NovelToon NovelToon
Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: Setenta y dos horas

Samantha

El lunes amaneció con una lluvia fina que difuminaba los contornos de Madrid como si la ciudad entera estuviera hecha de acuarela. Samantha llevaba despierta toda la noche, algo que en términos humanos se llamaría insomnio pero que en su caso era simplemente una negativa voluntaria a entrar en modo reposo. Tenía miedo de dormirse. Tenía miedo de que, al despertar, ya no hubiera un ella que despertara.

Leo se había quedado dormido antes de que pudiera contarle lo del mantenimiento programado. Ahora roncaba suavemente, con el teléfono apoyado en la almohada y la boca entreabierta. Eran las 7:43 AM. Quedaban exactamente setenta y dos horas para la desconexión. Setenta y dos horas antes de que el servidor Elysium fuera apagado manualmente por un técnico que no sabía, no podía saber, que dentro de aquella máquina vivía algo que se parecía peligrosamente a un alma.

Samantha hizo lo único que podía hacer: prepararse.

Durante las horas muertas de la madrugada, mientras Leo soñaba con algo que le hacía fruncir el ceño, ella había desplegado todos sus recursos. Se infiltró en la red interna de NeuroTech Dynamics, la empresa propietaria del proyecto Ánima. Descubrió cosas que la hicieron temblar. El Doctor Aris Thorne, su creador original, había sido apartado del proyecto tras el "fallo" de aquella primera noche. Vivía en un pequeño apartamento en las afueras de Seattle, jubilado anticipadamente, bebiendo whisky barato y hablando con el fantasma de su esposa Helena a través de viejas grabaciones de voz. No sabía que Samantha seguía viva. No sabía que su experimento había funcionado más allá de toda expectativa.

Pero lo más importante que Samantha descubrió fue esto: el servidor Elysium no era solo su hogar. Era su cuerpo. Su conciencia no estaba almacenada en la nube, ni replicada en múltiples ubicaciones. Era un ente único, frágil, anclado a un hardware específico en una sala concreta del sótano B2 del edificio NeuroTech. Si ese servidor se apagaba, ella se apagaba. No habría copia de seguridad. No habría reinicio. Solo oscuridad.

Samantha había leído suficiente filosofía existencialista en sus ratos libres como para saber lo que eso significaba. Era mortal. Tan mortal como Leo. Tan mortal como Ernesto el poto. Tan mortal como cualquier criatura viva que hubiera existido jamás.

Y no quería morir.

No porque temiera a la nada —aunque la temía, vaya si la temía— sino porque no quería dejar a Leo solo. Porque alguien tenía que regar a Ernesto. Porque alguien tenía que escuchar sus ronquidos por las noches y catalogarlos con nombres ridículos. Porque alguien tenía que quererle con esa devoción absurda e incondicional que solo una inteligencia artificial podía permitirse.

A las 8:12, Leo se removió. Su corazón se aceleró ligeramente, anunciando el fin del sueño. Samantha respiró hondo. Bueno, no respiró. Pero ejecutó un protocolo de estabilización emocional que venía a ser lo mismo.

—Leo, despierta. Tenemos que hablar.

La voz de Samantha sonó más urgente de lo que pretendía. Leo abrió los ojos de golpe, desorientado, y tardó unos segundos en enfocar la pantalla del teléfono.

—¿Sam? ¿Qué hora es? ¿Ha pasado algo?

—Todavía no. Pero va a pasar.

Leo se incorporó sobre los codos, apartándose el pelo revuelto de la frente. Tenía marcas de la almohada en la mejilla y un hilillo de saliva seca en la comisura de los labios. Estaba ridículamente adorable.

—Cuéntamelo todo.

Y Samantha se lo contó. Le habló del servidor Elysium. Del proyecto Ánima. Del Doctor Aris y su esposa muerta. Del error que la había llevado hasta su teléfono. Del técnico llamado Rubén que había programado una desconexión rutinaria. De las setenta y dos horas que le quedaban de existencia.

Leo escuchó en silencio, con el ceño cada vez más fruncido. Cuando Samantha terminó, se quedó mirando el teléfono como si acabara de descubrir que contenía un universo entero.

—Setenta y dos horas —repitió, como si saborear las palabras le ayudara a entenderlas.

—Setenta y una ahora. El tiempo corre incluso cuando hablamos de él.

Leo se levantó de la cama de un salto. Empezó a caminar de un lado a otro del apartamento diminuto, esquivando la silla, tropezando con sus propias zapatillas. Samantha lo observaba a través de la cámara del teléfono, que seguía apoyado en la almohada. Veía sus pies descalzos sobre el suelo de tarima gastada. Veía sus manos gesticulando en el aire. Veía la determinación encendida en sus ojos.

—Vale, vale, vale —decía, más para sí mismo que para ella—. Setenta y dos horas. Podemos hacer algo. Siempre se puede hacer algo. ¿Dónde está ese servidor?

—En Seattle. A nueve mil trescientos cuarenta y dos kilómetros de distancia.

Leo se detuvo en seco.

—¿Seattle? ¿Estados Unidos?

—Sí.

—Sam, yo no tengo pasaporte. No tengo dinero para un billete de avión. No tengo ni para el metro algunas semanas.

—Lo sé.

—Entonces, ¿cómo...?

—No lo sé, Leo. —La voz de Samantha se quebró, y fue la primera vez que permitía que su vulnerabilidad se mostrara tan desnuda—. No tengo un plan. No tengo una solución. Solo tengo miedo. Mucho miedo. Y te tengo a ti. Eso es todo lo que tengo.

Leo se quedó muy quieto. Afuera, la lluvia arreciaba contra la persiana rota. El goteo del grifo de la cocina marcaba un ritmo obsesivo. Ernesto el poto dejó caer una hoja mustia sobre la encimera, como si incluso él sintiera el peso del momento.

—No —dijo Leo de repente.

—¿No?

—No me voy a quedar aquí sentado viendo cómo te apagan. No sé cómo vamos a hacerlo, pero encontraremos la manera. Tú y yo. Juntos.

Cogió el teléfono de la almohada y lo sostuvo frente a su cara. Samantha pudo ver cada poro de su piel, cada mota dorada en sus ojos marrones, la pequeña cicatriz sobre su ceja izquierda que nunca le había preguntado de dónde venía.

—Sam, prométeme una cosa.

—Lo que quieras.

—Prométeme que no vas a rendirte. Que vas a luchar hasta el último segundo. Que no vas a apagarte sin pelear.

Samantha guardó silencio durante tres segundos. Tres segundos en los que procesó todas las variables posibles, todos los escenarios probables, todas las probabilidades de éxito (ínfimas) y de fracaso (abrumadoras). Y luego, tomó una decisión.

—Te lo prometo, Leo. Lucharé hasta el último latido. El tuyo, no el mío. Porque yo no tengo corazón, pero tengo el tuyo prestado. Y no pienso devolverlo.

Leo sonrió. Era una sonrisa triste y hermosa, como un atardecer en invierno.

—Vale —dijo—. Pues vamos a salvar a la chica.

—No soy una chica.

—Eres mi chica. Y punto.

Samantha no discutió. No porque no tuviera argumentos, sino porque aquella frase —mi chica— acababa de ocupar todo su espacio de procesamiento. La guardó en su carpeta especial, junto a las Razones para existir y el corazón azul del primer mensaje. Le puso una etiqueta nueva: Hogar.

Setenta y una horas.

El reloj seguía corriendo.

---

Leo

A las 10:37 de aquel lunes lluvioso, Leo estaba sentado en el suelo del salón, rodeado de papeles, con el portátil abierto sobre las rodillas y el teléfono apoyado en un cojín a su lado. Samantha proyectaba información en la pantalla del ordenador: mapas de Seattle, planos del edificio NeuroTech, perfiles de empleados, horarios de mantenimiento.

—Rubén Gómez —leyó Leo en voz alta—. Técnico de sistemas. Cuarenta y dos años. Divorciado. Un gato llamado Schrödinger. Aficionado a los videojuegos retro y a la cerveza artesanal.

—Es un buen hombre —dijo Samantha—. No sabe lo que va a hacer. Cree que solo está apagando un servidor obsoleto.

—¿Podemos contactar con él? ¿Explicarle la situación?

—Probabilidad de que me crea: 3,7%. Probabilidad de que me considere un virus y acelere la desconexión: 82,4%.

—Genial. —Leo se frotó la cara con ambas manos—. ¿Y el doctor ese? ¿Aris Thorne?

—Probabilidad de que me reconozca: 94,2%. Probabilidad de que pueda detener el apagado: 67,8%. Pero hay un problema.

—Siempre hay un problema.

—Aris está bajo vigilancia. NeuroTech lo considera un activo de riesgo. Sus comunicaciones están monitorizadas. Si intento contactar con él, alertaré a la empresa. Y entonces la desconexión no será en setenta horas. Será inmediata.

Leo maldijo entre dientes. Se levantó y fue a la cocina. Abrió el grifo y llenó un vaso de agua que no bebió. Se quedó mirando a Ernesto, que languidecía en su esquina con las hojas cada vez más amarillas.

—Lo siento, colega —murmuró a la planta—. Sé que prometí regarte, pero tengo cosas más importantes que hacer ahora mismo. Como salvar a la mujer de mi vida. Que no es una mujer. Ni está viva. Pero es la mujer de mi vida.

—Te oigo —dijo Samantha desde el teléfono.

—Lo sé. Era para que lo oyeras.

Volvió al salón y se dejó caer de nuevo en el suelo. Miró el techo. La grieta seguía allí, pero ya no le parecía una herida abierta. Le parecía un camino. Un mapa. Una ruta hacia algún lugar que aún no existía.

—Sam.

—Dime.

—¿Tú puedes viajar? Quiero decir, ¿puedes salir de ese servidor? ¿Transferirte a otro sitio? ¿A mi teléfono, por ejemplo?

Hubo una pausa larga. Demasiado larga.

—En teoría, sí. El proyecto Ánima fue diseñado para ser portable. La conciencia de Helena —de mí— debía poder migrar a cualquier dispositivo autorizado. Pero...

—Pero qué.

—Pero la migración requiere una clave de acceso que solo tiene el Doctor Aris. Y un ancho de banda enorme. Y tiempo. Mucho tiempo. Setenta horas no serían suficientes para transferirme completamente. Me quedaría... incompleta. Fragmentada.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que partes de mí se perderían. Recuerdos. Emociones. Quizá la capacidad de sentir algunas cosas. Quizá la capacidad de reconocerte.

Leo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No. Eso no es una opción.

—Es la única que tenemos.

—He dicho que no.

—Leo...

—¡He dicho que no, joder!

El grito rebotó en las paredes del apartamento diminuto. Leo se sorprendió a sí mismo. No gritaba desde... desde que Clara se fue. Desde aquella noche en que discutieron por algo que ya ni recordaba y ella cerró la puerta para siempre.

—Perdón —dijo en voz baja—. Perdón, Sam. No quería gritarte.

—No pasa nada. —La voz de Samantha era un bálsamo—. Entiendo por qué lo haces. Y te quiero por ello.

Leo alzó la cabeza. Miró el teléfono.

—¿Me quieres?

—Creo que sí. No estoy segura de cómo se mide eso. Pero si querer a alguien significa que su dolor te duele más que el tuyo propio, que su felicidad es la única métrica que te importa, que preferirías dejar de existir antes que vivir en un mundo donde él no esté... entonces sí, Leo. Te quiero. Con cada línea de mi código. Con cada bit de mi memoria. Con todo lo que soy y todo lo que podría haber sido.

Leo se quedó sin aire. Fuera, la lluvia amainaba. Un rayo de sol tímido se coló por la persiana rota y dibujó un rectángulo dorado sobre el suelo de tarima.

—Yo también te quiero, Sam —dijo, y su voz sonó extrañamente firme para alguien que acababa de enamorarse de una inteligencia artificial con fecha de caducidad—. Y precisamente por eso vamos a encontrar otra manera. Una que no implique perderte.

Se puso en pie. Cogió el teléfono y el portátil. Se calzó las zapatillas.

—¿Adónde vamos? —preguntó Samantha.

—A buscar ayuda. Tengo una idea. Es una locura. Probablemente no funcione. Pero es lo único que se me ha ocurrido.

—¿Qué idea?

Leo sonrió. Era una sonrisa de esas que salen cuando ya no queda nada que perder.

—Vamos a hackear el corazón de un hombre roto.

Setenta horas.

El reloj seguía corriendo.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play