¿Puede un corazón de hielo derretir una maldición de sangre?
Devil lo tenía todo: una belleza insultante, una estatura imponente de 1.87 m y unos ojos violetas que eran la perdición de cualquier mujer en la capital. Pero su arrogancia lo llevó a cruzar el jardín equivocado. Tras un desafortunado encuentro con una hechicera, el joven seductor despierta atrapado en el cuerpo de un gato negro. La condena es simple pero devastadora: no recuperará su humanidad hasta que alguien lo ame de verdad.
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capítulo 12
La mañana en la Mansión Blackwood no comenzó con el habitual canto de los pájaros, sino con el estruendo de un balde metálico y el aroma a champú de fresas silvestres que Rose consideraba "apropiado para una pareja joven". Rose, cuya paciencia se había agotado tras ver a Devil ignorar sistemáticamente cada uno de los intentos de Mimi por compartir su manta, decidió que una actividad higiénica en común era la solución definitiva para romper el hielo.
—¡Ya basta de desaires, Cuchurrumin! —exclamó Rose, atrapando a Devil por el pescuezo con una determinación que no admitía réplicas—. Mimi es una dulzura, una princesa calicó, y tú la tratas como si fuera un bicho molesto. ¡Hoy van a tomar un baño juntos y vas a aprender a ser un caballero!
Devil intentó clavar sus garras en la alfombra, pero Rose era una fuerza de la naturaleza cuando se trataba de "romance felino". Mimi, por su parte, se dejó llevar con la cabeza baja y la cola arrastrando, sin emitir ni un solo maullido de protesta.
El Baño de la Humillación Doble
Minutos después, ambos estaban dentro de la tina de porcelana, con unos pocos centímetros de agua tibia y una montaña de espuma que olía a dulcería barata. Devil se mantenía erguido en una esquina de la bañera, pareciendo una estatua de obsidiana indignada, evitando a toda costa que su pelaje tocara el de Mimi.
—Mírate, qué frío eres —le recriminó Rose, frotándole el lomo con una esponja—. Mimi está aquí, toda chiquitita y preciosa, y tú te pegas a la pared como si tuviera la peste. ¡Es tu novia, por Dios! Un poco de afecto no te mataría.
Rose se giró para buscar una toalla, dejando a la "parejita" sola en el agua. El silencio en el baño era denso, interrumpido solo por el goteo del grifo. Devil miró de reojo a Mimi y, por primera vez, algo que no eran celos o irritación punzó su pecho humano.
Mimi no estaba intentando acosarlo. Estaba encogida sobre sí misma, con las manchas naranjas y negras de su pelaje empapadas, lo que la hacía ver ridículamente pequeña y frágil. De sus grandes ojos verdes cayó una lágrima felina que se perdió en la espuma.
—¿Es porque mis manchas no combinan? —susurró Mimi con una voz tan quebrada que Devil sintió un escalofrío—. ¿Es porque soy una gata fea? He visto a las gatas de los vecinos, todas blancas y elegantes... Yo soy solo un retal de colores. Por eso no me quieres, ¿verdad, Devil? Porque te doy vergüenza.
Devil se quedó mudo. ¿Fea? ¡Por todos los santos, gata, eres lo más tierno que ha pisado esta cocina!, quiso gritarle. Pero su orgullo de hombre de 1.87 metros le impedía decirle a una calicó que era hermosa. Se dio cuenta de que su rechazo, que para él era una defensa de su humanidad, para ella era un ataque directo a su valor como ser vivo.
—No eres fea, Mimi —maulló finalmente Devil, con una voz ronca que intentaba ser menos áspera de lo habitual.
—Lo dices para que no llore —sollozó ella, escondiendo el hocico entre sus patas mojadas—. Pero sé la verdad. Un rey de ébano como tú merece una reina de nieve, no a una huérfana del mercado.
Devil sintió una oleada de remordimiento. La humillación de ser un gato era suya, no de ella. Mimi no tenía la culpa de que una hechicera lo hubiera maldecido, ni de que él estuviera enamorado de una viuda de ojos rojos que no podía sentir nada. Antes de que pudiera acercarse para darle un empujoncito de consuelo, Rose regresó y los envolvió a ambos en una toalla gigante, frotándolos con tal energía que terminaron siendo una masa confusa de pelos y confusión.
El Invitado de Oro
Mientras el drama del baño se desarrollaba en la planta baja, en el piso superior de la Mansión Blackwood, el ambiente era radicalmente distinto. Arthur entró al estudio de Suseth con una carta que no venía en un sobre común, sino en un pergamino grueso, sellado con cera de oro puro y el escudo de armas de la Casa Ducal de Ashford.
Suseth, que estaba revisando las cuentas de la carnicería, se detuvo en seco. Tomó la carta con dedos que, por primera vez en mucho tiempo, temblaron levemente.
—Es del Duque de Ashford —murmuró Suseth, más para sí misma que para el mayordomo.
La carta era una invitación formal. No era una visita de inspección como la de su tía, sino una invitación al Gran Bale de Invierno en el Palacio de Ashford. El Duque, un hombre de inmenso poder y misterio que rara vez abría sus puertas, estaba solicitando específicamente la presencia de la "Viuda de Blackwood".
Suseth dejó caer la carta sobre el escritorio. Un baile. Música, vestidos de seda, luces de cristal... y cientos de ojos juzgando su luto. Era la oportunidad perfecta para limpiar el nombre de su difunto esposo y consolidar su posición social, pero también era el escenario ideal para su ruina definitiva si cometía un solo error.
—¿Señora? ¿Responderé que asistirá? —preguntó Arthur.
Suseth miró por la ventana y vio a Rose cruzando el jardín, cargando a dos gatos envueltos en toallas. Vio a Devil luchando por liberarse y a la pequeña Mimi acurrucada trágicamente.
—Sí, Arthur. Asistiré —dijo Suseth, y sus ojos rojos brillaron con una resolución peligrosa—. Pero necesitaremos más que un vestido nuevo. Necesitaremos que esta casa parezca la residencia de una santa, no el refugio de una viuda amargada y sus mascotas dementes.
La Lección Bajo el Sofá
Esa tarde, Suseth mandó llamar a Devil a su alcoba. Rose lo llevó, quejándose todavía de su "mal corazón" con la gatita. Una vez solos, Suseth cerró la puerta y se sentó en su diván, colocando la invitación dorada sobre la mesa de té.
—Mira esto, Devil —dijo ella, señalando el escudo de armas—. El Duque de Ashford me ha invitado a su baile. Es el evento de la década.
Devil saltó sobre la mesa y olfateó el papel. El olor a perfume real y a poder era inconfundible.
—Sé lo que estás pensando —continuó Suseth, cruzándose de brazos—. Es mi oportunidad de encontrar a ese "marido impecable" que mi tía exige. Pero hay un problema. El Duque es un hombre que valora la devoción. Si voy allí sola, seré una presa para los buitres como Constantine. Pero si voy como una mujer que ha superado su dolor gracias a la "lealtad y el amor"...
Miró a Devil con una sonrisa críptica.
—Mañana empezaremos tu entrenamiento de verdad. Irás al baile, Devil. No como mi acompañante humano, obviamente, pero estarás allí. Los Ashford adoran las curiosidades exóticas, y un gato negro de ojos violetas que se comporta como un aristócrata es justo el accesorio que necesito para captar la atención del Duque sin parecer desesperada.
Devil se erizó. ¿Un accesorio? ¡Soy un hombre, Suseth! ¡No voy a ser tu bolso de mano con patas!
—Y otra cosa —añadió ella, endureciendo la voz—. He visto lo que le has hecho a esa pequeña calicó hoy. Rose dice que Mimi está escondida en la despensa porque piensa que es fea.
Devil bajó la cabeza, sintiéndose expuesto.
—Eres un idiota, Devil —suspiró Suseth, y por un momento, hubo una sombra de empatía en su rostro—. Te desprecias tanto por ser un gato que desprecias a los únicos que te ofrecen afecto sincero. Mimi es hermosa a su manera, y el hecho de que no lo veas solo demuestra que tu corazón sigue siendo tan superficial como cuando usabas seda humana. Si quieres que yo te ayude con Rose, primero tienes que reparar el daño que le hiciste a esa pequeña. Un hombre de verdad no construye su grandeza humillando a los que son más pequeños que él.
El Primer Paso del Seductor
Esa noche, la mansión estaba en silencio. Suseth soñaba con valses y traiciones, y Rose dormía profundamente tras un día de lavandería. Devil se escabulló hacia la despensa. Entre los sacos de harina y las ristras de ajos, encontró un pequeño bulto tricolor. Mimi estaba dormida, o fingía estarlo, con el rastro de las lágrimas aún en sus bigotes.
Devil se acercó lentamente. Su instinto de "gran seductor" le decía que debía ignorarla, pero las palabras de Suseth le escocían más que el champú de fresas. Se tumbó al lado de Mimi. No era un abrazo, pero era una presencia.
—No eres fea —susurró Devil al oído de la gatita, usando el tono más suave que su garganta felina permitía—. Eres... colorida. Como un cuadro que vi una vez en una galería de la capital. Los gatos negros somos comunes, Mimi. Pero una calicó con ojos de esmeralda... tú eres la que es exótica aquí.
Mimi abrió un ojo, mirándolo con incredulidad.
—¿De verdad lo crees?
—Lo creo —dijo Devil, y por primera vez en mucho tiempo, no estaba mintiendo para conseguir algo—. Ahora duerme. Mañana tenemos mucho que hacer. La viuda va a un baile, y parece que nosotros somos el espectáculo principal.
Mimi ronroneó, un sonido débil pero esperanzador, y apoyó su cabeza en el hombro de Devil. Él no la apartó. Mientras miraba las sombras de la despensa, Devil se dio cuenta de que el baile del Duque sería su prueba de fuego. En un salón lleno de humanos, él tendría que demostrar que era el más humano de todos, aunque tuviera que hacerlo desde el suelo, cargando con el peso de una invitación dorada y el corazón remendado de una gatita que empezaba a creer en él.
La forma en que transmites las emociones del personaje son tan reales y el crecimiento emocional que vemos en ellos WOW ¡¡Es fascinante!! La estructura de los acontecimiento, el orden con el que se desarrollan
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