vez, no iba a volver.