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EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

EL ECO DE UN PASO EN FALSO. El Camino De Regreso A Ti.

Status: En proceso
Genre:Fanfic
Popularitas:770
Nilai: 5
nombre de autor: Darling.LADK

Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
​Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.


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1_El Combate Silencioso y el Corazón Desbocado

Todo comenzó con lo que Karma insistió en llamar un "entrenamiento amistoso", aunque para Nagisa y para cualquier observador atento, era una danza compleja y peligrosa, un ritual que habían perfeccionado a lo largo de los años. Para Karma, era la excusa perfecta, el velo ideal para reanudar esa peculiar interacción física que solo Nagisa podía seguir y que solo con él se sentía verdaderamente intensa. Era una danza donde el contacto, "justificado" por la práctica de combate, desdibujaba peligrosamente las líneas entre la rivalidad deportiva, la camaradería y algo mucho más profundo y aún inarticulado.

Estaban inmersos en un combate cercano, una coreografía brutal en su eficiencia y elegante en su ejecución. Karma, como siempre, era una ráfaga de fuerza bruta y velocidad vertiginosa, sus movimientos amplios y potentes, diseñados para abrumar. Pero Nagisa, con su técnica depurada, su intuición sobrehumana y su habilidad casi sobrenatural para desvanecerse y reaparecer, era como el agua que erosiona la roca: implacable, elusivo y letalmente preciso.

Karma lanzó una estocada rápida con el cuchillo de entrenamiento, buscando con saña el costado de Nagisa. Su sonrisa ladeada, esa expresión de tiburón que tanto le gustaba usar, era una mezcla de diversión y anticipación. Sabía que el momento culminante de la pelea estaba cerca. Como siempre, Nagisa no retrocedió. No necesitaba hacerlo. Simplemente se desvaneció hacia un lado, su cuerpo delgado y ágil moviéndose con una fluidez casi líquida. Su presencia se volvió tan tenue como el humo, casi imperceptible a la vista, una sombra que se escurría entre las manos de Karma.

—Sigues siendo demasiado silencioso, Nagisa-kun —dijo Karma con una risa contenida, aunque sus ojos, afilados y dorados como los de un depredador, buscaban frenéticamente el siguiente movimiento del peliazul. Sabía por experiencia que subestimar a Nagisa, incluso en un juego, era un error fatal. La montaña había sido testigo de muchas de sus "lecciones" aprendidas a base de golpes.

Hubo un instante de silencio tenso, roto solo por el susurro del viento entre las hojas. Karma giró sobre sus talones, anticipando un ataque frontal. Pero Nagisa no era predecible.

—Y tú sigues haciendo demasiado ruido, Karma —susurró Nagisa justo detrás de su oreja, una voz tan leve que apenas superó el murmullo del viento, pero que resonó directamente en los oídos de Karma, enviándole un escalofrío. El filo de goma del cuchillo de entrenamiento se apoyó suavemente, casi con delicadeza, contra la piel sensible de su cuello. Era un gesto íntimo, un recordatorio escalofriante de la inmediatez de su cercanía y de la facilidad con la que Nagisa podía neutralizarlo.

Un escalofrío electrizante recorrió la espalda de Karma, desde la nuca hasta la base de la columna. No era miedo en el sentido convencional, sino esa descarga eléctrica, esa tensión vibrante, esa mezcla de asombro y excitación que solo Nagisa sabía provocar en él. Intentó girarse bruscamente, contraatacar con un codazo, pero Nagisa ya se había movido, un fantasma de cabello azul que danzaba fuera de su alcance.

Durante el forcejeo que siguió, un ballet de movimientos calculados y respuestas instintivas, ambos llevaron sus cuerpos al límite. Sus respiraciones se volvieron más agitadas, el latido de sus corazones, un eco de la intensidad del momento. El suelo del bosque, cubierto de hojas secas y raíces traicioneras, se convirtió en parte de su arena. Karma, con su fuerza superior, intentó mantener el control, de usar su peso para dominar. Pero Nagisa, ágil y escurridizo, se deslizó bajo su guardia. En un movimiento inesperado, Nagisa ejecutó un barrido de piernas. Karma, sorprendido por la velocidad y la técnica, intentó retroceder, pero tropezó con una raíz expuesta, una trampa natural del terreno. En un intento desesperado por no caer solo, por arrastrar a Nagisa con él, Karma agarró instintivamente la solapa de la chaqueta del peliazul, tirando con fuerza.

El resultado fue un impacto seco contra la tierra. Karma cayó de espaldas, el aire escapando de sus pulmones en un "¡Ugh!" sorprendido. Y Nagisa, en un movimiento fluido y casi instintivo, como si su cuerpo estuviera programado para amortiguar la caída del otro, terminó directamente encima de él, inmovilizándolo contra el suelo. Sus manos se apoyaron a ambos lados de la cabeza de Karma, impidiendo cualquier impacto brusco, sus brazos tensos para mantener su peso.

El ruido del entrenamiento, los jadeos, el crujido de las hojas bajo sus pies, se detuvo abruptamente. El bosque, que un momento antes había sido testigo de su fiera danza, se sumió en un silencio denso y expectante. Solo quedaba el sonido de sus respiraciones agitadas, entrelazándose en el aire fresco de la tarde, una melodía íntima y reveladora. El corazón de Karma latía con una fuerza inusual, un tambor desbocado en su pecho, una reacción que iba más allá del esfuerzo físico. La cercanía de Nagisa se hizo abrumadora, cada centímetro de su cuerpo pegado al suyo era una descarga. El aire olía a pino, a tierra húmeda y, extrañamente, a ese perfume cítrico y metálico que Karma siempre usaba, una combinación embriagadora que se mezclaba con el aroma más sutil y fresco de Nagisa.

Karma miró hacia arriba, sus ojos dorados fijos en el rostro que estaba a escasos centímetros del suyo. El cabello de Nagisa, ahora un poco más largo que en sus días de secundaria y desordenado por el forcejeo, caía sobre sus ojos, ocultando por un instante esa mirada de asesino que tan bien conocía. En su lugar, vio algo mucho más suave, más incierto, una expresión de sorpresa mezclada con una vulnerabilidad aterradora. Por primera vez en años, Karma se quedó completamente sin palabras, su mente en blanco, su siguiente broma, su siguiente estrategia, completamente olvidadas. La mano que aún sostenía la solapa de la chaqueta de Nagisa no lo soltó; al contrario, sus dedos se cerraron con más fuerza, tirando de él apenas unos milímetros más cerca, una acción inconsciente que desafiaba su habitual control, su orgullo.

—Tu corazón va muy rápido, Karma-kun —susurró Nagisa, su voz baja y rasposa, casi un aliento en el aire helado. Sus ojos azules, ahora completamente expuestos, lo miraban con una intensidad desarmante, sin apartar la vista de los ojos dorados que lo observaban con una mezcla de sorpresa, confusión y algo indescifrable.

—Es el ejercicio, genio —logró responder Karma, aunque su voz sonó más ronca y grave de lo que pretendía, traicionando la calma que intentaba proyectar. La tensión entre ellos era casi insoportable, un hilo invisible y vibrante que los unía, más fuerte que cualquier cuerda.

Nagisa no se movió. Sus rodillas encajaban perfectamente a los costados de la cadera de Karma, una posición que, en cualquier otro contexto, habría sido una victoria táctica de inmovilización, una clara señal de su superioridad en ese asalto. Pero ahora, se sentía... diferente. Eléctrica, cargada de una energía que no tenía nada que ver con la pelea. El peso de Nagisa era ligero, casi imperceptible, como una pluma, y aun así Karma sentía que lo hundía más contra la tierra, inmovilizándolo de una manera que iba mucho más allá de lo físico, alcanzando su mente y su espíritu.

—¿Ah, sí? —Nagisa ladeó un poco la cabeza, un mechón de cabello azul rozando la mejilla de Karma, un toque sutil que encendió una chispa, un escalofrío por la piel del pelirrojo—. Porque el mío también va rápido, y no creo que sea solo por el entrenamiento.

La declaración, tranquila y directa, golpeó a Karma con la fuerza de un puñetazo, dejándolo sin aliento. Soltó una risa seca, forzada, intentando desesperadamente recuperar el control de la situación, de la conversación, de sus propias reacciones desbordadas. Sus manos, que un momento antes apretaban la chaqueta de Nagisa con una agresividad disimulada, se relajaron, pero no se alejaron. Una de ellas subió lentamente, casi por voluntad propia, como si tuviera vida propia, hasta rozar el cuello de Nagisa, donde el pulso latía con una fuerza reveladora bajo sus dedos, sincronizándose con el suyo.

—Cuidado, Nagisa-kun —dijo Karma, recuperando ese brillo peligroso en sus ojos dorados, un intento desesperado de volver a su papel habitual de provocador, de restablecer las reglas del juego—. Si sigues mirándome así, voy a pensar que finalmente has decidido cazar una presa que no puedes manejar.

—Sabes que nunca elijo objetivos que no puedo terminar, Karma —respondió Nagisa con una calma que desarmó al pelirrojo por completo. Su mirada, antes suave, se volvió intensa, la de un cazador que sabe que tiene a su presa acorralada, que ha puesto la trampa perfecta y que el momento de la verdad está a punto de llegar. No había agresión, solo una determinación férrea.

El silencio volvió a caer sobre ellos, pero esta vez era espeso, casi tangible, cargado de algo que no era sed de sangre ni la tensión de una rivalidad deportiva. Era una expectación palpable, una tensión que vibraba en el aire entre ellos, como la cuerda de un arco a punto de ser soltada. Karma sintió la urgencia de empujarlo y salir corriendo, huir de esa intimidad repentina y abrumadora. O, por el contrario, el impulso aún más fuerte de tirar de él hacia abajo, de acortar la distancia final y acabar con todo, de una vez por todas. La cercanía era tal que podía ver el reflejo de los últimos y moribundos rayos de sol en las pupilas de Nagisa, pequeños universos de color ámbar que lo observaban con una profundidad inescrutable.

—Me estás tentando a hacer algo estúpido —murmuró Karma, su voz bajando a un susurro apenas inaudible que solo Nagisa podía oír. Era una confesión, una admisión de vulnerabilidad que rara vez mostraba, una rendición implícita.

—¿Y desde cuándo te detiene el miedo a hacer estupideces? —la pregunta de Nagisa, cargada de la historia compartida, del conocimiento profundo que tenían el uno del otro, fue la estocada final, la que rompió la última barrera.

Ese fue el punto de quiebre. Nagisa no retrocedió. Al contrario, acortó la distancia unos milímetros más, un movimiento apenas perceptible pero cargado de un significado monumental. Era un desafío silencioso, una invitación abierta a Karma a ser el primero en romper el juego de una vez por todas o en cambiar las reglas para siempre, lanzándose a un abismo desconocido. El destino de su compleja relación, forjada en el filo de un cuchillo y la tensión de la amistad, pendía de ese hilo delgado y electrificado.

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