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Yo Nunca Me Fui

Yo Nunca Me Fui

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Romance oscuro / Traiciones y engaños / Reencuentro / Romance
Popularitas:33
Nilai: 5
nombre de autor: Angy_ly

Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
​Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
​Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.

NovelToon tiene autorización de Angy_ly para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: El Laberinto de Espejos

El aire en la cabaña se volvió sólido, una masa de oxígeno y sospecha que te quemaba los pulmones. El golpe en la puerta se repitió: clac, clac, clac. Metálico. Rítmico. Un soldado de plomo marchando sobre la madera vieja.

​Niclaus te apretó contra la pared, su mano cubriendo tu boca. Sentiste el calor de su palma vendada y el olor a sudor y pólvora. Sus ojos buscaban algo en la penumbra que tú no podías ver.

La Sombra en el Umbral

​La puerta se abrió lentamente, quejándose sobre sus bisagras oxidadas. Una silueta se recortó contra la luz plateada de la luna y la lluvia. No era un monstruo, ni un fantasma. Era una mujer. Vestía un abrigo oscuro, goteando agua, y su rostro estaba parcialmente oculto por una bufanda de seda.

​Niclaus soltó un gruñido animal y se lanzó hacia ella, pero se detuvo en seco cuando la mujer encendió una linterna táctica, cegándolo.

​—¿Buscabas a la tercera, Niclaus? —la voz de la mujer era un eco perfecto de la tuya, pero con una cadencia gélida, desprovista de toda emoción—. ¿O buscabas a la única que fue lo suficientemente inteligente para no dejarse atrapar por tus juegos de niño quemado?

​Tus rodillas flaquearon. Al bajar la linterna, la luz reveló su rostro. Era tu secretaria en la fundación. La mujer que te recordaba las citas, la que te servía el té, la que conocía cada secreto de tu agenda con Julián. Durante años, la habías tenido a tu lado sin saber que compartían la misma genética maldita.

​—¿Marta? —susurraste, incrédula.

​—Marta fue un nombre funcional, Elena. Igual que "Nicholas Vane" para nuestro querido hermano —dijo ella, entrando en la cabaña con una elegancia depredadora—. Yo no me quedé en el sótano a esperar a que el techo cayera. Yo fui la que le sugirió al Maestro que el fuego era la única forma de purificar esta familia.

​Niclaus temblaba, dividido entre el deseo de matarla y la fascinación de haber encontrado la pieza que le faltaba a su rompecabezas de dolor.

​—Tú... —siseó Niclaus—. Tú cerraste la puerta.

​—Alguien tenía que hacerlo —respondió ella, sacando un arma pequeña pero letal—. El Maestro quería ver quién sobrevivía. Yo decidí que sobreviviría yo, afuera, observándolos a ambos. He disfrutado cada segundo de tu obsesión, Niclaus. He disfrutado ver cómo destruías la vida de Elena, porque así me ahorrabas el trabajo.

​II. El Delirio de Niclaus

​Pero entonces, el suspenso dio un giro aún más oscuro. Marta se detuvo y miró a su alrededor, frunciendo el ceño. Apuntó con la linterna a la pared donde Niclaus había estado pintando.

​—¿Con quién estás hablando, Niclaus? —preguntó ella, con una nota de confusión genuina.

​Te quedaste helada. Ella te estaba mirando directamente, pero su arma no te apuntaba a ti. Apuntaba al vacío, a un rincón de la cabaña donde no había nada.

​—Con Elena —respondió Niclaus, señalándote—. Ella está aquí. Se quemó la mano conmigo. ¡Mira el pacto de sangre!

​Marta soltó una risa que sonó como cristales rompiéndose en una tumba. Se acercó a Niclaus y le tomó la mano vendada. Con un movimiento rápido, arrancó la venda.

​No había una herida reciente. Solo estaba la vieja cicatriz blanca del incendio de hace veinte años. Niclaus miró su propia palma, desconcertado. Luego te miró a ti.

​—Elena... —murmuró él, su voz rompiéndose.

​—Niclaus —dijo Marta, con una compasión cruel—, Elena no saltó el fuego en el orfanato. Elena no salió del sótano hace veinte años. Ella murió en mis brazos mientras tú gritabas en el ala este. La mujer que has estado siguiendo, la mujer con la que cenaste, la mujer que crees que está aquí... es solo tu propia culpa tomando forma.

​III. La Verdad Fragmentada

​Sentiste que tu cuerpo se desvanecía. Miraste tus propias manos y, por un segundo, se volvieron transparentes, hechas de humo y memoria. ¿Era posible? ¿Habías sido solo una proyección de la obsesión de Niclaus? ¿Un fantasma alimentado por su locura?

​—¡Mientes! —gritó Niclaus, tratando de abrazarte, pero sus brazos solo atraparon el aire frío de la cabaña—. ¡Cenamos juntos! ¡Ella me habló!

​—Cenaste solo en un restaurante de lujo, hablando con una silla vacía, Niclaus —dijo Marta, acercándose al oído de su hermano—. Julián Valmont nunca se casó con Elena. Se casó conmigo. Yo soy la mujer que viste en la gala. Yo soy la que dejaste en el balcón. Tú creaste a "Elena" en tu mente para tener a alguien a quien culpar, alguien a quien amar... alguien a quien rescatar de un fuego que tú mismo provocaste.

​Niclaus cayó de rodillas, sollozando, mientras las paredes de la cabaña empezaban a cerrarse sobre él. La intriga se convirtió en un horror psicológico absoluto. Tú, "Elena", empezaste a gritar, pero no salió ningún sonido.

​Si ella era la verdadera esposa de Julián, si ella era la que estaba viva... ¿quién eras tú?

​Niclaus levantó la vista, sus ojos inyectados en sangre. Miró hacia donde tú estabas, y por un breve instante, su mirada recuperó la lucidez.

​—No —susurró él, poniéndose en pie con una fuerza renovada—. Ella miente, Elena. Ella quiere que crea que estoy loco para quedarse con todo. Tú eres real. Siento tu dolor. Siento tu traición.

​Niclaus se lanzó sobre Marta, pero ella fue más rápida. El sonido del disparo apagó el rugido de la tormenta.

​Niclaus cayó al suelo, la sangre manchando las maderas que tanto había pintado. Marta se acercó a él, guardando el arma con una frialdad inhumana. Pero antes de morir, Niclaus extendió la mano hacia el vacío, hacia donde tú llorabas en silencio.

​—Tan pronto me olvidaste... —susurró él, mirando a la nada—. Pero yo nunca me fui.

​Marta salió de la cabaña, dejando el cuerpo de su hermano atrás y prendiendo fuego a la estructura para borrar, por última vez, los restos de los Blackwood.

​Mientras las llamas empezaban a devorar la madera, tú te quedaste allí, sentada junto al cuerpo de Niclaus. No sentías el calor. Solo sentías una paz aterradora. El fuego no podía quemar a un fantasma, ni la muerte podía separar a dos mitades de una misma tragedia.

​Afuera, la lluvia seguía cayendo. Adentro, las cenizas volvían a danzar, escribiendo el final de una historia que nunca tuvo sobrevivientes, solo ecos.

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