Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 1
El aire de San Petersburgo no te recibía; te golpeaba.
Susana ajustó la correa de su bolsa táctica, sintiendo cómo el frío calaba incluso a través de la chaqueta de vuelo reglamentaria. A sus 21 años, había aterrizado en bases de Arizona y Texas donde el sol parecía querer derretir el asfalto, pero esto era otro universo. Su piel bronceada, herencia directa de sus padres mexicanos, resaltaba contra el gris plomizo del cielo ruso, y su cabello color borgoña se agitaba con rebeldía bajo la presión del viento.
—Bienvenidos al invierno eterno, Teniente —se dijo a sí misma en voz baja, con ese acento que mezclaba la precisión militar estadounidense con la calidez de sus raíces.
Caminó por la pista de la base aérea con la cabeza en alto. Medía 1.65, pero su porte dictaba que no le temía a nada que tuviera alas. Sin embargo, su confianza flaqueó un milímetro cuando divisó a la figura que la esperaba junto a un hangar de concreto.
El hombre parecía tallado en el mismo hielo que cubría los bordes de la pista. Era imponente, de una estatura que fácilmente rozaba el metro noventa. Su uniforme impecable y su cabello castaño claro, perfectamente recortado, gritaban disciplina. Pero fueron sus ojos los que detuvieron a Susana: un azul tan pálido y gélido que hacían que el clima exterior pareciera tropical.
Susana se detuvo frente a él y realizó el saludo militar con una precisión quirúrgica.
—Teniente Susana Reyes, reportándose para el programa de intercambio de aviación, señor.
El hombre no devolvió el saludo de inmediato. La recorrió con una mirada lenta, evaluativa, como quien inspecciona una pieza de maquinaria que sospecha que está defectuosa.
—Llega dos minutos tarde, Teniente Reyes —dijo él. Su voz era un barítono profundo, cargado de un frío que no necesitaba traducción—. Soy el Capitán Mikhail Volkov. Su capacitador y, por lo que veo, su nueva niñera.
Susana bajó la mano, sintiendo que la sangre mexicana le hervía en las venas. Su carácter era fuerte, y la condescendencia no era algo que soliera dejar pasar sin una respuesta adecuada.
—Vaya, capitán. No sabía que el ejército ruso incluía servicios de guardería en su entrenamiento de élite —respondió ella, con una sonrisa cargada de un sarcasmo tan afilado como un bisturí—. Me avisaron que Rusia era fría, pero no mencionaron que el comité de bienvenida era un témpano con complejo de reloj suizo.
Mikhail entrecerró esos ojos azules. No esperaba que la "aprendiz" tuviera los colmillos tan largos.
—Espero que vuele mejor de lo que habla, Reyes —sentenció él, dándose la vuelta sin más—. Porque en este cielo, la lengua no la va a salvar cuando el motor se congele a diez mil metros. Sígame. Y trate de no perderse en la nieve; no tengo tiempo para organizar equipos de búsqueda hoy.
Susana apretó los dientes, acomodó su mochila y comenzó a caminar tras él, observando la imponente espalda del ruso.
—Encantadora hospitalidad —murmuró para sí misma—. Esto va a ser un paseo por el parque... un parque lleno de minas.
Mikhail caminaba con zancadas largas que obligaban a Susana a mantener un ritmo de marcha forzada, algo que ella atribuía a un intento deliberado de intimidación. No se dejó amilanar. El hangar número 4 se alzó ante ellos como una catedral de metal y grasa, resguardando del viento a las bestias de acero que eran la razón de su estancia allí.
—Este es el Su-35 —anunció Mikhail sin detenerse, señalando con un gesto seco al caza de superioridad aérea que dominaba el centro del espacio—. A diferencia de los F-16 a los que está acostumbrada en su cómoda base de Arizona, este animal no perdona la indecisión. Aquí el software no vuela el avión; lo vuela el piloto. Si es que podemos llamarla así.
Susana se detuvo frente al morro del avión, ignorando el dardo envenenado del capitán. Sus ojos cafés recorrieron las líneas agresivas del fuselaje con una mezcla de respeto y hambre profesional. Había pasado noches enteras estudiando manuales traducidos, pero tenerlo enfrente era otra historia.
—Es una belleza —susurró ella, antes de recuperar su tono mordaz y girarse hacia él—. Y no se preocupe por mi "comodidad", Capitán. He volado en tormentas de arena que harían que sus pestañas se congelaran antes de que pudiera decir "vodka". Mi entrenamiento no fue en un simulador de videojuegos.
Mikhail se cruzó de brazos, su figura de 1.90 proyectando una sombra alargada sobre ella. Sus ojos azules brillaron con una chispa de curiosidad mal disimulada tras su máscara de frialdad.
—Las tormentas de arena son ruidosas, Teniente. El frío ruso es silencioso; te mata mientras crees que todavía tienes dedos en los pies —respondió él, acercándose un paso más hasta quedar a una distancia que cualquier otro habría considerado invasiva. Ella no retrocedió ni un milímetro—. Mañana a las 05:00 en el simulador de fuerza G. Si sobrevive a la centrífuga sin decorar el interior con su desayuno, quizás la deje tocar los controles de verdad.
—¿A las cinco? —Susana arqueó una ceja, su cabello borgoña cayendo sobre un hombro mientras esbozaba una sonrisa de suficiencia—. Vaya, pensé que los rusos eran madrugadores. En mi casa, a las cinco ya nos hemos tomado dos cafés y revisado el motor. Pero acepto el horario de oficina para principiantes, si eso lo hace sentir más cómodo.
Mikhail apretó la mandíbula. El sarcasmo de la chica era una distracción irritante, pero su postura —firme, desafiante y sin un ápice de miedo— le decía que no estaba ante una aprendiz común. Había una intensidad en su mirada, un fuego que contrastaba violentamente con el entorno estéril de la base.
—Es usted muy valiente detrás de una frase ingeniosa, Reyes. Veremos si mantiene esa energía cuando la gravedad intente aplastarle los pulmones —Mikhail consultó su reloj y luego señaló una puerta al fondo del hangar—. Aquella es la zona de alojamientos. Compartirá el ala técnica con los mecánicos de guardia. No hay servicio de habitaciones, ni calefacción de lujo. Bienvenido a la realidad, Teniente.
—Gracias por el tour, "Siri" —replicó ella con un guiño descarado mientras tomaba su bolsa—. Por cierto, Capitán, un consejo de profesional: debería probar a sonreír de vez en cuando. Dicen que ayuda a que la cara no se le quede permanentemente como un bloque de granito. Aunque, viéndolo bien, quizás el granito sea más expresivo.
Sin esperar respuesta, Susana comenzó a caminar hacia sus nuevos cuartos, sintiendo la mirada de Mikhail clavada en su espalda. El frío seguía ahí, pero el desafío que acababa de aceptar le calentaba la sangre. No solo iba a aprender a volar esos cazas; iba a demostrarle a ese gigante de ojos de hielo que las mujeres mexicanas no solo sabían seguir el ritmo, sino que estaban hechas para liderar la danza, incluso a velocidades supersónicas.
Mikhail se quedó solo en el hangar, el eco de las botas de Susana desvaneciéndose. Un pequeño, casi imperceptible movimiento curvó la comisura de sus labios por apenas un segundo antes de recuperar su expresión gélida.
—Mañana va a ser un día muy largo, Teniente —murmuró para sí mismo.