Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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CAPÍTULO 4: El anuncio del compromiso
El anuncio oficial no fue una noticia; fue un terremoto que sacudió los cimientos del mundo corporativo. A las nueve en punto de la mañana, de manera sincronizada, las pantallas de Times Square, los terminales de Bloomberg y los portales de chismes de la alta sociedad europea se iluminaron con el mismo titular:
“Alianza histórica: Müller Corporation y el Imperio Moretti anuncian el compromiso entre sus herederos.”
La fotografía oficial que acompañaba el comunicado era una obra maestra del control de daños. En ella, Javier Müller, aparecía impecable con un traje azul noche que resaltaba su palidez aristocrática. Su mirada era firme, su expresión serena, el retrato perfecto del Alfa que acepta su destino con la dignidad de un mártir.
A su lado, Damián Moretti, proyectaba una elegancia distante y una postura tan dominante que parecía empequeñecer el encuadre. Sus manos apenas se rozaban para la cámara, un contacto técnico, gélido, desprovisto de cualquier rastro de calor humano.
Para el mundo, parecían poder. Parecían estabilidad. Parecían una elección libre entre dos jóvenes poderosos que habían decidido unir sus reinos. Pero para quienes conocían la verdad, esa imagen no era más que el envoltorio de un regalo envenenado.
En la mansión Moretti, los flashes de la prensa apostada en las puertas iluminaban intermitentemente la fachada. Vittorio Moretti observaba la escena desde el balcón del segundo piso, saboreando un puro cuya fragancia a tabaco caro se mezclaba con el aire matutino.
Era un estratega nato; había conseguido exactamente lo que buscaba. Las acciones de las empresas de los Müller habían subido un doce por ciento en la apertura del mercado de Frankfurt, los inversionistas estaban tranquilos y los rumores sobre la inestabilidad financiera del grupo se habían disipado bajo el peso del apellido Moretti.
Dentro, en una de las suites de invitados, Javier ajustaba los gemelos de oro de su camisa frente a un espejo de cuerpo entero. No había rastro de duda en su postura, pero sus ojos grises revelaban una tormenta interna que ninguna formación de élite podía ocultar.
Mateo Ríos, su guardaespaldas, cerró la puerta de la habitación y se acercó a él.
—Señor, el jet privado sigue en el aeropuerto de Linate. Podemos salir por la puerta de servicio, estar en el aire en veinte minutos. Mi lealtad es con usted, no con su padre. Podemos detener esto —dijo Mateo, con la urgencia de quien ve a un amigo caminar hacia el abismo.
Javier negó suavemente con la cabeza, observando su propio reflejo.
—No, Mateo. Si retrocedo ahora, si huyo como un cobarde, le daré a Damián la satisfacción de creer que me quebró antes de empezar. Un Alfa puro no huye de sus obligaciones, por muy injustas que sean. Respiro, aguanto y entro al campo de batalla.
Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, en un ático de diseño minimalista con una vista privilegiada al Duomo de Milán, la atmósfera era radicalmente distinta. El lujo aquí era moderno, afilado y peligroso. Ángel Blanca observaba la noticia del compromiso en la pantalla de su iPhone, con una sonrisa que se formaba lentamente en sus labios delicados. No había rastro de la vulnerabilidad que Damián tanto creía proteger en él.
Sentado frente a él, un hombre de rasgos afilados y traje gris claro giraba suavemente una copa de vino tinto. Sus facciones eran similares a las de Damián, pero sus ojos no tenían el fuego del Delta; eran de un azul glacial, movidos por una ambición que rayaba en la patología.
Era Adriano Moretti, el primo de Damián. El hijo del hermano menor de Vittorio. El hombre que siempre había vivido bajo la sombra del "Heredero Perfecto". El familiar relegado que nunca fue considerado para el trono, a pesar de tener una mente que funcionaba como un reloj de precisión suizo.
—Parece que la alianza se hizo oficial —murmuró Ángel, dejando el teléfono sobre la mesa de mármol.
—Como lo planeamos, —respondió Adriano con una voz suave que no ocultaba el veneno—. Como lo planeamos desde aquel día en que decidimos que Damián necesitaba una debilidad.
Ángel no había llegado a la vida de Damián por un giro del destino. Adriano lo había colocado allí con la precisión de un francotirador. Sabía que su primo, a pesar de su frialdad, tenía un punto ciego por la belleza frágil y la aparente inocencia. Ángel había interpretado el papel de su vida: el joven artista desprotegido que necesitaba el refugio de un hombre poderoso.
—Lo hiciste excepcionalmente bien —continuó Adriano, estirando la mano para acariciar el dorso de la mano de Ángel—. Lo enamoraste hasta el punto de la obsesión. Lo hiciste desafiar a Vittorio por ti. Lo debilitaste emocionalmente, lo volviste imprudente.
—Y ahora está atrapado —añadió Ángel, con un brillo cruel en la mirada—. Casado con un hombre al que desprecia, cargando con un contrato que odia. Su orgullo está herido, Adriano. Y un líder con el orgullo herido es un líder que comete errores.
Adriano sonrió, bebiendo un sorbo de vino.
—Exactamente. Un Delta dominante cegado por la rabia y la pérdida de su "gran amor" no podrá ver los movimientos que estoy haciendo en las sombras. Y cuando Damián caiga, cuando su inestabilidad ponga en riesgo los activos de la familia, yo estaré allí para recoger los pedazos y ocupar su lugar. Quiero su imperio, Ángel. Y lo tendré.
La ejecución de la farsa
De vuelta en la mansión, el circo mediático estaba en su apogeo. Damián descendió las escaleras principales con una elegancia que rozaba la soberbia. Su traje negro, su mirada de acero y su mandíbula tensa proyectaban la imagen de un hombre que tenía todo bajo control, aunque por dentro estuviera ardiendo en deseos de destruir todo lo que le rodeaba.
Javier ya lo esperaba en el salón principal, rodeado de asesores de imagen y abogados. Se miraron apenas un segundo. No hubo necesidad de palabras; la antipatía era mutua y absoluta. Había un pacto silencioso entre ellos: sobrevivir a la exposición pública sin darles a los buitres el placer de ver una grieta en la fachada.
Las cámaras comenzaron a disparar. El ruido de los obturadores era como una ráfaga de ametralladora. Vittorio tomó la palabra, su voz resonando con una autoridad que no admitía réplicas.
—Hoy celebramos no solo una unión familiar, sino la fusión de dos visiones estratégicas que garantizarán la estabilidad y el crecimiento económico de Europa. Müller y Moretti son, a partir de hoy, una sola fuerza.
Palabras huecas. Diseñadas por un equipo de relaciones públicas para ocultar que estaban vendiendo la libertad de sus propios hijos.
Damián, cumpliendo con el guion, tomó la mano de Javier ante los fotógrafos. El contacto fue firme, pero Javier sintió que la mano de Damián estaba helada. Era el roce de dos extraños condenados a compartir un mismo infierno.
—Estamos profundamente comprometidos con esta alianza —declaró Damián, su voz grave proyectándose con una seguridad que Javier casi admiró por su cinismo.
—Nuestro objetivo es fortalecer ambas estructuras con responsabilidad y una visión a largo plazo —añadió Javier, sosteniendo la mirada hacia el frente, ignorando el calor de los focos que empezaba a marearlo.
Cuando la conferencia terminó y los invitados fueron dirigidos hacia el jardín para un cóctel previo a la ceremonia, Damián soltó la mano de Javier de inmediato, como si se hubiera quemado con ácido.
—No sonrías tanto, Müller —murmuró Damián, sin molestarse en mirarlo—. No es una celebración, es un funeral con catering caro.
—No confundas mi compostura con felicidad, Moretti. Estoy cumpliendo mi parte del trato. Mi familia me enseñó a ser profesional, algo que parece que a ti se te olvida cuando dejas que tu resentimiento se note tanto.
Damián giró hacia él, sus ojos negros destellando con una advertencia peligrosa.
—Recuerda tu lugar en esta casa. Eres un accesorio necesario, nada más.
—No tengo un lugar, Damián. Tengo un apellido que te está salvando el pellejo —respondió Javier con una calma que pareció enfurecer aún más al Delta.
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.