Sin spoiled
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Capitulo 4
El regreso a la ciudad fue un descenso lento hacia una realidad que, de repente, me quedaba pequeña. A veces, cuando miras demasiado tiempo al sol, el resto del mundo se vuelve una mancha oscura y confusa. Eso me pasaba con el recuerdo de la mansión. Las calles llenas de baches, el olor a alcantarilla abierta y el ruido de los claxon ya no me parecían el orden natural de las cosas, sino una bofetada constante.
Fui directo a "El Caimán". Sabía que Manuel estaría allí, rumiando su cena o contando sus billetes sucios bajo la luz amarillenta del fondo. No tuve que buscarlo; él ya me estaba esperando. El aire en el bar estaba más cargado de lo habitual, una densidad eléctrica que te erizaba el vello de los brazos. Paco, el camarero, ni siquiera me miró cuando pasé por su lado. Estaba demasiado ocupado frotando una mancha inexistente en la barra, con la cabeza gacha, como quien evita mirar un accidente de tráfico.
Manuel estaba sentado en su cabina habitual. Frente a él no había una copa, sino un sobre abierto y su teléfono móvil, que brillaba con una luz azulada y fría.
—Siéntate, Elías —dijo. No gritó. Manuel solo gritaba cuando estaba ganando. Cuando hablaba así de bajo, con esa calma pastosa, era porque ya había decidido dónde te iba a enterrar.
Me senté. El cuero del banco crujió bajo mi peso.
—Me han llamado de "La Atalaya" —empezó, jugando con un encendedor de plata que hacía un click-clack rítmico—. Maximilian Vesper-Zandrón no suele llamar a gente como yo para dar las gracias, Solo. Suele llamar para quejarse de que la basura ha ensuciado su jardín.
—Solo cumplí con el encargo, Manuel —respondí, tratando de que mi voz no delatara el cansancio que me subía desde los talones—. Entregué el sobre. El incidente con el coche no fue culpa mía. La chica venía como una loca.
—"La chica" —Manuel repitió las palabras con un asco infinito—. Esa "chica" es la heredera de un imperio que podría comprar este barrio entero solo para convertirlo en un aparcamiento y olvidarse de que existimos. Me has hecho quedar como un idiota, Elías. Me has hecho quedar como un hombre que no sabe controlar a sus perros.
—Yo no soy tu perro, Manuel.
El golpe fue tan rápido que no lo vi venir. No fue un puñetazo, sino un revés con la mano abierta, cargada con el peso de sus anillos de oro. Sentí el sabor metálico de la sangre en la boca antes de que el dolor me llegara al cerebro. Mi cabeza golpeó contra el respaldo del banco. Por un segundo, vi destellos plateados, similares al color del coche de Araxie.
—Eres lo que yo diga que eres mientras comas de mi mano —siseó Manuel, inclinándose sobre la mesa. Su aliento apestaba a café rancio y odio—. Maximilian está molesto. Y cuando un hombre como él está molesto, el flujo de información y de dinero se corta. Eso significa que ahora tú me debes algo. Y me lo vas a pagar esta misma noche.
Me limpié el hilo de sangre de la comisura de los labios con la manga. No me moví para devolverle el golpe. No por miedo, sino por puro pragmatismo: en los rincones oscuros de "El Caimán" siempre había dos o tres tipos con la mano en la cintura esperando una excusa para demostrar su lealtad a Manuel.
—¿Qué quieres? —pregunté, escupiendo un poco de sangre en el serrín del suelo.
—Vas a ir a los muelles. Al sector 7. Hay un almacén de chatarra que pertenece a los hermanos Kovac. Me deben un dinero desde hace meses, un dinero que han decidido "olvidar" porque creen que soy un hombre razonable.
—Los Kovac son animales, Manuel. Ni siquiera los cobradores del gobierno se acercan a su desguace por la noche.
—Exacto —Manuel sonrió, y fue una visión desagradable—. Vas a ir allí, vas a entrar y vas a traer el cuaderno de registros que guardan en su oficina. No quiero el dinero, todavía. Quiero los nombres de sus clientes. Si me traes eso, estamos en paz. Si no vuelves... bueno, al menos me habré ahorrado el sueldo de esta semana.
Me levanté sin decir una palabra. No había negociación posible. El sistema de Manuel era sencillo: o eras útil, o eras un estorbo que había que eliminar.
Salí de nuevo a la noche. La lluvia había vuelto, pero ahora era una llovizna fina y persistente que se pegaba a la piel como una mala noticia. Subí a la moto y conduje hacia el puerto. Los muelles eran el fin del mundo conocido. Allí, las grúas oxidadas parecían esqueletos de dinosaurios contra el cielo negro y el agua del río estaba tan contaminada que ni siquiera las ratas se atrevían a nadar en ella.
El sector 7 era un laberinto de contenedores apilados y naves industriales con las ventanas rotas. Encontré el desguace de los Kovac al final de una calle sin salida. Estaba rodeado por una valla de alambre de espino y el silencio solo era interrumpido por el ladrido lejano de un perro que sonaba como si tuviera la garganta llena de cristales.
Apagué el motor a dos manzanas de distancia y caminé entre las sombras. Mi mente, traicionera, volvió a la imagen de Araxie Vesper-Zandrón. Me pregunté qué estaría haciendo ella en ese momento. Probablemente estaría cenando en una mesa con manteles de lino, rodeada de gente que hablaba de arte o de inversiones, ajena al hecho de que un hombre estaba a punto de jugarse el cuello en un lodazal solo porque ella decidió entrar a toda velocidad por una puerta de hierro.
La injusticia de la situación me dio un impulso de adrenalina. Salté la valla en un punto donde el alambre estaba cedido. El olor allí dentro era una mezcla de óxido, aceite de motor viejo y algo que sospechaba que era carne en descomposición. Esquivé las pilas de coches aplastados, que parecían monumentos a la derrota.
Llegué a la oficina, una caseta prefabricada que vibraba con el sonido de un generador cercano. La puerta estaba cerrada con una cadena, pero la ventana trasera era apenas un marco de madera podrida. Con cuidado, forcé el cierre y me deslicé dentro.
El interior olía a tabaco y a encierro. Con la ayuda de una pequeña linterna de mano, empecé a buscar. El cuaderno de registros estaba sobre un escritorio manchado de grasa. Era un libro de contabilidad viejo, de cubiertas negras. Lo tomé y lo guardé bajo mi chaqueta.
Pero la suerte es una amante que se cansa pronto de mí.
Cuando me disponía a salir por donde había entrado, la luz de un potente foco iluminó la caseta desde fuera. Escuché el crujido de botas sobre la grava y el sonido inconfundible de un cerrojo de escopeta siendo accionado.
—Sé que estás ahí, rata de ciudad —dijo una voz profunda, con un acento que arrastraba las vocales—. Sal con las manos donde pueda verlas o convertiré este lugar en tu ataúd de hojalata.
Me quedé inmóvil, pegado a la pared. Mi corazón golpeaba mis costillas como un animal enjaulado. En ese momento, atrapado entre los hermanos Kovac y la furia de Manuel, me di cuenta de una verdad amarga: la hija del millonario tenía razón. Mi vida olía a desesperación. Pero ella no sabía que la desesperación es el combustible más peligroso que existe.
Si iba a morir en ese desguace, no sería sin dar pelea. Toqué el cuaderno bajo mi chaqueta. Ese pedazo de papel era mi única moneda de cambio, mi único billete de salida de este infierno.
—¡A la de tres disparo! —gritó el hombre afuera.
Cerré los ojos, visualicé la salida y me preparé para correr como si mi apellido, Solo, fuera lo único que tuviera que proteger en este mundo de mierda.