hace 500 años "Kathall" sufrió tras la última guerra santa donde muchos murieron. En especial, Re'Xhuz el titan de la muerte quien fue derrotado por la primobestia "Fenixsera" pero algo de su esencia quedo vagando en el mundo. Esencia que se introduce en el cuerpo de una humana, siendo esta su cuna mientras se prepara para volver y así iniciar otra guerra santa.
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Capítulo 3: El Despertar de la Tierra Herida
El silencio que siguió a la unión de Liria y Clio no fue de paz, sino de presagio. Dentro del Templo de Sanir, el aire se volvió tan denso que costaba respirar. Liria, aún temblando por el frío antinatural que emanaba de su propio vientre, buscó los ojos de Clio. Lo que encontró en ellos fue el reflejo de un terror ancestral.
—Tenemos que irnos, Clio. Ahora —susurró Liria, envolviéndose en su capa raída.
Pero la Diosa de la Naturaleza no iba a permitir una retirada silenciosa.
La Ira de Sanir
Un rugido profundo, nacido de las entrañas mismas de Cendolia, sacudió los cimientos del templo. No fue un movimiento telúrico ordinario; fue un espasmo de agonía de la tierra. Las columnas de árboles petrificados, que habían resistido milenios, estallaron en mil pedazos de sílice y cristal.
El temblor fue tan masivo que sus ondas expansivas viajaron como latigazos por todo el continente:
En Neressis, las pasarelas de madera muerta se quebraron, arrojando a los elfos al vacío de sus bosques ahora marchitos.
En Belandria, las murallas blancas de la ciudadela crujieron y el trono del Rey Cornelius se partió por la mitad, una señal inequívoca de que el derecho divino de los reyes humanos había expirado.
En el epicentro, el techo del templo comenzó a colapsar. Clio reaccionó con la velocidad de su raza, envolviendo a Liria en sus brazos y saltando hacia la salida justo cuando una enorme viga de piedra caía sobre el altar donde, momentos antes, habían sellado su destino.
—¡Corre, Liria! ¡No mires atrás! —gritó Clio, su voz apenas audible sobre el estrépito de la destrucción.
El Valle Hostil
Al salir del templo, el Valle Luz de Luna que conocían había desaparecido. Ya no era el prado onírico de flores azules y brisa suave. Ahora, el paisaje era una pesadilla de sombras y tallos espinosos.
Las flores Lunarias, envenenadas por la energía de Re'Xhuz que Liria portaba, habían mutado. Sus pétalos ahora eran negros y afilados como navajas, y sus tallos se retorcían como serpientes, intentando atrapar los tobillos de los fugitivos. El río Luminaria, que antes corría con aguas claras, se había vuelto un torrente de lodo espeso y oscuro que rugía con un hambre nueva.
—¡La tierra nos rechaza! —exclamó Clio, desenvainando una daga de hueso de dragón para cortar las raíces trepadoras que bloqueaban su camino—. Sanir nos ha marcado como parias.
Liria tropezó, llevándose una mano al estómago. Sintió una punzada de dolor helado, como si mil agujas de escarcha se clavaran en sus entrañas. El feto, la semilla del Titán, parecía alimentarse del miedo y el caos que los rodeaba.
—No es solo la tierra, Clio —dijo Liria, con el rostro pálido y sudoroso—. Es... él. Está despertando con cada paso que damos. Siente el dolor del mundo y parece... disfrutarlo.
Una Huida a Ciegas
El valle se volvió un laberinto de niebla y espinas. Los sauces llorones, ahora despojados de hojas, agitaban sus ramas desnudas como látigos contra ellos. Cada vez que Clio intentaba usar su magia para calmar a las plantas, la naturaleza respondía con una descarga de energía violenta; la autoridad del hijo del druida ya no significaba nada para una creación que se sentía traicionada.
Hacia el norte, las Cumbres de Arkon se perfilaban como colmillos oscuros bajo el cielo gris. Sabían que no podían volver a Belandria ni a Neressis; sus propias familias serían sus verdugos.
Mientras luchaban por avanzar entre la maleza que intentaba devorarlos, una luz extraña comenzó a parpadear a lo lejos, en el linde del bosque Verdigris. No era la luz de la naturaleza, sino un brillo violáceo y errático.
Liria se detuvo, exhausta, apoyándose en el tronco de un árbol que se desintegraba bajo su tacto.
—¿Quién nos busca, Clio? ¿Tu pueblo o el mío?
Clio miró hacia la frontera de las tierras del Imperio Negro, con el corazón apesadumbrado.
—Me temo que ahora mismo, el mundo entero es nuestro enemigo. Pero esa luz... esa magia no es elfa ni humana.
Sin saberlo, las piezas de las 7 de Zalem empezaban a moverse, y el primer encuentro con lo desconocido estaba a punto de ocurrir.
CONTINUARÁ...