Margo siempre fue la mujer de los planes perfectos, hasta que su prometido la abandonó en el altar por su mejor amiga. Humillada y con la prensa social acechando, Margo decide que no será la víctima de esta historia. En un arrebato de orgullo y dolor, recurre a la única persona que odia tanto como a su ex: Lucas, el rival empresarial de su familia y el hombre que ha intentado hundir sus negocios por años.
Lucas acepta la propuesta de un matrimonio por contrato, pero no por caridad. Él ve la oportunidad de finalmente entrar en el círculo de poder de los de Margo. Lo que comienza como una alianza gélida y transaccional, pronto se convierte en un campo de batalla emocional donde el odio se confunde con una atracción eléctrica. En un juego de apariencias, Margo y Lucas deberán decidir si su unión es la mejor venganza o la peor de sus derrotas.
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Capitulo 12
El penthouse nunca se había sentido tan inmenso y, a la vez, tan claustrofóbico. Margo observaba a Lucas desde el umbral del estudio, oculta por las sombras del pasillo. Él no la había visto; estaba sumergido en lo que ella había empezado a llamar su "ritual de descompresión". No eran hojas de cálculo ni planes de conquista, sino una vieja maqueta de un buque de carga que descansaba sobre una mesa lateral.
Con una paciencia que Margo no sabía que poseía, Lucas utilizaba unas pinzas de precisión para colocar una pieza minúscula en la cubierta. Sus manos, las mismas que podían hundir una empresa con una firma o defenderla con una ferocidad primitiva en un restaurante, se movían con una delicadeza casi poética.
Margo sintió una grieta abrirse en su propia percepción. Durante años, la narrativa en su casa había sido clara: Lucas Thorne era un tiburón, un hombre sin alma movido únicamente por el rencor. Ella misma lo había etiquetado como el "villano" de su historia para justificar el pacto que habían firmado. Era más fácil casarse con un monstruo que con un hombre.
Pero observándolo ahora, con la luz de la lámpara acentuando las líneas de cansancio en su rostro y la concentración pura en sus ojos, Margo se dio cuenta de la mentira. Lucas no era un villano unidimensional; era un hombre construido a base de cicatrices y soledad, alguien que protegía su núcleo con capas de acero porque el mundo le había enseñado, demasiado joven, que ser blando significaba ser destruido.
La necesidad de perfección de Margo —esa obsesión por los puentes impecables y las vidas sin errores— se sintió de repente trivial. Ella siempre había querido que todo encajara en un plano, pero Lucas era la variable que no podía calcular. Y por primera vez, no quería calcularlo. Quería conocerlo.
Lucas, aunque parecía absorto en su maqueta, era plenamente consciente de la presencia de Margo. Podía oler su perfume, esa mezcla de jazmín y algo eléctrico que se había vuelto el oxígeno de aquel apartamento.
Internamente, Lucas estaba librando su propia batalla. El contrato, ese documento que le otorgaba el control sobre los astilleros y la venganza por su padre, se sentía como un peso muerto en su caja fuerte. Ya no le importaba el porcentaje de acciones ni la caída de los Valente. Lo que le importaba era la forma en que Margo lo había mirado después de la gala, y la forma en que su cuerpo parecía buscar el de ella por puro instinto.
Se había convertido en algo que juró nunca ser: vulnerable a una mujer. Protegerla ya no era una cláusula de lealtad pública; era una necesidad física que le quemaba las entrañas. Si alguien volvía a llamarla "usada", si Mateo se acercaba a menos de diez metros de ella, Lucas sabía que no respondería con negocios, sino con sangre. El contrato decía que ella era su socia, pero su instinto le gritaba que ella era su vida.
Decidieron cenar en la terraza, bajo un cielo de terciopelo que ocultaba las estrellas con el resplandor de la ciudad. No había servicio doméstico esa noche; Margo había preparado algo sencillo, rompiendo la etiqueta que Lucas siempre imponía.
La tensión entre ellos era casi táctil, una corriente estática que hacía que el aire se sintiera espeso. Cada roce de los cubiertos, cada vez que sus miradas se cruzaban sobre el borde de las copas de cristal, era un desafío.
—Estás muy callada —dijo Lucas, dejando su copa a un lado. Su voz era un murmullo bajo que vibró en el pecho de Margo.
—Estaba pensando en los planos —mintió ella, aunque sus ojos decían otra cosa—. En cómo a veces, por mucho que calcules la resistencia de un material, el calor termina por fundirlo todo.
Lucas se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. La luz de las velas bailaba en sus ojos azules, dándoles un aspecto líquido y peligroso.
—¿Y tú qué material eres, Margo? ¿Eres acero o eres cristal?
—Creía que era acero —respondió ella, sintiendo que su respiración se aceleraba—. Pero me he dado cuenta de que el acero también tiene grietas. Y que a veces, esas grietas son lo único que permite que entre la luz.
El silencio que siguió fue el más peligroso de todos. Ya no había máscaras, ni deudas de honor, ni planes de venganza. Estaban solo ellos dos, despojados de sus apellidos y de sus guerras.
Margo se levantó lentamente y rodeó la mesa. Se detuvo detrás de Lucas y, en un acto de valentía que le hizo temblar las rodillas, puso sus manos sobre sus hombros. Sintió cómo los músculos de él se tensaban bajo la seda de su camisa. Lucas echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras las manos de ella subían hacia su cuello, rozando la mandíbula que siempre mantenía apretada.
—Lucas —susurró ella, inclinándose hasta que sus labios rozaron su oído—. El contrato está en el cajón. Pero nosotros estamos aquí.
Él se giró con una rapidez que la dejó sin aliento, tomándola de la cintura y sentándola sobre sus rodillas en un solo movimiento. La cercanía era total. Margo podía sentir el latido errático del corazón de Lucas contra su pecho.
—Si cruzamos esta línea, Margo, no hay vuelta atrás —advirtió él, su voz cargada de una advertencia que sonaba a súplica—. No podré volver a ser solo tu socio. No podré volver a ser el hombre que finge que no te desea hasta volverse loco.
Margo tomó el rostro de Lucas entre sus manos, obligándolo a mirarla. Vio al villano, vio al héroe, vio al hombre herido y al protector. Y aceptó cada una de sus partes.
—Entonces no vuelvas —dijo ella, justo antes de cerrar la distancia.
El beso fue una colisión de todo lo que habían reprimido durante meses. Fue el colapso de sus estructuras perfectas y el nacimiento de algo caótico, oscuro y profundamente real. En ese momento, las grietas del control se rompieron por completo, dejando que el incendio que ambos habían alimentado en secreto finalmente los consumiera.
Genial la novela! Gracias por compartir tu talento!