Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 4
Olivia
El motor del auto es suave, casi silencioso, como si no quisiera recordarme que estoy sentada en el asiento del copiloto de un completo desconocido. Las luces de la ciudad se van quedando atrás mientras el interior del coche se llena de una calma extraña y densa. No incómoda, sino más bien. expectante.
—Alex— Dice de pronto el hombre a mi lado, rompiendo el silencio. —Me llamo Alex.
Asiento, girando apenas la cabeza hacia él.
—Olivia.
No añade nada más, como si ya supiera ese detalle. Aprieto los dedos sobre mi bolso y, para evitar que el silencio vuelva a volverse demasiado consciente, hablo primero.
—Tienes un leve acento al hablar.
Sus labios se curvan en una sonrisa discreta, apenas visible.
—Es porque soy mitad ruso— Responde. —Viví allí un par de años.
Asiento otra vez, mordiéndome la lengua. Me encantaría preguntar más. ¿Por qué volvió? ¿Si extraña ese lugar? ¿Qué lo trajo a esa fiesta? Pero no lo hago. Mantengo la barrera invisible entre nosotros bien firme. Es más seguro así y menos problemático.
Alex no aparta la vista del camino.
—¿Algo que quiera preguntar, señorita Grimaldi?
La forma en que dice mi apellido me pone en alerta.
—Sí— Respondo. —¿A dónde estamos yendo? ¿Y cuánto falta para llegar?
No contesta de inmediato. Dobla en una intersección y el asfalto se vuelve más estrecho. Los edificios desaparecen y los árboles empiezan a cerrarse alrededor del camino. La oscuridad se espesa, salpicada solo por los faros.
Lo reconozco al instante.
—Aquí…— Murmuro con cierta desconfianza.
He estado en este lugar antes. Muchas veces. En mi infancia. Vestida de blanco, posando frente al lago y los árboles para sesiones de fotos que pretendían vender una imagen de perfección familiar. Nunca por diversión y mucho menos por elección.
El coche se detiene.
Alex apaga el motor, se baja y rodea el auto con tranquilidad. Abre mi puerta como si esto fuera lo más normal del mundo.
Salgo con aparente desinterés, aunque mis sentidos están alerta. El aire es más frío aquí. Él comienza a caminar hacia los árboles sin mirarme.
Mis tacones se clavan en la tierra blanda y lo observo, dudando entre seguirlo o quedarme junto al coche.
—Si estás planeando matarme para luego arrojarme al lago...— Digo, cruzándome de brazos. —Dejame decirte que estás muy…
Se detiene, se gira despacio y me mira con una expresión que no es molesta ni ofendida. Es… divertida. Peligrosamente divertida.
—Hay cosas más excitantes que se me ocurren hacer contigo en lugar de matarte— Dice con calma. —Pero si te quedas ahí parada, no creo que vayas a averiguarlo.
El pulso me da un golpe seco en el pecho.
Me muerdo el labio inferior, dudando. No debería. Nada de esto tiene sentido, pero la chispa de la curiosidad prende rápido y la adrenalina de estar haciendo algo que mis padres desaprobarían lo alimenta todo.
—No voy a llegar muy lejos con mis zapatos— Le digo al final.
Alex no se da vuelta. Sigue caminando entre los árboles.
—Entonces quítatelos— Responde. —Nadie aquí verá que tus pies están tocando la tierra.
Una sonrisa se me escapa antes de que pueda detenerla. La borro casi de inmediato, pero ya es tarde.
Me agacho y desabrocho los tacones.
La tierra húmeda se mete entre mis dedos mientras dejo los tacones atrás, abandonados como una versión restringida de mí misma. Doy un paso, luego otro. Sigo a Alex entre los árboles, las ramas susurrando con el viento como si comentaran mi estupidez.
—Esta no es la entrada legal para ingresar— Le digo, tratando de no perder el equilibrio ni el ritmo de sus zancadas largas.
Él se ríe por lo bajo, sin girarse.
—No siempre hay que seguir las reglas, señorita Grimaldi.
—De hecho, sí. Podríamos ahorrarnos muchos problemas. Como terminar en prisión, por ejemplo.
—Si quisieras evitarte problemas— Responde con calma. —No habrías subido a mi auto y no estarías siguiéndome en medio del bosque.
Me muerdo las mejillas por dentro. Tiene razón y lo odio un poco por eso. Camina como si el mundo entero le perteneciera, como si nada pudiera tocarlo. Su tranquilidad debería parecerme arrogante. En cambio… me arrastra.
Llegamos a la orilla del lago y el aire cambia. Más frío. El agua es una mancha oscura que refleja la luna como un espejo roto. Si no fuera por esa luz plateada, el lugar sería directamente aterrador.
Alex se quita los zapatos de un puntapié, sin ceremonia. Luego el saco y la camisa. La tela cae al suelo y la luna dibuja sombras sobre un torso firme y marcado.
No aparto la mirada.
La sostengo más de lo debido, memorizando líneas y ángulos bajo la luz débil, hasta que sus manos van al cinturón y entonces sí desvío los ojos, como si de pronto recordara quién se supone que soy.
—Quítate la ropa, Olivia— Dice, firme.
Mis ojos se abren y me hacen volver a verlo.
—¿Qué? Yo… no… No pienso ni quiero nadar contigo.
—Sí quieres— Responde, con una seguridad que me enciende algo bajo la piel. —Tengo poco más de una hora de conocerte y ya puedo asegurar que eres más atrevida de lo que crees.
Y antes de que pueda contestar, se lanza al agua. El sonido rompe el silencio del bosque y ondas plateadas se expanden bajo la luna.
Alex Rozanov