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La Fruta Prohibida Del Señor Easton

La Fruta Prohibida Del Señor Easton

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor prohibido / Posesivo
Popularitas:3.9k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Luke Easton lo perdió todo al volver a casa. La mujer que amaba, el futuro que imaginó... todo esfumado en una traición que lo dejó vacío.

En las calles ardientes de Los Ángeles, buscando un nuevo comienzo, el destino le ofrece una oportunidad inesperada: convertirse en guardaespaldas.

Pero, ¿será esta nueva vida la redención que busca, o el destino tiene otros planes para él? El juego apenas comienza...

Novela extensa...

NovelToon tiene autorización de A.B.G.L para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El y su Seriedad...

...15...

La luz del alba se coló por las cortinas de encaje de la habitación de Ophelia, dibujando patrones dorados sobre las sábanas de lino egipcio que envolvían su cuerpo. Se despertó lentamente, como quien emerge de un sueño que aún se aferra a los bordes de la conciencia, estirando sus brazos con la gracia de una danzarina. Las sábanas resbalaron por su torso con la suavidad del agua, dejando al descubierto su piel cálida y luminosa.

Se dirigió al baño principal, donde una tina de mármol blanco esperaba por ella, llena de agua tibia perfumada con aceite de jazmín y almizcle. Bajándose en el agua hasta el cuello, cerró los ojos, sintiendo cómo el calor relajaba sus músculos cansados. Pero incluso allí, sumergida en la calma del agua, su mente volvió a él. ¿Por qué no puedo dejar de pensar en él? se preguntó, moviendo la mano por la superficie del agua, creando círculos concéntricos que se desvanecían en la quietud del baño. Simplemente es mi guardaespaldas. Al igual que los demás que han pasado por aquí. Pero… no es igual.

Había algo en él que la intriguía hasta la frustración. Los otros guardaespaldas habían sido hombres competentes, sí, pero todos llevaban su profesionalismo como una armadura visible, una máscara que nunca se deslizaba. Él, en cambio, parecía llevar la suya como una segunda piel, natural, inherente a su ser. Había una profundidad en sus ojos oscuros que le decía que guardaba secretos, que había vivido cosas que la mayoría de las personas ni siquiera podían imaginar. Algo que lo hacía excepcional, aunque no pudiera definir qué era.

Frustrada por sus propios pensamientos, se incorporó bruscamente del agua, la superficie del líquido chasqueando contra los bordes de la tina. Tomó una toalla de algodón egipcio, gruesa y suave como la nieve, envolviéndola alrededor de su cuerpo con movimientos precisos. Se secó el cabello rubio ceniza con otra toalla, dejándolo caer en mechones suaves sobre sus hombros.

En su guardarropa, un espacio de luz y orden donde cada prenda tenía su lugar, eligió un conjunto que resaltara su figura sin ostentación. Un vestido de lana merino color gris perla, con un corte ajustado en la cintura que realzaba sus curvas sutiles, y una falda lápiz que caía hasta justo encima de las rodillas. La blusa interior de seda crema tenía mangas largas y un cuello en V discreto, mientras que una chaqueta de tweed del mismo tono que el vestido completaba el atuendo. Se calzó unos zapatos de tacón bajo de cuero gris, sencillos pero elegantes, y añadió un solo accesorio: un collar de perlas pequeñas que había pertenecido a su madre.

Al mirarse en el espejo, vio una mujer seria pero elegante, con una belleza que no necesitaba adornos excesivos. Se pasó los dedos por su cabello, dejándolo caer libremente sobre sus hombros, y aplicó un toque de lápiz labial rosa pálido.

Salió de su habitación, caminando por los pasillos amplios de la mansión con los pasos silenciosos que había aprendido de niña. Los tapices antiguos amortiguaban el sonido de sus zapatos, mientras que las obras de arte en las paredes parecían seguirla con sus ojos pintados. Al llegar a las escaleras principales, descendió con la gracia natural que caracterizaba sus movimientos, sosteniéndose ligeramente del pasamanos de madera tallada cuando sus ojos divisaron a dos hombres en traje que cruzaban el vestíbulo.

Uno de ellos era él.

Luke Easton llevaba un traje gris oscuro, impecablemente ajustado, con una camisa blanca que parecía haber sido confeccionada a su medida y una corbata de seda azul marino. Caminaba junto a otro hombre, absorto en la conversación, moviendo las manos con gestos precisos cuando explicaba algo. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás con perfección, y su mandíbula firme se tensaba cada vez que hablaba.

Mientras pasaban justo delante de ella, una estela de aroma invadió sus fosas nasales: loción de hombre con notas de cedro y bergamota, mezclada con el agrio y reconfortante olor del café recién hecho. Era un aroma profundamente masculino, envolvente, que la hizo detener los pies en seco en medio de la escalera. Sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo, desde la base de su cuello hasta la punta de sus dedos, mientras sus mejillas se calentaban con un rubor que intentó contener.

Se quedó quieta, observándolo, absorta en la imagen de aquel hombre cuya seriedad parecía tener un peso propio. Hasta que de repente, Luke levantó la vista y sus ojos oscuros se encontraron con los suyos.

La voz que ya reconocía, profunda y controlada, la sorprendió.

—Señorita Montgomery.

Ophelia dio un ligero salto, llevándose inconscientemente la mano al pecho, donde latía con más fuerza de lo normal. El contacto visual era tan intenso que sintió como si el aire se le quedara en los pulmones.

—Oh… disculpe —murmuró, sintiendo cómo el rubor subía hasta sus orejas—. No quería interrumpir.

Luke se detuvo, inclinándose levemente en señal de respeto. Su compañero continuó su camino con una breve señal de despedida.

—No interrumpe, señorita —respondió Luke, su expresión seria pero con un matiz de calidez en sus ojos que ella no había visto antes—. Estaba apenas terminando una conversación con el compañero Ben sobre los recorridos de seguridad de la semana que viene.

Ophelia asintió, apretujando las puntas de su vestido entre sus dedos nerviosos. Su timidez se hacía más presente cada vez que estaba cerca de él, como si su presencia intensa la hiciera sentir a la vez vulnerable y protegida.

—Entiendo —dijo con voz suave—. Supongo que tienen mucho trabajo por hacer.

—Es nuestra responsabilidad, señorita —contestó Luke, manteniendo su postura recta, pero sin la rigidez que mostraba cuando estaba en servicio activo—. Su seguridad es nuestra prioridad.

Ophelia bajó la mirada por un instante, sintiendo cómo la vergüenza la invadía. Había estado mirándolo con demasiada intensidad, sabía que debía ser obvio.

—Bueno… bueno, yo… iba hacia el comedor —dijo con prisa, dando un paso hacia adelante—. No quiero hacerte perder el tiempo.

Luke asintió con cortesía, haciendo un gesto para dejarle paso.

—Claro, señorita. Si necesita algo, solo tiene que decirlo. Estaré en el centro de operaciones durante la mayor parte de la mañana.

Ophelia sonrió con cordialidad, aunque sintió cómo sus manos temblaban ligeramente.

—Muchas gracias, Luke —dijo, usando su nombre por primera vez y sintiendo cómo la palabra sonaba diferente en sus labios—. Disculpe la interrupción.

Sin esperar una respuesta, dio media vuelta y se dirigió hacia el comedor con pasos más rápidos de lo habitual. Sintió la mirada de Luke sobre su espalda hasta que cruzó la puerta, cerrándose a sus espaldas como un velo que separaba dos mundos diferentes.

En el comedor, rodeada de la calidez de la madera y el aroma de los panes caseros, se sentó en su lugar habitual, intentando calmar el latido acelerado de su corazón. Sabía que estaba actuando como una joven inexperta, pero algo en la presencia de Luke Easton despertaba en ella emociones que creía haber dominado hace tiempo.

Mientras la empleada le servía café con leche y pan tostado con mermelada de frambuesa, Ophelia cerró los ojos por un instante, intentando expulsar de su mente la imagen de aquellos ojos oscuros y el aroma masculino que aún parecía envolverla. Sabía que debía mantener la distancia, que la línea entre profesionalismo y sentimientos personales era intransitable. Pero en su interior, una pequeña voz susurraba que esta vez, las cosas podrían ser diferentes. Que esta vez, el guardaespaldas con la mirada profunda y el aroma a cedro y café podría cambiar todo lo que ella creía saber sobre el mundo y sobre sí misma.

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Elizabeth Sánchez Herrera
➕ más ➕ capítulos
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