En las frías calles de Ottawa, Alexandra Morozov es una fuerza de la naturaleza: una Alfa rusa, calculadora y letal, cuyo aroma a café amargo mantiene a todos a una distancia prudente. Ella no cree en el destino, solo en el control y en los negocios de su poderosa familia.
Pero todo cambia en una noche de nieve espesa, cuando la voz de una chica rompe su armadura de hielo. Rosalie, una joven canadiense de espíritu libre e hiperactiva, emana un aroma a miel y vainilla que despierta los instintos más posesivos de la Alfa. Rosalie no es una Omega común; es una Gama, una jerarquía tan rara como impredecible, y su naturaleza rebelde no está dispuesta a doblegarse ante nadie.
Alexandra ha decidido que Rosalie le pertenece, pero ¿podrá su amor tóxico y controlador atrapar a una chica que nació para ser libre? En este juego de poder, el café más amargo está a punto de mezclarse con la dulzura más peligrosa.
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capítulo 14
El tren de aterrizaje golpeó la pista congelada de Moscú con una sacudida que despertó a Rosalie de un sueño inquieto. Por la ventanilla, el paisaje era un lienzo de blanco infinito y edificios de arquitectura gótica y severa. El cielo gris parecía pesar sobre sus hombros.
—Bienvenida a casa, Alexandra —dijo el señor Morozov con una voz carente de afecto, levantándose de su asiento sin mirar a Rosalie.
Al bajar del jet, el aire gélido de Rusia golpeó el rostro de Rosalie como una bofetada. Frente a ellas, una flota de tres autos blindados negros las esperaba. Anya bajó las escaleras con una sonrisa triunfal, como si el frío le devolviera el poder que perdió en el avión.
El trayecto hacia la mansión Morozov fue silencioso. Cuando los portones de hierro macizo se abrieron, Rosalie contuvo el aliento. No era una casa, era una fortaleza de piedra y mármol rodeada de pinos cubiertos de nieve.
Al entrar al gran vestíbulo, el servicio doméstico estaba formado en una línea perfecta, con la cabeza baja. Al frente, una mujer mayor de rostro severo y uniforme impecable las esperaba.
—Bienvenida, señorita Anya. Bienvenida, Alexandra —dijo la mujer, ignorando por completo la presencia de Rosalie.
—Olga —llamó Alex con tono firme, colocando una mano en la espalda de Rosalie—, ella es Rosalie. Es mi asistente personal y mi invitada de honor. Prepárale la habitación contigua a la mía.
El silencio que siguió fue sepulcral. Olga miró al señor Morozov, quien simplemente asintió con un gesto de desprecio.
—Como ordene, señorita —respondió Olga, aunque sus ojos recorrieron a Rosalie de arriba abajo como si fuera una mancha en el suelo de mármol.
Anya se acercó a Rosalie mientras Alex se alejaba un segundo para hablar con su padre. El olor a leche de almendras de Anya ahora se mezclaba con el aroma a incienso de la mansión, volviéndose sofocante.
—¿Te gusta la vista, gama? —susurró Anya cerca de su oído—. Disfruta de la calefacción, porque aquí las paredes tienen oídos y el personal solo responde a mis órdenes. En esta casa, tú no eres nadie. Eres un error que Alex trajo de su viaje, y los errores aquí se borran rápido.
Rosalie sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Miró a su alrededor: las cámaras de seguridad, los guardias en las puertas y la mirada gélida del padre de Alex desde lo alto de la escalera principal. Se sentía como un pájaro en una jaula de oro, rodeada de lobos hambrientos.
Alex regresó al lado de Rosalie, notando la tensión.
—Ven, te llevaré a tu habitación para que descanses. Mañana empieza tu "entrenamiento" como mi asistente.
—Mañana empiezan muchas cosas, Alex —intervino su padre desde el balcón del segundo piso—. No olvides que la cena de gala para anunciar tu compromiso con Anya es en tres días. Espero que tu... empleada... esté lista para servir el vino.
Rosalie apretó los puños. Alex le sostuvo la mano con fuerza, pero sus dedos estaban fríos. La batalla no acababa de empezar; acababan de entrar a la fosa de los leones.