En un mundo donde la sangre llama a la venganza y el destino teje hilos inquebrantables, ella, la Omega despreciada, se alzará para reclamar no solo un trono, sino el corazón de un Rey. Pero un amor tan puro puede ser la debilidad más letal en un reino oscuro.
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Capítulo 13
El bosque parecía haber quedado en un silencio sepulcral, como si la propia naturaleza contuviera el aliento ante la presencia del Rey de los Lycans. Ethan Dark’Raven caminaba con paso firme y lento, cargando a Luneth contra su pecho como si fuera el objeto más frágil y valioso de su reino. La capa negra que la envolvía arrastraba ligeramente sobre la nieve ensangrentada, pero él no parecía notarlo. Sus ojos dorados, que aún conservaban un remanente del brillo salvaje de su forma de lobo, estaban fijos en el camino que conducía de regreso a la mansión Moonlight.
Detrás de ellos, el panorama era desolador. Rodrerick gemía, retorciéndose en el barro helado con una pierna destrozada, mientras Silvio y Claudio permanecían de rodillas, con las frentes tocando el suelo, sin atreverse siquiera a respirar con fuerza.
—¿Puedes caminar, loba mía? —preguntó Ethan de repente. Su voz, aunque baja, rompió el silencio con una autoridad que hizo que los tres primos se estremecieran de nuevo.
Luneth, que tenía el rostro oculto en el hueco del cuello de Ethan, respiró hondo, llenando sus pulmones con su aroma a bosque y tormenta.
—Creo... creo que sí —susurró ella, aunque sus dedos se aferraban con fuerza a la túnica de él, delatando su miedo a ser soltada—. Pero mis piernas... se sienten como si fueran de cristal.
Ethan no la bajó. En lugar de eso, apretó su agarre.
—Entonces te llevaré. No permitiré que tus pies vuelvan a tocar este suelo impuro más de lo necesario —declaró él. Se detuvo un momento y giró la cabeza ligeramente hacia los tres hombres derrotados—. Vosotros. Levantaos.
Silvio y Claudio se pusieron de pie de un salto, tambaleándose por el terror. Rodrerick, haciendo un esfuerzo sobrehumano y soltando un grito ahogado de dolor, logró incorporarse apoyándose en un tronco, su rostro pálido como la muerte.
—Caminad delante de mí —ordenó Ethan, y su voz era como el crujido del hielo bajo una bota—. Si alguno intenta correr, si alguno intenta desaparecer entre las sombras, mi lobo os encontrará antes de que vuestro próximo latido abandone vuestro pecho. Y os aseguro que no seré tan "misericordioso" como lo he sido ahora.
Los tres primos, que apenas unas horas antes se pavoneaban como los dueños del mundo, comenzaron a caminar con pasos erráticos hacia la mansión. Eran la viva imagen de la desgracia: sucios, heridos y despojados de toda dignidad.
A medida que se acercaban a los límites del jardín trasero de la mansión Moonlight, las luces de las antorchas comenzaron a parpadear entre los árboles. Un grupo de guerreros de la manada local, liderados por el jefe de la guardia, Caspian, aparecieron con las espadas desenvainadas. Detrás de ellos venía Ricardo Moonlight, el tío de Luneth, con el rostro congestionado por la preocupación ficticia y la ira real.
—¡Majestad! —gritó Ricardo al ver la imponente figura de Ethan emergiendo de la oscuridad—. ¡Gracias a la Diosa! Pensamos que algo terrible había ocurrido. Mis hijos... ¡Rodrerick! ¿Qué le ha pasado a tu pierna?
Ricardo corrió hacia su hijo mayor, pero se detuvo en seco cuando Ethan soltó un gruñido bajo y vibrante que resonó en el pecho de todos los presentes. Los guardias de la mansión retrocedieron instintivamente, bajando sus armas. Nadie podía sostenerle la mirada al Rey en ese estado.
—Vuestros hijos —dijo Ethan, y cada palabra caía como una sentencia de muerte— han cometido un acto de alta traición. Han perseguido y atacado a la futura Reina de los Lycans en medio de la noche, como si fuera una pieza de caza.
—¡Eso es mentira! —chilló Lisandra, que acababa de aparecer tras su esposo, con los ojos muy abiertos por el pánico—. ¡Ella se escapó! ¡Ellos solo intentaban traerla de vuelta para que no se perdiera! ¡Es una Omega desequilibrada, Majestad, seguro que ella los provocó!
Ethan se detuvo frente a Ricardo y Lisandra. La diferencia de altura y de presencia era abismal. Mientras los tíos de Luneth parecían pequeños y mezquinos, Ethan se erguía como una montaña inexpugnable.
—¿Me estáis llamando mentiroso en mi propia cara, mujer? —preguntó Ethan con una calma aterradora. Bajó a Luneth con suma delicadeza, pero mantuvo un brazo protector alrededor de su cintura, obligándola a apoyarse contra su costado—. He visto el ataque con mis propios ojos. He sentido su terror a través del vínculo que la Diosa Luna nos ha otorgado. Vuestros hijos no intentaban "salvarla". Intentaban eliminarla porque no soportáis que la "sirvienta" que habéis pisoteado durante años sea ahora la mujer que os gobernará.
Ricardo tragó saliva, mirando a sus hijos humillados y luego a Luneth. Por un segundo, la vieja arrogancia brilló en sus ojos.
—Majestad, usted no entiende nuestras leyes internas... Luneth es parte de esta manada, está bajo mi tutela. Si ha cometido una falta, es mi deber...
—¡Ella ya no está bajo vuestra tutela! —rugió Ethan, y el poder de su voz hizo que las antorchas se agitaran—. Desde el momento en que mi lobo la reconoció, ella pertenece a la Corona. Cualquier agravio contra ella es un agravio contra mí. Caspian, ¿verdad?
El jefe de la guardia de los Moonlight, un hombre que parecía tener más honor que sus señores, dio un paso adelante y se arrodilló ante Ethan.
—Sí, Gran Rey.
—Vuestros hombres han fallado en proteger a un miembro de la nobleza —sentenció Ethan—. O peor aún, han sido cómplices. Si valoráis vuestras vidas, escoltad a estos tres criminales a las mazmorras de esta mansión. Yo mismo dictaré su sentencia definitiva mañana. Si mañana no los encuentro allí, será vuestra cabeza la que ruede por el suelo de este jardín.
—¡No podéis hacer esto! —gritó Lisandra, intentando acercarse a Rodrerick—. ¡Son vuestros primos por sangre! ¡Ricardo, haz algo!