Estrella Portugal nació en cuna de oro y pasó casi treinta años construyendo un imperio empresarial internacional, convenciendo al mundo de que no necesitaba a nadie, haciéndose dueña de cada lugar donde pisaba y dejando atrás el amor, confundiéndose incluso con el deseo.
Pero un accidente borra su memoria y también la coraza que siempre la protegió, ahora no recuerda su divorcio, su poder, ni a Lucio Salvatierra, el hombre diez años menor que la ama y logró ver el alma de la mujer implacable, que asusta a todos los demás.
Ahora, en medio de la confusión, su corazón laterá con miedo, con deseo, con libertad, por alguien que cree no conocer, pero la hace vibrar y no pide permiso; sin saber, que el imperio que había construido puede venirse abajo, y la ayuda vendrá de quien menos se lo espera.
¿Será capaz Estrella de no dejar ir el amor cuando recupere la memoria?
🔞⚠️🔥 LA NOVELA PODRIA CONTENER ESCENAS PARA MAYORES DE 18 AÑOS🔥⚠️🔞
LIBRO VI (Penúltimo)
Colección AMORES QUE SANAN
NovelToon tiene autorización de R Torres para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
4. Te veré pronto
Con un movimiento rápido, se quitó la camisa y la dobló, presionándola contra el costado de Estrella para contener la hemorragia. El contacto de la tela áspera contra su piel sensible la hizo gemir de nuevo, pero esta vez no fue de dolor.
El aire estaba caliente por el fuego cercano, mezclado con el aroma acre de la gasolina, y el sudor de ambos se pegaba a sus cuerpos como un pegamento incómodo pero necesario. El pulso de Lucio, vibrante y acelerado, golpeaba contra su hombro mientras ajustaba el improvisado vendaje, y Estrella sintió cómo el calor de su pecho se extendía sobre su costado, rozando la piel quemada y magullada.
- “¿Recuerdas la última vez que estuve así de cerca, mi reina?” murmuró él, su aliento caliente golpeando la piel de su oreja.
La cercanía hizo erizar cada vello de su cuerpo, y una corriente eléctrica recorrió su columna, mezclando miedo con una excitación que no podía ignorar.
- “Te tenía contra la pared, con las piernas alrededor de mi cintura, y me suplicabas que no parara”, agregó, su voz profunda y grave, vibrando sobre su piel.
Estrella abrió los ojos de golpe. El recuerdo la golpeó con la misma fuerza que el accidente, sus uñas rojas arañándole la espalda mientras él se adentraba con embestidas profundas y lentas, su voz gruesa susurrándole "te voy a llenar hasta que no quede nada de mí fuera de ti". Se lamió los labios, saboreando aún el fantasma de su sabor.
- “Lucio…”, murmuró ella como si su nombre fue un suspiro.
- “No te duermas”, ordenó él, presionando su mandíbula con los dedos para levantarle la barbilla. “Mírame. Mírame, carajo”, añadió con furia, no contra ella, sino contra el mundo que los había puesto en ese instante.
Ella obedeció, porque siempre lo hacía cuando él usaba ese tono. Sus iris dorados, normalmente brillantes, ahora estaban opacos por el shock, pero se clavaron en los suyos, grises como el acero. Lucio no apartó la vista, incluso cuando el sonido de las sirenas se hizo más fuerte.
- “¿Sabes qué es lo único que lamento?”, preguntó Lucio, pasando el pulgar por su labio inferior, manchándolo de sangre.
- “Mmm”, murmuró ella.
- “Que no pude quedarme esa noche. Que tenía unas ganas locas de dejarte sin hablar, de recorrer cada centímetro y no dejar nada sin saborear”, manifestó él.
El lenguaje la sacudió. Era su manera de mantenerla despierta, de recordarle que había algo por qué luchar. Estrella sintió cómo el calor se extendía entre sus piernas, a pesar del dolor, a pesar de todo. Su cuerpo recordaba lo que su mente comenzaba a olvidar, el peso de él sobre ella, el sabor salado de su piel, la forma en que podía llevarla a la gloria y aún más allá.
- “Quiero que me lo recuerdes, cuando salga de esto, quiero que me lo hagas todo de nuevo”, susurró Estella, con voz pastosa.
Lucio gruñó, bajando la frente contra la suya. Por un segundo, ella sintió su erección presionando contra su muslo, dura como el acero. No era el momento, no era el lugar, pero joder, el cuerpo de él reaccionaba a ella incluso en medio del infierno.
- “Te voy a dar tan fuerte que no vas a poder caminar en una semana. Voy a tomar todo de ti hasta que no puedas dejar de gritar mi nombre. Te lo prometo”, dijo Lucio, con los dientes apretados.
Las palabras la quemaron, avivando algo primitivo dentro de ella. Estrella arqueó la espalda instintivamente, buscando más contacto, pero el dolor la detuvo. Lucio la sujetó con más fuerza, como si pudiera transferirle su propia energía solo con el tacto.
- “Pero ahora mismo, vas a aguantar. Vas a mantener esos ojos abiertos y vas a dejar que los paramédicos te saquen de aquí. ¿Entendido?”, manifestó él, con voz más suave.
Ella asintió, porque no tenía fuerzas para discutir. Las luces rojas y azules comenzaron a filtrarse entre los árboles, intermitentes y urgentes, mientras las voces de los rescatistas rompían la tensión de la noche. Lucio no se movió, manteniéndola pegada a su pecho, protegiéndola como si su calor pudiera derretir el peligro que los rodeaba.
- “Te amo, y no pienso perderte ahora”, murmuró contra su pelo, tan bajo que solo ella lo escuchó, y el sonido hizo que un hilo de calma y deseo se mezclara en su pecho, aún entre el dolor y el humo.
Estrella cerró los ojos por un segundo, saboreando esas palabras. Pero cuando los abrió de nuevo, fue para encontrarse con la mirada de un paramédico que se acercaba corriendo, seguido de dos bomberos con equipo de rescate.
- “Señor, tiene que soltarla, necesitamos evaluarla”, dijo el hombre, con voz firme.
Lucio no se inmutó. Solo apretó a Estrella contra él un segundo más, como si pudiera imprimirle su fuerza a través de la piel.
- “Cuiden de ella, si le pasa algo...”, gruñó, finalmente soltándola con reluctancia.
No terminó la frase. No tenía que hacerlo. El paramédico asintió, entendiendo el mensaje silencioso: “esta mujer es mía, y si fallan, arderán en un infierno peor que este”.
Mientras la colocaban en la camilla, Estrella extendió una mano temblorosa hacia Lucio. Él la tomó al instante, entrelazando sus dedos con los suyos, rozando la suavidad de su palma. No la soltó ni cuando la levantaron, ni cuando comenzaron a llevársela cuesta abajo. Solo cuando la distancia se hizo demasiado grande, cuando los árboles los separaron, Lucio dejó que su mano cayera.
Pero no antes de llevársela a los labios y besar cada nudillo, como si fuera un juramento.
- “Te veré pronto. Y cuando lo haga, mi reina, no habrá poder en este mundo que me detenga”, prometió Lucio con voz ronca.
El sonido de las sirenas se mezclaba con el crepitar del fuego que aún devoraba el bosque, mientras Lucio permanecía allí, observando cada movimiento de los paramédicos con los ojos ardientes de furia y preocupación