Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
NovelToon tiene autorización de Juliana Torra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 11 — Provócame
No dormí.
No porque no pudiera.
Sino porque no quise.
Había algo en el aire de esa habitación que no me dejaba cerrar los ojos sin sentir que estaba perdiendo terreno. Como si, en el momento en que me relajara… él volviera a tomar ventaja.
Y no iba a permitirlo.
No después de ese beso.
No después de entender que esto ya no era solo una imposición… sino un juego peligroso en el que ambos estábamos entrando.
Me levanté antes del amanecer.
La ciudad aún estaba medio dormida, envuelta en esa calma engañosa que precede al movimiento. Me acerqué al ventanal, apoyando ligeramente la mano sobre el cristal frío mientras observaba los canales.
Ámsterdam seguía siendo hermosa.
Pero ahora… también era un campo de batalla.
Sonreí apenas.
Porque esta vez… no iba a huir.
Esta vez iba a jugar.
El sonido de la ducha deteniéndose me hizo girar lentamente la cabeza.
Sabía que iba a salir.
Sabía que iba a estar ahí.
Y aun así… no me moví.
Escuché la puerta abrirse.
El vapor escapó primero, llenando el ambiente con un calor suave que contrastaba con el frío del cristal bajo mis dedos.
Luego él.
Alessio Vercetti.
Sin camisa, con el cabello ligeramente húmedo, la mirada aún cargada de ese control que parecía no abandonar nunca.
Pero esta vez…
Algo era distinto.
Tal vez fue la forma en que se detuvo al verme.
O la manera en que sus ojos recorrieron mi figura sin prisa.
Porque no llevaba el vestido de la noche anterior.
Solo una camisa suya.
Blanca.
Demasiado grande.
Cayendo lo suficiente para dejar mis piernas al descubierto.
No fue casualidad.
Nada de eso lo era.
—Buenos días —dije, sin girarme completamente.
Su silencio fue inmediato.
Pesado.
Interesante.
—No recuerdo haberte dado permiso para usar mi ropa.
Su voz sonó más baja de lo normal.
Me giré entonces.
Lento.
Suficiente para que lo notara.
—No recuerdo habértelo pedido.
Di un paso hacia él.
Solo uno.
Pero fue suficiente.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
Y eso…
Eso me gustó.
—Estás jugando —murmuró.
Incliné ligeramente la cabeza.
—¿No era eso lo que querías?
El silencio entre nosotros se volvió más denso.
Más cargado.
Más… peligroso.
—Ten cuidado, Valeria.
—¿Por qué?
Otro paso.
Esta vez acortando aún más la distancia.
—¿Te incomoda?
Sus manos se tensaron apenas a los costados.
No se movió.
No retrocedió.
Pero lo sentí.
Ese pequeño cambio.
Ese mínimo quiebre en su control perfecto.
—No sabes en qué te estás metiendo.
Sonreí.
No suave.
No inocente.
—Claro que sí.
Me detuve frente a él.
Lo suficientemente cerca para sentir su calor.
Lo suficientemente cerca para que cualquier movimiento… cambiara todo.
—Solo quiero ver hasta dónde llegas.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Intensos.
Directos.
Peligrosos.
—No juegues con fuego si no estás lista para quemarte.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más consciente.
—Tal vez quiero hacerlo.
Esa frase…
Eso fue lo que lo rompió.
No completamente.
Pero sí lo suficiente.
Su mano se alzó de repente, sujetando mi muñeca con firmeza.
No me hizo daño.
Pero dejó claro algo.
Control.
Poder.
Reacción.
—Esto no es un juego para mí.
Su voz era baja.
Pero cargada.
—Para mí tampoco.
No aparté la mirada.
No retrocedí.
No esta vez.
Sus dedos se deslizaron lentamente desde mi muñeca hasta mi brazo, subiendo con una lentitud que no era casual.
Era intencional.
Era una advertencia.
Y aun así… no me moví.
—Entonces deja de provocarme.
Su pulgar rozó mi piel.
Y ese simple gesto…
Encendió algo.
—¿O qué?
El silencio cayó.
Pero esta vez… no fue él quien lo sostuvo.
Fui yo.
Porque no aparté la mirada.
No bajé la cabeza.
No rompí el momento.
—O no voy a detenerme.
El aire cambió.
Completamente.
Mi corazón dio un golpe fuerte.
Pero no por miedo.
Por anticipación.
—Entonces no lo hagas.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Y eso…
Eso lo cambió todo.
Su mirada cayó a mis labios.
Otra vez.
Como la noche anterior.
Pero esta vez… no había duda.
No había pausa.
Solo decisión.
Su mano subió hasta mi cuello, sujetándolo con firmeza, sin lastimar… pero sin suavidad.
Su otra mano se apoyó en mi cintura, acercándome a él de golpe.
El aire desapareció entre nosotros.
—Eres un problema —murmuró.
Pero no sonó como una queja.
Sonó como algo que estaba empezando a disfrutar demasiado.
—Y tú no sabes controlarlo.
Eso fue suficiente.
Sus labios chocaron con los míos sin la contención de la noche anterior.
Más intenso.
Más directo.
Más… real.
Esta vez no hubo duda.
No hubo distancia.
Respondí.
Sin pensar.
Sin medir.
Mis manos se aferraron a él, cerrando el espacio que ya no existía.
El beso fue distinto.
No exploraba.
Reclamaba.
Desafiaba.
Era una lucha silenciosa donde ninguno quería ceder… pero ninguno quería separarse.
El aire se volvió caliente.
Pesado.
Vivo.
Y cuando me separé, porque necesitaba hacerlo… porque respirar se volvió urgente…
Mi pecho subía y bajaba con rapidez.
—Esto… —empecé, pero no terminé.
No hacía falta.
Él lo sabía.
Yo lo sabía.
—Esto cambia las reglas —terminó por mí.
Sus dedos seguían en mi cintura.
Firmes.
Presentes.
—Entonces adáptate.
Mi voz salió más baja.
Más peligrosa.
Más… suya de lo que quería admitir.
Sus ojos se oscurecieron aún más.
Y esa reacción…
Fue mi victoria.
Por ahora.
—No tienes idea de lo que acabas de hacer.
—Claro que sí.
Me separé lentamente.
Lo suficiente para volver a respirar.
Lo suficiente para recuperar el control.
Pero no completamente.
Nunca completamente.
—Te provoqué.
Su mirada no se apartó de la mía.
—Y lo lograste.
Me giré nuevamente hacia el ventanal, ocultando la sonrisa que amenazaba con aparecer.
Porque ahora lo entendía.
Esto ya no era solo sobrevivir.
Esto era dominar.
Y por primera vez…
No era la única en peligro de caer.
—Disfruta la vista, Alessio —murmuré—. Porque esto apenas comienza.
El silencio detrás de mí fue diferente.
No vacío.
No tenso.
Era… expectante.
Como si él también supiera lo mismo que yo.
Que algo había cambiado.
Que ya no era solo él quien llevaba el control.
Y que este juego…
Ahora tenía dos jugadores dispuestos a ganar.